La gula 4.0

“Ningún niño de hoy podría entender al buen Carpanta”

(Ignacio Peyró)

 

Aunque se nos haga difícil percibirlo nuestra sociedad evoluciona a un ritmo vertiginoso y hace tan solo dos o tres generaciones la aspiración de los humanos no pasaba por estar delgado: al rico y al banquero se les representaba gordos y no pocas veces con un tremendo puro. Era la imagen del éxito y lo que importaba entonces era el comer. Ahora, en nuestra sociedad civilizada, lo más importante es evitar los desarreglos del exceso de comida y bebida. Paradojas del progreso. La obesidad alcanza unas cotas ininteligibles desde hace pocos años y en el futuro este asunto, según los expertos, tiende a agravarse. El problema es aún más serio si pensamos que el gordo de hoy está sentado todo el día delante de una pantalla y rodeado por restos de pizza o de una whopper que habrá encargado a Just Eat. Puestos a ser gordos, yo prefiero ser un gordo de los de antes -de los de cocido y buen vino- ya que en la actualidad ser gordo equivale a estar mal alimentado, a sentir culpa y, no pocas veces, a llevar una vida cargada de prisas y estrés. Ser gordo, hoy en día, es la antesala de la infelicidad.

 

Todos los que hemos recibido una educación católica sabemos que la gula es definida como el apetito desmedido en el comer y el beber y constituye un pecado capital. El problema es que hay pecados fáciles de medir y otros no tanto y la gula entraría en esta última categoría. Todo se complica aún más si pensamos que, según la doctrina, los pecados capitales no serían pecados en sí mismos, sino que serían la puerta de entrada a otros pecados. No es de extrañar, por tanto, que los glotones obtengan diferentes penas según los distintos influencers eclesiales.

 

Fragmento de ‘La mesa de los pecados capitales’ por El Bosco

 

San Agustín se muestra indulgente con los glotones y a la gula la califica como un pecado pequeño. No es de extrañar este juicio del maestro de retórica de Hipona ya que él mismo fue, durante gran parte de su vida, un hedonista de libro entregado a la comida, la bebida y la lujuria. Igual de transigente se manifiesta el austero santo de Asís. El bueno de San Francisco se muestra incapaz de determinar la cantidad de alimento que otros pueden comer y permite a sus fratelli una hemina de vino al día. Bien por el santo.

 

Otros, sobre todo aquellos que asocian el exceso de comida y bebida con la lujuria, como San Bernardo o San Gregorio Magno, no se muestran tan permisivos. Y si el asunto concierne a una mujer, la cosa empeora: El Arcipreste de Talavera refleja en su obra la misoginia típicamente medieval llegando a afirmar que una mujer beoda es “peor que bestia bestial”. Muchos recomiendan, para combatir los vicios mundanos, la mortificatio corporis a través del ascetismo y algunos se lo toman tan en serio que incluso llegan a la parodia: la monja mexicana María de San José se negaba a beber agua y cuando la sed la atormentaba se consolaba pegando los labios a la fría pared de la celda. Otra monja, una carmelita descalza del convento de Úbeda, en tiempos de los Austrias y de nombre María Gabriela de San José, en memoria de la hiel que comió su Esposo, recolectaba las naranjas cuando no eran mayores que una avellana, las molía y secaba y masticaba continuamente el polvo amarguísimo que obtenía. Según su hagiógrafo esto le acarreó la pérdida prematura de toda su dentadura. No menos delirante es que hubiese enseñado a ayunar a las gallinas que tenía a su cargo. No es de extrañar que se levantaran algunas voces contra estas exageraciones ascéticas como las de Covarrubias, Erasmo y el mismo San Francisco.

 

La perjudicial comida basura

 

La gula ha cambiado. Se ha modernizado. Ahora lo que impera son los alimentos procesados con grasas trans y enriquecidos con azúcares. Son verdaderas bombas calóricas. Basurilla a evitar. El abuso de la bollería industrial, la comida de las cadenas de fast food, los productos precocinados, las margarinas, los helados, las salsas preparadas y las bebidas azucaradas son un pasaporte hacia la obstrucción arterial –en el pecado llevamos la penitencia-. Si a esto le unimos las prisas y el sedentarismo ya tenemos la tormenta perfecta.

 

Hoy los niños ya no piden una naranja como premio, ya no les fascina su color y su exotismo. Hoy los niños exigen las chuches y no como premio sino como dieta habitual. Transitamos hacia el futuro por una senda equivocada: la gula 4.0.

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