Por el camino de la humildad

Hubo un tiempo en que mis únicas
pasiones eran la pobreza y la lluvia

(Antonio Gamoneda)

 

La vida, a medida que nos va dejando recuerdos, nos da una pista inequívoca de la importancia de las cosas y una de sus enseñanzas, si la queremos ver, es que todo lo que se puede pagar con dinero es secundario. Comer los productos más caros o disfrutar de un restaurante de lujo no nos garantiza ni el buen gusto, ni el saber comer y mucho menos esa felicidad, que aunque efímera, asoma en nuestra existencia cuando compartimos mesa y mantel con nuestra familia o amigos.

 

Para comer bien y disfrutar de lo lindo no hace falta ni la visa oro, ni que el producto venga de países exóticos, ni que el menú lo ejecute un gran chef. A veces los árboles no nos dejan ver el bosque y nos olvidamos de que en una comida, una celebración o una fiesta alrededor de una mesa, lo más importante son los comensales. Aunque lo que comemos es importante con quién lo comemos lo es aún más. La comida sin alma y sin pasión siempre es difícil de digerir.

 

En mis continuos nomadeos culinarios he disfrutado como un enano del caviar, de los percebes, de las angulas o de las trufas pero en mis nostalgias más placenteras casi siempre aparecen productos mucho más humildes: esas sardinas con los amigos en una parrilla con la vista del mar de Razo, ese arroz familiar que, en boca de mis hijos, ejecutaba la mano temblorosa de la abuela o esos espaguetis al ajo y al aceite de regreso de las insomnes noches de mi juventud a la vera del Guadalquivir.

 

Inolvidables recetas de la abuela

 

Para comer de puta madre no hace falta gastarse mucho dinero y eso lo saben, ¿o lo sabían? bien las amas de casa… Paradójico nombre ya que raramente fueron amas de nada, a lo sumo esclavas. Ellas, con su amor incondicional, eran capaces de sublimar la precariedad a base de no regatear jamás el tiempo ni buscar atajos fatuos. Ellas, sí o sí, nos han sabido regalar esa magdalena de Proust de variados productos pero siempre vestidos de felicidad. Hoy en día a ese prodigio los iconoclastas le llaman cocina de recursos. Cocina mágica diría yo.

 

Cada vez pongo más en valor las recetas sencillas que huyen de abigarradas fórmulas. El pulpo á feira con aceite y pimentón conforma una sagrada trinidad de la cocina de fusión ya que estos dos últimos ingredientes no hablan la lengua de Rosalía. Esas patatas a la riojana, esas lentejas, viudas o no. Esos huevos fritos con patatas fritas y chorizo o papada o con patatas revolconas e incluso con pisto.  Esa gloriosa tortilla, jugosita, a la que le habremos echado huevos como bien saben en Betanzos. Esos jurelitos fritos acompañados de pimientos. Ese salmorejo, ese revuelto de espárragos, esa menestra de verduras…

 

La sencillez hecha arte

 

Si a lo relatado anteriormente le unimos una sobremesa cabal en donde los epicúreos disfrutamos, aparte de un buen café con una copa o un buen cigarro, de ese Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que es una buena charla civilizada entre personas humanas entonces atisbaremos algo, levemente, de ese concepto tan inaprensible y particular al que  hemos dado en llamar felicidad.

 

En un mundo en el que el ininteligible progreso nos acerca a las prisas y con las despensas y frigoríficos atestados de productos precocinados, latas variopintas y comidas de microondas y donde nuestros niños y ancianos “disfrutan” de los caterings de colegios y asilos, no debemos olvidar jamás que no hay mejor comida, ni acto de mayor amor, que cuando una madre le da el pecho a un bebé o cuando una abuela le acerca un puré de verduras que ella misma ha cocinado.

6 comentarios en “Por el camino de la humildad

  1. Que bien cuentas todo.. y te acercas plenamente a lo esencial … ; coincido contigo en todo.., en lo que dices y en lo que te quefó por decir …( Los preámbulos y la recogida de la mesa y charla en la cocina … lo recuerdo desde niño como algo especial)

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