Felicidad y gastronomía (Parte II)

 

«¿Cuándo vamos a vivir si no es ahora?»

(Séneca)

 

Comentábamos la semana pasada que la cifra ideal de comensales para disfrutar de una buena comida con su obligada sobremesa oscilaba entre cuatro y seis. Los comensales deberían pues ser pocos pero elegidos. Pero, ¿qué pasa cuando comemos solos?

 

Cuentan que Lúculo, el anfitrión romano cuyos banquetes se siguen recordando por sus elaborados menús y fabulosos costos, un día ordenó comida para uno a sus sirvientes. Cuando se la trajeron notó cierta relajación: el pescado no estaba en su punto, la salsa estaba insípida y hasta la temperatura del vino no era la adecuada. Lúculo frunció el ceño y llamó al mayordomo. El fámulo se disculpó: es posible, es posible, pero pensamos que no hacía falta preparar un banquete espléndido solo para el señor…Precisamente cuando estoy solo –respondió fríamente el famoso sibarita- es cuando debéis prestar más atención a la comida. En estas ocasiones, recordadlo bien, Lúculo come con Lúculo.

 

luculo
Lucio Licinio Lúculo, político y militar romano, en plena gastrosofía

 

Pocos nos damos cuenta de que en estas ocasiones comemos con nosotros mismos y muchas veces leemos el periódico o vemos la televisión. Como si huyéramos de una situación que nos asusta.

 

La siguiente comida con amigos fue una cena. Tuvo lugar en un bar modesto donde su responsable hace de pescador-cocinero-camarero por encargo de los comensales. Su nombre es Kike. No lo conocía y me lo presentaron en la cocina donde oficiaba. Tuvimos una breve pero intensa charla. Me hizo dos preguntas, si cocinaba con especias y qué tipo de centolla me gustaba más. Discrepamos en ambas. Me dijo que casi nunca utilizaba especias (quizás porque su cocina debe ser fundamentalmente de pescados y mariscos) y que lo que más le gustaba, dentro del universo centolla, era el pateiro. Precisamente tenía una fuente llena de estas pequeñas centollas, de sabor profundo como pude comprobar más tarde. De una pota grande que tenía a la lumbre salía un aroma tremendo, maravilloso, a guiso marinero. Se trataba de chipirones de la ría, pequeños, sin limpiar, sin patatas, sin más que lo necesario. Apenas algo de cebolla, aceite y vino blanco. Para qué más.

 

En el comedor alguno de los comensales se afanaba por cortar lonchas a un jamón amarrado en su correspondiente jamonero. Le estaba costando. El jamón no solo no era ibérico sino que su aspecto no me seducía nada, sin grasa. Hay que saber diferenciar entre el jamón y la carne salada. Estuve a punto de ofrecerme para cortarlo, ya que he cortado muchos y además me gusta hacerlo, pero dos poderosas razones me lo impidieron. Por un lado la ya comentada dudosa pinta, cosa confirmada más adelante, y por otra parte el no poder disponer de mi cuchillo favorito. Los cocineros japoneses nunca se separan de su cuchillo, jamás se lo prestan a nadie y viajan con él como el músico con su violín. Lo miman y lo tienen siempre perfectamente afilado. No hay nada más penoso que un samurái haciéndose el harakiri con la katana sin afilar. Yo en eso soy muy japo, no soporto un cuchillo mal afilado y tengo pasión por ellos. En mi casa hay ingentes cantidades, de todo tipo, tamaño y materiales. Asimismo tengo numerosos sistemas para afilarlos, desde la sencilla chaira hasta el afilador eléctrico. La octopusita a veces se pone nerviosa con el tema y me lo recrimina pero yo pienso, al igual que los orientales, que el cuchillo debe ser la prolongación de la mano del cocinero como la de muchos jóvenes es el smartphone.

 

Éramos nueve, un número peligroso, sin embargo todo transcurrió de maravilla. Y entonces, entre amigos y con buena comida y buen vino, bien podemos preguntarnos cuándo vamos a vivir si no ahora….

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