El paraíso existe

Cuando te vayas a casar, elige una mujer que te deje ir a pescar

(Libro de los proverbios, versículo 982982)

 

Son las 5:30 a.m. y el despertador suena en mi dormitorio de la Laguna de Mera. He dormido a tirones como siempre que planeo una visita a mis amigas las truchas de la comarca de Ancares. Me levanto mientras compruebo que la Octopusita duerme a pierna suelta. Pepo, ¡Oh my dog!, hace lo propio. Siempre me he preguntado que si el señor es mi pastor ¿quién es mi perro? Ahora lo sé. Estamos encantados con él. Hace su trabajo de mascota de compañía a la perfección. Muy profesional. Desayuno, me ducho y parto con mi viejo coche, sólido como una gabarra o un remolcador. Alguien en quien confiar. Dos horas más tarde, apenas amanecido, bajo las ventanillas y aspiro el aire tibio y perfumado, forestal, voluptuosamente forestal, a las orillas del río en Aldea de Rao. Es el anuncio preciso de que me hallo a las puertas del paraíso, la epifanía perfecta. Me espera una jornada de vadear río arriba tratando de seducir a las truchas con el cerebro en funcionamiento y sintiendo latir el corazón por lugares ignotos, de una belleza y una soledad rotundas. Aquí diría, como el cabecilla de los replicantes de Blade Runner: “He visto cosas que vosotros no creeríais”. Amo esto porque aquí soy yo mismo.

 

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Salmo trutta fario, la variedad de trucha que habita nuestros ríos

 

No hace falta ir muy lejos para tener la percepción clara de haber visitado un confín del mundo, de haber llegado a una última frontera y de haber barruntado la felicidad. Aquí el mundo se nos muestra conforme es y todo está donde tiene que estar: las montañas, la luna, los valles. Nada es superfluo, trivial ni artificioso. Esto sólo es irreal para los cazadores de Pokémon. Con todo, no vendría mal que las autoridades se preocuparan un poco de estas tierras, sólo un poco. Este territorio tiene unas posibilidades inmensas desde el punto de vista turístico. Los pueblos y aldeas agonizan lentamente, se despueblan. Sus habitantes son casi todos de edad avanzada, el médico está muy lejos y el hospital ni os cuento. Hay que señalizar y limpiar rutas. Hay que promocionarlo. Money, money.

 

En mis nomadeos por el paraíso me he encontrado gente sencilla, humilde, encantadora, de charla pausada y sabia como el dueño del bar de Rao, que cuando no atiende a su pequeño huerto me sirve una Estrella Galicia que alivia mi bochorno de la vuelta del río vestido con el neopreno y con el que filosofo sobre el declinar de las aldeas y sobre los caprichos de las pintarrojas. Aquí el tiempo tiene un ritmo diferente, lento, canicular.

 

En esta mi Ítaca particular subsiste aislado, a seis kilómetros de Puebla de Navia, el Caserío Meiroi una casa de aldea mutada en restaurante, el trampantojo perfecto, donde José y Carmen, como dos últimos mohicanos, atienden mucho más allá de su obligación a todo aquel que quiere disfrutar de una buena cocina, mientras es observado por el silencio de las montañas al fondo. Hablamos de cocina próxima, muy próxima, inmediata diría yo. Aquí te saluda el mastín nada más apearte del coche -cuidado con su lametazo de bienvenida-, y conviven vacas cachenas o freiresas, porcos celtas, cabras del país, conejos, gallos y gallinas. La carta viene marcada por esta ganadería propia y las verduras de temporada de su huerto. Cocina sabrosa, verdadera. Gloria bendita que diría un andaluz. Calificada con un cinco en Tripadvisor porque no existe el seis.

 

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Puente medieval sobre el rio Navia, antesala de los Ancares (Navia de Suarna)

 

He ido muchas veces a comer o cenar y de su carta me quedo con todo. Pueden comenzar con una ensalada de gallo ecológico escabechado con champiñones, orejones y ciruelas pasas, queso fresco y el rey del corral. También puede ser con conejo o trucha igualmente escabechados. Un primero original sería el revuelto de ortigas -José se encarga de recoger las hojas tiernas en su finca- que posteriormente se escaldan para hacer el plato con huevo, gambas, champiñón y jamón. Una parrillada de verduras es otra sabia elección. Si quieren algo más contundente pueden optar por una tosta de zorza o de lacón.

 

De segundos, solomillo de ternera, o mejor de novillo. Entrecot, chuleta o chuletón de ternera, novillo o vaca. Si optan por el porco celta pueden elegir entre secreto, presa, lomo o solomillo. Hay rabo de toro al Barrantes, novillo frierés al Champagne y Osobuco a la almendra. Si le asustan los cuernos puede elegir conejo al godello, jabalí estofado con manzana o el gallo al ribeiro que tomé hace unos días, simplemente brutal. Si quieren pescado, hay bacalao. En el apartado dulce, al que casi nunca llego en condiciones, dispone de varias especialidades interesantes: Copa Ancares, copa Mosteiro, panacota de castaña con caramelo de naranja, fondue de frutas y helados variados.

 

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Caserío Meiroi, paraíso de la carne

 

Por encargo les harán un chuletón al silencio. Una pieza a partir de cuatro kilos que se sella y se hace mansamente, en la brasa, durante varias horas. Mínimo para cuatro personas o dos y un cura. En agosto hace un novillo al espeto durante toda la noche. Se pueden apuntar, lo hacen más de cien afortunados comensales.

 

De sobremesa, café, copa y charla con los anfitriones. Es el momento de contar historias y recuerdos que el tiempo se ha ido encargando de modelar y adornar poco a poco, hasta el punto de que no siempre sabemos con certeza qué ocurrió en realidad, aunque eso poco importa: la historia es lo que cuenta. Es el momento de la magia, de la lírica, de la morriña, de la Galicia auténtica y profunda. Es el momento de amar la vida por encima de todo.

 

Sean heterodoxos en su viaje por una vez en su vida y desechen por su nulo romanticismo el GPS y porque en algunos de estos rincones fracasará estrepitosamente. Los lugareños estarán encantados de indicarles. Además, qué más da que se pierdan en el paraíso.

Pues eso, ya me contarán.

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