El asunto del café

“No hay mejor relleno para las
maracas que los granos de café”

(¿Juan Valdez?)

 

El agua es la bebida más consumida en el mundo, pero si consideramos que se la define como un líquido inodoro, incoloro e insípido, no tendrán más remedio que convenir conmigo en que lo que la compañía de aguas nos suministra -y pagamos-, no es exactamente agua. Como compensación, la segunda bebida más consumida es el café y sus características son opuestas: tiene un fuerte aroma, color negro y un sabor complejo. No todo está perdido.

 

Se cree que el café tuvo su origen en Etiopía hace unos mil años. Allí, un pastor llamado Kaldi observó el efecto estimulante que sobre sus cabras producían unos frutos rojos que adornaban unos arbustos. Muchos piensan que este relato es apócrifo, pero a mí este tipo de historias me gusta creerlas a pies juntillas. Es la fe del soñador.  El café se extendió a Arabia y al resto de países de la región. Triunfó sobre todo en Egipto y Turquía. Con el nacimiento del café surgieron las cafeterías y la pionera se inauguró en Constantinopla en 1475. Al poco había miles en estos países. En occidente conocimos el café gracias a los mercaderes venecianos. Al principio había un sector de la iglesia reticente al café –era negro y venía de tierras infieles-, pero recibió el nihil obstat de Clemente VIII, con el irreprochable argumento de que dejar solo a los infieles el placer de esta bebida sería una lástima. Pronto se extendió al resto de Europa y acabó cruzando el Atlántico para hacer las américas.

 

Recolectores de café

 

Hubo un tiempo no muy lejano en que, tras una buena comida, los comensales predispuestos disfrutaban de una sacrosanta trilogía conformada por café, copa y puro. Aquello propiciaba un ambiente proclive a la confortable tertulia. No era raro que se le ganara tanto tiempo a la tarde que esta quedase reducida a la nada. Eran momentos para el disfrute y la charla sosegada, tanto en las casas de la burguesía como en los cafés de todas las ciudades. Algunas tertulias llegaron a ser famosas como las del Café Pombo, el Fornos o el Gijón en Madrid o el Café Novelty en Salamanca.

 

El tueste del grano desarrolla su aroma

 

En la actualidad esto se ha terminado. Derogado. El buen coñac, el mal brandy y el aguardiente ya solo es costumbre de algunos irreductibles de la tercera edad. El puro, por mor de las autoridades planetarias, ha corrido aún peor suerte y ya nadie te ofrece un amplio vitolario cubano para que soñemos con palmeras, mucamas y mestizas. Todo esto, para un politoxicómano epicúreo como yo, no deja de ser una formidable derrota.

 

El único superviviente de esta colosal derrota del hedonismo es el café. Pero no cantemos victoria. Es cierto que el café es muy popular en España y suele ser lo primero que tomamos por la mañana; en el trabajo hacemos una pausa para tomar café, habitualmente pone el broche a la comida y hasta quedamos para tomarnos un café. Hay variadas formas de disfrutarlo: solo, cortado, con leche, americano, corto o largo, expreso, capuchino, descafeinado, con gotas, irlandés…, pero no nos engañemos, el café en nuestro país es manifiestamente mejorable. No pocas veces es un brebaje sospechoso que se declara culpable cuando acercamos la taza a los labios y comprobamos, más tarde, que nos han recetado un laxante fortísimo. Como el fairy, pero con sabor a matarratas. Y eso, por no hablar de la costumbre tan española del café torrefacto, que consiste en adulterar el café con azúcar quemado para transformarlo en un sucio andrajo.

 

El mejor estimulante

 

Un buen café, ese que guarda un equilibrio entre acidez, dulzor y punto amargo, sigue siendo una rareza. Si pedimos un güisqui o un chintonis nos traerán una carta interminable o, al menos, nos preguntarán: ¿qué ginebra desea el señor? Con el café nadie nos interroga sobre si deseamos arábica o robusta, Colombia, Costa Rica, Brasil o Kenia. Aún recuerdo a una italiana, casada con un sobrino político mío, cuando los invité a comer a mi casa. Ante mi estupor, extrajo una cafetera moka y un paquete de café de su bolso y se ofreció a hacer ella el café. No se fiaba y hacía bien. ¡Ah, esos expresos que te sirven en Italia! De un tiro o de dos, son gloria bendita.

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