El árbol de la sabiduría

Ay tarara loca/mueve la cintura/
para los muchachos/de las aceitunas

(Federico García Lorca)

 

 

Huérfano de ideas deambulaba el Octopus cuando recibió un paquete de su cuñado Agustín. Al abrirlo descubrió, mientras se le aceleraba el corazón, que contenía unas botellas de aceite de los olivos que Agustín cultiva con mimo en la campiña ecijana. Zumo de aceitunas, según etiqueta sus botellas, en este caso de la variedad Picual. El Octopus, ya esa misma noche y esclavo de la ansiedad, vertió un poco del oro líquido en un platito y sumergiendo en él un trozo de buen pan gallego, se lo llevó a la boca entornando los ojos, experimentando el placer de probar un magnífico aceite de oliva recién obtenido de los frutos del árbol. Frutado, algo picante y amargo, todo suavemente equilibrado, armónico. Una delicia, un lujo. Para que luego digan de los cuñados.

 

Olivos en la Alberquilla (Écija)

 

No hay producto más mediterráneo que el aceite de oliva. Siendo España el principal productor del mundo, más del noventa por ciento de su comercialización se sitúa en los países que acarician sus aguas desde Algeciras a Estambul, como escribió el cantautor. El zumo del olivo, que está presente en la historia de Oriente y de Occidente, aparece citado en los libros sagrados, tanto en la Biblia como en el Corán y en los textos judíos, en centenares de ocasiones. Desde su Arca, Noé soltó una paloma que regresó con un ramo de olivo en su pico anunciando que las aguas habían vuelto a su cauce. Para los cristianos la Paz se representa así. El último sacramento de los cristianos se hace con una unción de aceite y Jesucristo en su entrada triunfante en Jerusalén es recibido con palmas y ramas de olivo.

 

La madera de olivo se emplea para la fabricación de objetos y muebles además de ser un combustible maravilloso para estufas y chimeneas. El aceite tiene usos medicinales, religiosos y cosméticos pero destaca, sobre todo por su aplicación alimentaria. Es un ingrediente esencial en toda la cocina mediterránea además de usarse para la conservación y maduración de alimentos gracias a su riqueza en antioxidantes naturales. Como ejemplo de este uso tenemos el queso en aceite o algunos productos del cerdo que se sumergen en él dentro de orzas de barro. La industria emplea el aceite de oliva para las conservas de pescado.

 

Oro líquido, para mojar con pan

 

Al Octopus le gusta catar el AOVE en crudo y mojando pan -ahí el aceite nos regala todas sus propiedades sensoriales- y tampoco desprecia para desayunar una buena tostada regada con aceite y adornada con unas piedrecitas de sal. En crudo nos sirve para aliñar ensaladas, para ceviches y para ese pan con tomate. Imprescindible igualmente para unos buenos escabeches. Emulsionado nos acerca a la gloria con la salsa pilpil o la misma mayonesa aunque las vinagretas con distintos vinagres, especias y hierbas no se quedan atrás. Casi cualquier técnica culinaria se puede beneficiar del oro líquido: adobar, marinar, saltear, rehogar, estofar, confitar, asar o freír. En casa, por recomendación expresa y taxativa de la Octopusita, empleamos aceite de oliva para freír; no en vano los andaluces son doctores en frituras.

 

Un buen aceite forma parte de recetas gloriosas y buen ejemplo de ello son las sopas frías andaluzas y cremas igualmente frías, el pulpo á feira, las croquetas, la brandada y otras muchas. En repostería su uso está muy extendido y por sus beneficios para la salud puede sustituir a otras grasas menos saludables. Puede usarse para elaborar magdalenas, mantecados, galletas o bizcochos. Los dulces fritos en aceite gozan de una gran tradición: buñuelos, torrijas, pestiños, leche frita, flores, orejas, paparajotes, casadielles, bartolillos, rosquillas, churros etc.

 

Salmorejo, cuyo ingrediente básico es el aceite

 

Dicen las malas lenguas que los dioses y sus hijos que habitaban el Monte Olimpo griego lejos de los centros comerciales, andaban aburridos, desquiciados y con múltiples querellas entre ellos. Apolo iba tras la ninfa Dafne sin conseguir sus encantos y le pidió a su padre que la transformara en laurel. Artemisa daba muerte a Orión que intentó poseerla y transformó a Acteón en un ciervo, mientras por otro lado Cronos se dedicaba a devorar a sus hijos. Eolo hizo que los perros se comiesen a su nieto, fruto del incesto de sus hijos. El Olimpo era una auténtica casa de locos. ¡La morada de los dioses era un sindiós! En este desquiciado ambiente Atenea, la hija de Zeus, disputaba a Poseidón el nombre de la capital helena y en esta disputa intervinieron los dioses prometiendo que la ciudad sería para aquél que le hiciera el regalo más útil. Poseidón, de un golpe de su tridente, hizo surgir un fogoso caballo capaz de transportar al hombre y de llevar pesadas cargas; por su parte, Atenea, diosa de la sabiduría, hundiendo su lanza en la tierra hizo brotar un olivo capaz de dar luz, alimento y curar enfermedades. Ganó de calle y, desde entonces, la capital ateniense recibe su nombre: el nombre de la Sabiduría.

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