Comer de tapas y pintxos

“Se están comiendo a los caníbales”

(Jorge Luis Borges)

 

Creo que ya he dicho alguna vez que los españoles hemos asumido hace tiempo que beber sin algo que llevarse a la boca es propio de seres primarios, trogloditas de bar o, lo que es peor, borrachos irredentos. Esta es la razón que explicaría la profusión de locales que pueblan nuestras ciudades dedicados al deporte nacional de tapear sin hora límite, calles e incluso barrios donde se tapea en una sucesión de locales tan interminable como variopinta. Nos gusta tapear por la variedad de la oferta pero, sobre todo, por la sociabilidad del asunto. Se hace en grupo pequeño o grande y siempre hay oportunidad de encontrarse con algún conocido. Es un acto compartido y social. Es un rito informal y gratificante donde a la satisfacción del apetito se le une la voluntad de disfrutar además con una buena conversación. Si es posible no se deben consumir muchas tapas en un mismo establecimiento pues tapear, aparte de un acto tribal, debe ser itinerante. Es un nomadeo material y espiritual, una gimnasia hedonista. ¡Para cuatro días que vamos a beber!

 

No voy a entrar aquí en la eterna matraca de si la tapa es mejor de cortesía (gratis no hay nada en la hostelería) o de pago. Ambas fórmulas tienen sus ventajas y sus inconvenientes y pueden convivir perfectamente. Cada ciudad, cada pueblo, tienen su propia idiosincrasia. Son famosas las tapas de cortesía de Lugo, León, Granada, Ávila, Badajoz, Jaén o Salamanca pero igualmente célebres las de pago de San Sebastián, Bilbao, Victoria, Logroño, Sevilla, Sanlúcar de Barrameda o Valencia. Aparentemente la tapa de cortesía parece mejor pero los números hay que cuadrarlos y no pocas veces la calidad se resiente. Con todo, creo que la compañía y la amable charla son lo más importante.

 

Tapa de callos en Culuca (A Coruña)

 

Tapeos hay de muchas categorías. Hay establecimientos que optan por la solución fácil de lo que ya viene preparado: unas aceitunas, patatas chips, frutos secos, embutidos, conservas o quesos. Suelen ser, aunque no siempre, de cortesía y si bien muchas representan un salir del paso, también pueden ser muy satisfactorias. Una buena loncha de jamón o de mojama, un buen queso, una anchoa o una gilda son algo serio y cabal.

 

Una segunda categoría de tapa vendría a ser aquella que se puede preparar fácilmente en cantidades más o menos ingentes. Aquí jugarían los guisos del día con una infinita variedad en función de la región en que se sirvan. Puede ser un pisto manchego,  patatas a la riojana, fabada, guisito de calamares, callos, garbanzos con espinacas, arroces diversos, lacón, oreja de cerdo, distintos caldos, albóndigas, guiso de costilla, guisito de choco, raxo, pincho moruno, choricitos al vino. En fin, la lista es interminable. Aquí también entrarían algunas tapas frías como la ensaladilla, las patatas con alioli, el salpicón, etc. Se apartarían un poco de esta categoría dos tapas míticas: la tortilla y las empanadas.

 

Un tercer apartado serían las frituras. Admitámoslo: somos de fritanga y el chisporroteo de cualquier elemento al sumergirse en el aceite caliente nos provoca una alegre excitación. En este cestillo entran las croquetas, o “cocretas” que de todo hay en la viña del Señor, y casi todos los tipos de pescado: jurelitos, parrochitas –xoubas por El Berbés-, boquerones, gambas en gabardina, mero, rape y el adobo. En algunas zonas se fríen las berenjenas tanto en rodajas como en bastones. Una buena costumbre perdida era freír patatas. Aperitivo delicioso y que hoy, lamentablemente, se han sustituido por las industriales de bolsa.

 

Irresistibles pintxos donostiarras

 

Capítulo aparte son los pintxos vascos y sobre todo los de San Sebastián. Cualquier buen aficionado a la gastronomía tiene que vivir algún día esta experiencia. Alta cocina en miniatura. Si quieres salir de tu indigencia culinaria y doctorarte en gastronomía tienes que recorrer, sí o sí, los bares del Casco Viejo donostiarra o del barrio de Gros. La mera contemplación de sus barras atiborradas de esas elaboradas delicias, caleidoscopio de colores, aromas y sabores, ya te da una idea de que aquí juegan en otra categoría. Un aviso a navegantes-náufragos: San Sebastián es una ciudad cara y no siempre lo excelente es barato.

 

Clásicos del Casco Viejo son El Sport con su famoso pintxo de foie o su crepe de txangurro, La Cuchara de San Telmo, Borda Berri con su risotto de Idiazábal o de hongos, El Tamboril con sus txampis, Ganbara con su especialidad en setas y hojaldres. En Txepetxa que solo tiene anchoas (boquerones) preparadas de muchas maneras: anchoa con crema de centollo, anchoa jardinera, con aceitunas negras o con huevas de erizo. Todas deliciosas. Aquí, en mi última visita, la Octopusita se quiso tomar un pintxo de madera que servía de adorno en la barra. Hay muchos más nombres: Giroki, Danena, Martínez, Néstor, La Viña, Astelehena, Bodega Donostiarra, etc. La maravillosa txalupa del Bergara que consiste en un “barco” de setas, langostino, crema y queso gratinado  que se hace al momento. En Casa Vallés dicen que se inventó la mítica gilda en honor a Rita Hayworth, pintxo vasco tradicional, rico y sencillo, consistente en anchoa, piparra y aceituna.

 

Un gran avance para la Humanidad, se mire por donde se mire.

2 comentarios en “Comer de tapas y pintxos

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