Chupitos gallegos de ayer y hoy

Hay que beber para recordar y comer para olvidar

(Manuel Vázquez Montalbán)

 

 

Recuerdo en mi niñez con especial nostalgia aquellas celebraciones familiares en casa de mis abuelos paternos en una aldea lucense. Allí y con motivo de las fiestas patronales se reunía una ingente cantidad de personas con lazos familiares de todo tipo además de algunos amigos e incluso representantes del clero local. Después de una copiosa comida bien regada de vino se pasaba a una sobremesa con la aparición del café, los aguardientes y el puro o las farias. En mi aldea, por proximidad a la zona de elaboración, el aguardiente era indefectiblemente de Portomarín y según el parecer de los comensales el mejor del orbe conocido.

 

El café, la copa y el puro creaban un ambiente propicio para la charla distendida. Se hablaba de lo humano y de lo divino y aunque la tertulia amable podía alargarse toda la tarde el tiempo pasaba volando pero nunca era un tiempo perdido. En un momento determinado podía aparecer una baraja de cartas y algunos afanaban sus esfuerzos en una partida de tute. Se bebía, se bebe para recordar y el augardente blanca -en realidad transparente- ayudaba, cosa que nadie se atreve a dudar, a llevar la cuenta de las cartas. Aún recuerdo con pavor el día en que con diez añitos llegué al comedor sofocado y sudoroso de jugar con mis primos y me aticé de penalti medio vaso del destilado en mi creencia de que era agua. Las lágrimas poblaron mis ojos mientras el estómago se convertía en un averno incesante, francamente incómodo.

 

Alambique de cobre (Bodegas Zárate en Meaño)

 

En Galicia es costumbre el consumo de aguardiente y algunos derivados. El más común es el augardente blanca del que hemos hablado y también denominado “caña” en algunas zonas. Los no gallegos suelen llamarle orujo equivocadamente ya que este es más basto al incluir piel, pepitas y tallo de la uva, lo que en Galicia no es tradicional. Su producción se extiende por toda la Galicia vinícola. Es el destilado según sale del alambique o la alquitara, sin disfraces. Ningún buen aficionado puede estar conforme con la costumbre de servirlo frío algo que reduce el sabor y mata el aroma. Menos comunes son los aguardientes tostados, con más cuerpo, sabor intenso y menos regusto alcohólico. El aguardiente de hierbas suele lucir distintos matices verdosos. Se obtiene por maceración de hierbas o frutas diversas en el aguardiente. Su consumo ha aumentado mucho en los últimos tiempos quizás ligado a la ingesta femenina de licores. Recién salido del congelador y servido en vaso de chupito frío entra muy fácil.

 

La queimada es muy popular y lo más llamativo es la perfomance que la rodea ya que el elixir resultante solo puede calificarse como el deterioro ¿la degradación? por el fuego y el azúcar de un producto noble. Las llamas en la noche y el conxuro contra el meigallo son todo un espectáculo. El meigallo es un mal provocado por una meiga hostil. Las meigas, a diferencia de las brujas, pueden hacer tanto el bien como el mal a los cristianos. Esto último es muy congruente con un pueblo que piensa que Dios es bueno pero que el diablo no es malo.

 

Los orensanos no tienen mar pero tienen licor café. El consumo de este brebaje alcanza cotas epidémicas en esa provincia. Está en su ADN, como las Burgas. Si invitas a un orensano a tu casa, lo digo por experiencia, esperará que después del postre aparezca como si de verdadero oro negro se tratara, y si no hace acto de presencia, te lo demandará educadamente. Si se confirma que no dispones de él, su mirada se volverá turbia y su cara con un rictus de no entender nada. El abatimiento sobrevolará la celebración.

 

Queimada tradicional gallega

 

En mi primera visita al Carnaval de Laza, convenientemente pertrechado con el kit antihormigas rabiosas (chubasquero con capucha fuertemente apretada), tras penetrar sin daños aparentes en la Plaza de la Picota me vi envuelto en una batalla festiva donde volaban las cabezas de cerdo y los Peliqueiros imponían su látigo. En aquel maremágnum infernal y en un momento de lucidez comprendí que me faltaba la botella de licor café que blandían todos los miembros de la tribu. Ya en la carretera, de regreso a Verín, al final de la caravana los miembros de la benemérita te ofrecían una boquilla para que la impregnaras del aroma cafetero del mágico elixir.

 

Estas bebidas tradicionales están siendo arrinconadas sobre todo por el “chintonis” y su actual caricatura, en donde la lechuga se ha convertido en la delgada línea que separa una ensalada de una bebida de trago largo. La noche nos confunde a base de sorbos de un licor con nombre de coronel de la Gestapo. Ya sé que las modas pasan pero esas tertulias inacabables de nuestros abuelos corren serio peligro de desaparición. Los gurús del desastre os hablarán de un ininteligible progreso, de la baja natalidad, de la despoblación del campo, de las prisas… no os contarán la verdad. La gente de hoy no hace tertulias porque no tiene nada que decir y además están todos muy ocupados con sus smartphones y sus ridículos mundos virtuales.

2 comentarios en “Chupitos gallegos de ayer y hoy

  1. Me gusta tu post Antonio!! Totalmente de acuerdo contigo. Me encanta el momento sobremesa, con un café de pota y un chupito de licor café y si se tercia una fiesta con queimada, tanto que mejor! El que cuenten historias de lo vivido y de los lugares, de como eran antes me encanta. Bueno cualquier conversanción en donde el móvil esté aparcado… Pero eso ya está en peligro de extinción.
    Saludos

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