Apuntes de Italia (II)

Felicità e un bicchiere di vino con un panino” 

(Albano y Romina, a la voz) 

 

No es de extrañar que, de todos los países por los que he transitado, haya sido en Italia, el país de todas las bellezas, en donde más he disfrutado de la gastronomía. La cocina italiana es el paradigma de la cocina mediterránea y, además, la que más se parece a la nuestra: nos une el aceite de oliva y el ajo, la gran pareja de hecho. Incluso me atrevería a decir que, en los manteles a cuadros de aquellos restaurantes italianos de mi juventud, nació el germen de mi afición por la gastronomía y la buena mesa. De alguna manera mis recuerdos juveniles están unidos a pastas, pizzassaltimboccas y tiramisús. Excuso señalar que son recuerdos de máxima felicidad. 

Si, al hablar de la pasta, remarcamos la enorme variedad de esta, otro tanto sucede con las salsas que la acompañan. La boloñesa –ragú bolognese no es una salsa cualquiera. Una boloñesa bien ejecutada es un must, un monumento a las salsas. A la altura del David de Miguel Ángel. Muy apropiada para las pastas largas y como relleno de la lasaña. Quizás la preparación más simple para los espaguetis sea al aglio e olio. Solo ajo, aceite, perejil y guindilla. Esta fórmula siempre la asocio a las largas noches de fiesta estudiantil en Sevilla, rematadas en casa con esta delicia que bordaba la Octopusita y que nos ayudaba a asentar el estómago después de trasegar. La sevillana ya apuntaba maneras de gran mamma de la cocina. Si cambiamos el perejil por pulpa de tomate y aumentamos la dosis de guindilla hasta acercarnos peligrosamente al rock duro, tenemos la salsa all´Arrabbiata que acompaña muy bien al penne -con perdón-. 

 

 

Bresaola, el embutido definitivo

 

Amatrice ya era famosa por su salsa cuando en 2016 un devastador terremoto se ensañó con este bonito pueblo del Lacio. Esta receta contiene salsa de tomate, guindilla, cebolla, aceite y tocino. El tocino debe ser el llamado guanciale, que viene siendo nuestro tocino de papada, una grasa pecadentapecadenta. El remate sería espolvorear con un orballo de queso pecorino. La salsa puttanesca es sabrosa y potente e incorpora aceite, ajos, tomate, pimienta negra, guindilla, alcaparras, aceitunas negras y anchoas. Su peculiar nombre hace referencia a su origen ligado a los burdeles, en donde se preparaba para los clientes de estos locales. Origen similar al del tiramisú y que viene a demostrar que, en cocina, lo que no fue alumbrado en los conventos, fue parido en los burdeles. Hay muchas salsas más: ese pesto genovés con albahaca, también llamada basilico -del griego basileos, que significa “rey”-. La hierba rey, por tanto. La salsa napolitana, la carbonara, la salsa Alfredo, a la Norma, la salsa funghi y muchas otras que tanto han acariciado mi paladar. 

Variados y magníficos son también los embutidos italianos: salami, mortadela, speckprosciutto, panceta o esa bresaola, parecida a nuestra cecina, y que yo tuneo con aceite, pimienta negra y parmesano. Quesos como la mozarela, el magnífico queso de Parma o los pecorinos -de pécora, oveja-. Por un pecorino di fossa me perdí una vez en el Trastevere. Esa maravilla quesera que se entierra en una toba en verano y se saca el 25 de noviembre, por Santa Catalina. Un país con forma de bota solo puede alumbrar magníficos vinos como los Brunellos de MontalcinoMarsalas o Barolos. Ese cóctel Bellini, nacido a orillas de la laguna veneciana. O ese Negroni, fruto del cansancio del Conde Camilo Negroni con la bebida habitual del Café Casoni florentino, y que decide enriquecer la mezcla de vermouth y bitter con una parte de ginebra. 

 

Delicioso queso pecorino

 

En cierta ocasión, fuimos a cenar la Octopusita y yo, con mi cuñada y su marido, a un restaurante de las afueras de Florencia. La especialidad era la bistecca a la florentina -un chuletón, vamos-. Después de los entrantes, pedimos la carne y el dueño se acercó para preguntarnos por la guarnición –contorni– que queríamos con la bistecca. Creo recordar que pedimos patatas y setas, pero la Octopusita señaló que ella quería espaguetis con la carne. En la carta no figuraba esta posibilidad. El italiano se dirigió a ella y, más o menos, vino a decir en itañol: “si la donna quiere espaguetis con la bistecca, io se lo traigo, ma en Firenze no se toma espaguetis con la bistecca”. Ante la insistencia de la Octopusita en ver satisfechos sus deseos, el dueño, dándola por imposible, se dio la vuelta dirigiéndose hacia el resto de comensales y, extendiendo los brazos hacia el cielo en un gesto teatral, exclamó: “la donna quiere espaguetis con la bistecca!!! La memoria es flaca, pero creo que percibí algún oooh. Por supuesto que no trajo la dichosa pasta. Yo soy partidario de allí donde voy hacer lo que veo. Y para rematar, un chupito de grappa ¡y que suene la tarantela!  

Cócteles de película

“Los abstemios parece que mueren como los demás”

(A.P. Herbert en la Cámara de los Comunes)

 

El cine, la literatura y los licores  van bastantes veces de la mano. Muchos personajes literarios y cinematográficos nos muestran sus preferencias por ciertas bebidas y ello contribuye, decisivamente, a reafirmar su personalidad. Son libros y películas que nos hablan de historias de amor, con aceitunas que vuelan al escote de la dama, agitadas, mezcladas con un toque de angostura, con ingredientes más o menos secretos; historias de guerra, sangrientas, con sabor a espías, a playas paradisíacas, a tugurios, a bares elegantes y míticos… Son cócteles que sobreviven al paso de los años y que alcanzan la categoría de leyendas y con ese halo de misterio y glamour que siempre envuelve el delicioso arte de mezclar bebidas.

 

El famoso Dry Martini

 

El rey de reyes de los cócteles es sin duda el Dry Martini. Creado en 1911 en el Hotel Knickerbocker de Nueva York por Martini di Arma al que se le ocurrió la genial idea de aromatizar la ginebra inglesa muy seca con vermut igualmente seco. Se han escrito ingentes cantidades de páginas hablando de la mejor proporción de los ingredientes, de si le ponemos aceituna o no. A los aficionados al Dry Martini les gusta a su manera. A Luis Buñuel le agradaba preparar los ingredientes de víspera y solo aromatizaba el hielo con vermut que después escurría antes de “trabajar” la ginebra. Winston Churchill dejaba que la luz del sol pasase por la botella de vermut. A uno de los personajes de Ernest Hemingway le gustaba al “estilo Monty”: una parte de vermut por quince de ginebra. El nombre hace referencia al mariscal Montgomery, vencedor de Rommel, que jamás entraba en combate si sus fuerzas no estaban en relación de quince a uno con las del “zorro del desierto”.

 

Todos hemos escuchado a James Bond, legendario personaje de Ian Fleming, pedir en sus películas una variante del Martini donde la ginebra es sustituida por vodka y todo ello “mezclado, no agitado”. Gracias a 007 esta bebida se puso de moda y se bautizó como “vodkatini”. En El Gran Lebowsky Jeff Bridges bebía un sofisticado cóctel: el Ruso Blanco aunque viendo al “nota” preparándolo en bata de estar por casa no sé si la palabra “sofisticado” sería la más adecuada. En la hilarante Con faldas y a lo loco la mismísima Marilyn Monroe es capaz de improvisar un Manhattan, de noche y con el tren en marcha, ante la atónita mirada de Jack Lemmon disfrazado de mujer.

 

El «nota» con un ruso blanco

 

En esa joya del séptimo arte que es El Padrino II, en una escena que transcurre en una terraza de La Habana, Fedro le pregunta a Michael Corleone cómo se dice Banana Daiquiri en español a lo que el jefe, sin inmutarse, le responde: Banana Daiquiri. Ambos estaban disfrutando de esa mezcla de ron blanco, licor de plátano y azúcar que se toma tan frío como el alma de estos mafiosos. Don Draper en todos los episodios de Mad Men pide un Old Fashioned, cóctel con base de whisky. En el bar de Rick de la mítica película Casablanca, Victor Lazlo y el Capitán Renault piden un Cóctel de Champagne, servido por el mismísimo Bogart. Ya saben: Siempre nos quedará Paris. Las protagonistas de Sexo en Nueva York necesitan un Cosmopolitan para vivir sus peripecias eróticas nocturnas. El personaje de Drácula de Gary Oldman seduce a una indefensa Winona Rider con un cóctel de absenta mientras le dice: “El hada verde que vive en la absenta quiere tu alma, pero estás a salvo conmigo”. Mi recomendación es que se alejen de esta bebida. He visto a gente enloquecer con este elixir que, mucho antes de hacerse hipster, fue musa de poetas y pintores malditos.

 

Siempre nos quedará París

 

La afición por los cócteles ha fluctuado en el tiempo y ahora parece que comienza a resurgir y los grandes chefs ya no se conforman con contar con un buen sumiller, sino que necesitan un buen barman (ahora llamado bartender o mixólogo por los más cursis ¿Para cuándo alquimista?) como telonero. Cada vez es más común encontrar a alguien que prepare cócteles en bares, restaurantes, tugurios o chiringuitos diversos. Mojitos, Daiquiris, Piñas Coladas, Margaritas, Bloody Mary, Caipiriñas, Manhattan, Mai Tai, Sex on the Beach, Sidecar, Negronis, Bellinis y un largo etcétera vuelven a estar de moda.

 

Al Octopus este resurgir de la coctelería le parece bien. Hace tiempo, en uno de sus escasos momentos de lucidez, decidió beber como le da la gana, con quien quiere, donde quiere, como quiere y lo que quiere. Le gusta relajarse y recuperar la calma, algo cada vez más extraño en nuestros agitados tiempos, después del trabajo y antes de comer o cenar y apurar así la inmortalidad y la alegría. Pero solo por eso.

El asunto del café

“No hay mejor relleno para las
maracas que los granos de café”

(¿Juan Valdez?)

 

El agua es la bebida más consumida en el mundo, pero si consideramos que se la define como un líquido inodoro, incoloro e insípido, no tendrán más remedio que convenir conmigo en que lo que la compañía de aguas nos suministra -y pagamos-, no es exactamente agua. Como compensación, la segunda bebida más consumida es el café y sus características son opuestas: tiene un fuerte aroma, color negro y un sabor complejo. No todo está perdido.

 

Se cree que el café tuvo su origen en Etiopía hace unos mil años. Allí, un pastor llamado Kaldi observó el efecto estimulante que sobre sus cabras producían unos frutos rojos que adornaban unos arbustos. Muchos piensan que este relato es apócrifo, pero a mí este tipo de historias me gusta creerlas a pies juntillas. Es la fe del soñador.  El café se extendió a Arabia y al resto de países de la región. Triunfó sobre todo en Egipto y Turquía. Con el nacimiento del café surgieron las cafeterías y la pionera se inauguró en Constantinopla en 1475. Al poco había miles en estos países. En occidente conocimos el café gracias a los mercaderes venecianos. Al principio había un sector de la iglesia reticente al café –era negro y venía de tierras infieles-, pero recibió el nihil obstat de Clemente VIII, con el irreprochable argumento de que dejar solo a los infieles el placer de esta bebida sería una lástima. Pronto se extendió al resto de Europa y acabó cruzando el Atlántico para hacer las américas.

 

Recolectores de café

 

Hubo un tiempo no muy lejano en que, tras una buena comida, los comensales predispuestos disfrutaban de una sacrosanta trilogía conformada por café, copa y puro. Aquello propiciaba un ambiente proclive a la confortable tertulia. No era raro que se le ganara tanto tiempo a la tarde que esta quedase reducida a la nada. Eran momentos para el disfrute y la charla sosegada, tanto en las casas de la burguesía como en los cafés de todas las ciudades. Algunas tertulias llegaron a ser famosas como las del Café Pombo, el Fornos o el Gijón en Madrid o el Café Novelty en Salamanca.

 

El tueste del grano desarrolla su aroma

 

En la actualidad esto se ha terminado. Derogado. El buen coñac, el mal brandy y el aguardiente ya solo es costumbre de algunos irreductibles de la tercera edad. El puro, por mor de las autoridades planetarias, ha corrido aún peor suerte y ya nadie te ofrece un amplio vitolario cubano para que soñemos con palmeras, mucamas y mestizas. Todo esto, para un politoxicómano epicúreo como yo, no deja de ser una formidable derrota.

 

El único superviviente de esta colosal derrota del hedonismo es el café. Pero no cantemos victoria. Es cierto que el café es muy popular en España y suele ser lo primero que tomamos por la mañana; en el trabajo hacemos una pausa para tomar café, habitualmente pone el broche a la comida y hasta quedamos para tomarnos un café. Hay variadas formas de disfrutarlo: solo, cortado, con leche, americano, corto o largo, expreso, capuchino, descafeinado, con gotas, irlandés…, pero no nos engañemos, el café en nuestro país es manifiestamente mejorable. No pocas veces es un brebaje sospechoso que se declara culpable cuando acercamos la taza a los labios y comprobamos, más tarde, que nos han recetado un laxante fortísimo. Como el fairy, pero con sabor a matarratas. Y eso, por no hablar de la costumbre tan española del café torrefacto, que consiste en adulterar el café con azúcar quemado para transformarlo en un sucio andrajo.

 

El mejor estimulante

 

Un buen café, ese que guarda un equilibrio entre acidez, dulzor y punto amargo, sigue siendo una rareza. Si pedimos un güisqui o un chintonis nos traerán una carta interminable o, al menos, nos preguntarán: ¿qué ginebra desea el señor? Con el café nadie nos interroga sobre si deseamos arábica o robusta, Colombia, Costa Rica, Brasil o Kenia. Aún recuerdo a una italiana, casada con un sobrino político mío, cuando los invité a comer a mi casa. Ante mi estupor, extrajo una cafetera moka y un paquete de café de su bolso y se ofreció a hacer ella el café. No se fiaba y hacía bien. ¡Ah, esos expresos que te sirven en Italia! De un tiro o de dos, son gloria bendita.

No sea usted nécora

“¡Menudo nécora!”

(Parlante de koruño viendo un capítulo de Mr. Bean)

 

Como todos los idiomas tribales, el koruño atesora una amplia gama de dicterios e insultos. Algunos podríamos calificarlos de casi cariñosos: “pero mira que eres nécora”. Este término se refiere al patoso, manazas, al torpe de toda la vida. Ese que va a colgar un cuadro en la pared y hace un desconchón, rompe el cristal y, además, se clava el cáncamo en un dedo. Es posible que este calificativo tenga su origen en la incapacidad de la nécora para andar como Dios manda: para adelante y para atrás. La oronda nécora se desplaza de lado aprovechando las diez patas que exhibe -es un crustáceo decápodo- aunque las dos de atrás, por su forma aplanada y de aleta, le sirvan solamente para nadar. En esto se diferencia de otros cangrejos.

 

Nécoras hay muchas. Unas vienen del Reino Unido, otras de Irlanda e incluso de Canadá. No descubro nada si digo que las de Galicia, Asturias -allí son andaricas– y Cantabria son las más sabrosas. No es fácil saber cuáles hablan la lengua de Rosalía. No lo intenten con la etiqueta ya que es un auténtico jeroglífico indescifrable. Hay un truco que no suele fallar: si pasamos un dedo por encima y el tacto es similar a un buen melocotón, estaremos ante una nécora gallega casi seguro. Las foráneas son más lisas y sin estas finas vellosidades. Además, las que proceden de nuestras aguas son de color gris pardusco y las foráneas son más pálidas. En Galicia solo se pueden extraer en la segunda mitad del año. De enero a junio hablarán la lengua de Shakespeare o, lo que es aún peor, serán ilegales.

 

Inconfundible nécora gallega

 

La carne de la nécora es delicada y sabrosa.  Si le añadimos una textura firme y jugosa, convierten a la nécora en un serio aspirante al mejor marisco en el gusto de la gente. Marisco premium, qué dirían los modernitos. Aristocracia marisquil, para los clásicos. Pero como toda rosa, tiene sus espinas. La nécora requiere de una buena dosis de paciencia y su buen aprovechamiento exige una cierta habilidad. Como en el amor, hay que hurgar y explorar sitios recónditos: aquellos que esconden los cartílagos de su cuerpo, sus finas patas, la delicia de sus corales e incluso su sabrosa “caca”. Al comensal inquieto le puede parecer demasiado trabajo para tan poco rendimiento. Craso error. Casi todo lo excelso, cuesta.

 

El otoño y las aguas frías del invierno señalan la llegada de las mejores nécoras. Aunque se pueden hacer a la plancha o a la parrilla, suelen comerse cocidas. El caldo, el jugo y la crema de nécoras son un auténtico escándalo gustativo, aunque para muchos sea un sacrilegio hacer un caldo de marisco con nécoras. Hay muchos restaurantes de alta cocina que los usan en sus preparaciones. No es raro premiar arroces de variado pelaje con nécoras y nadie discute que le dan un sabor brutal, pero yo soy partidario de comer los crustáceos con los dedos y no me gusta pringarme con salsas y, mucho menos, que se me pegue arroz a la piel. Peor todavía es intentarlo con cuchillo y tenedor aunque la nécora se presente partida en regiones. Inténtelo y verá. Si además usted no es muy habilidoso, o incluso es algo nécora, verá en dónde puede acabar el contenido del plato.

 

Un buen vino para acompañar es esencial

 

Así pues, si usted tiene la suerte de disponer de algunos ejemplares gallegos de este marisco de terciopelo, lo mejor es que los cueza en agua y sin escatimar la sal. ¿El tiempo? Dependerá del tamaño de las nécoras, pero estará bien entre cuatro y seis minutos de hervor. No hagan caso de recetas que les sugieren cocerlas con cebolla, zanahoria e incluso ajo. Nada. Incluso les aconsejo que prescindan del omnipresente laurel. La nécora no necesita disfraces ni matices. Una vez cocidas las comeremos, como decimos en Galicia, mornas.

 

En cuanto al vino, decía Cunqueiro que el mejor para acompañar el marisco era el de Betanzos porque las parras crecían en tierras abonadas con nécoras, centollos y percebes. Dejando al margen lo poético del asunto, hoy ha cambiado bastante el cuento del abonado. Les recomiendo un buen blanco gallego -la ocasión lo merece-. Cualquiera me vale aunque yo prefiero uno fino y elegante como el sabor del crustáceo que nos ocupa. ¡Ah! Y no sean ustedes tacaños con el vino, ni nécoras al servirlo. Amén.

 

 

 

 

Mundo Estrella Galicia

“No queremos ser la cerveza más vendida sino la más amada”

(Estrella Galicia, maestros cerveceros)

 

Al principio reinaban las tinieblas. Todo era un caos. Un inmenso océano de vacío. Un manto de oscuridad lo abarcaba todo. No se habían pronunciado los dioses y nada estaba escrito hasta que surgió una tenue luz, una súbita expansión de burbujas. Los átomos y moléculas se amancebaron y todo se inundó de espuma: había nacido una estrella…Estrella Galicia.

 

Tengo que reconocer que de todas las cosas que pueblan mi universo querido hay dos que siempre me han atraído en grado superlativo. Como buen Octopus y navegante de sueños, una es el mar. La otra son los bares. Siento una especie de atracción fatal por ellos. Siempre he pensado que un pueblo agoniza cuando cierra el último bar y, bien manejada, la variada farmacopea de los bares es una poderosa receta de felicidad o, al menos, de olvido de las preocupaciones. Pues bien, de mis incalculables horas ganadas en una barra o en una terraza de un bar, la mayoría transitaron delante de una copa de cerveza, quizás porque no hay mejor bebida para ver pasar la vida ¿o era la vida pasar?.

 

Entrada al museo

 

España, con su tradición vitivinícola, siempre fue un país “variotinto”. La cerveza tuvo pocos defensores pero los tiempos están cambiando y la espumosa no deja de comerle terreno al vino. En Galicia la difusión y progreso de la cultura cervecera tiene nombre propio: la familia Rivera. Desde 1906, cinco generaciones de esta familia, se han ocupado de fabricar y repartir felicidad embotellada entre los gallegos primero y después en el resto del orbe civilizado -“no beer, no civilization”-, señaló George Will. La familia Rivera continua haciendo historia cervecera y recientemente han inaugurado MEGA, el primer museo de España dedicado a la cerveza. Un museo integrado en la fábrica que poseen en A Coruña.

 

Una de las cubas

 

La última vez que fui a un museo de la cerveza fue al de la Guinness en Dublín y disfruté mucho. En el de Estrella Galicia, con motivo de la IX Xuntanza de Bloggers, lo pasé de pinga. Nos hicieron una visita guiada con posterior comida servida por Boketé Catering & Wedding y armonizada con las distintas variedades de cerveza que allí fabrican.

 

MEGA es un museo moderno. Es interactivo y hay muchas pantallas a las que acceder, de forma personalizada, gracias a una pulsera que te dan en la entrada. Hay gafas 3D, hologramas –genial el del maestro cervecero-. Incluso una máquina te hace una foto para hacer un montaje –literal- que te coloca de piloto de moto GP con publicidad de Estrella Galicia. La foto se envía a tu correo electrónico.

 

Espigas de cebada

 

Podrás ver, oler, tocar y saborear los productos con los que se elabora la cerveza. Te hablarán del agua del Embalse de Cecebre que por su blandura es ideal para la elaboración de este tipo lager de cervezas. Podrás ver, oler y masticar diferentes tipos de cebada malteada. Lo mismo podrás hacer con el lúpulo que le proporciona ese característico amargor a estas cervezas. Verás, dentro de un frasco, la levadura que, además de aportar aromas, es una especial varita mágica que transforma los azúcares en alcohol.

 

La clave del amargor

 

Te explicarán la historia de la familia y, si no es domingo, podrás asomarte a ver la fábrica en funcionamiento. Escudriñarás las sucesivas cubas que van transformando la cerveza, los murales originales de Ángel Atienza incluido su San Arnulfo, patrón de los cerveceros. Admirarás los diferentes envases y etiquetas de las distintas cervezas que han elaborado a lo largo de su ya centenaria historia y, después de este particular nomadeo, podrás catar sus cervezas, ¿alguien da más? Sí, puedes apuntarte a un Taller de Cerveza.

 

Cervezas hay muchas, las hay rubias, morenas, negras y de colorines, pero en este particular firmamento una estrella brilla con luz propia: Estrella Galicia. Con una variedad de estilos y matices dignos de ser “bebidos” en cuenta. Ya sé que las cervezas son muy de abadías pero aquí, en la ciudad herculina, ya tienen catedral propia y yo, por si acaso, ya peregriné. Y no se preocupen, como decía Josep Plá: se mea todo. Amén.

Vinos: mitos, costumbres y mentiras

“Si el vino tinto es la belleza, el vino blanco es la gracia”

(Ignacio Peyró, Comimos y bebimos)

 

Aunque, como nos recuerda Dylan, los tiempos están cambiando, en el mundo del vino perviven muchos falsos mitos, lugares comunes e inexactitudes más o menos ridículas y eso teniendo en cuenta que aquí todo el mundo presume de saber de vinos. Es posible que el vino tinto sea en verdad tinto, pero de lo que no cabe la menor duda es que el vino blanco no es blanco: toma todos los matices del espectro del amarillo desde los más pálidos hasta los que tienen reflejos verdosos y otros, como determinados vinos de Jerez, incluso van del ámbar al caoba. En todo caso, habría que hablar de los vinos blancos en plural. Ya me dirán qué tienen en común un Champagne, un Fino de Jerez, un Moscatel y un Chardonnay borgoñón.

 

Nuestro país siempre ha sido tierra de tintos. Seguro que alguna vez habrán oído esa solemne majadería de que el mejor blanco es un mal tinto. Pura ignorancia de quien denigra lo que desconoce. Otra mentira, con respecto a los blancos, es que son vinos que hay que consumirlos cuanto antes. Hoy se hacen muchos blancos de calidad que resisten perfectamente, e incluso mejoran, con el paso de los años. Hace poco abrí un Riesling ¡del 94! Me temblaban las piernas, pero el vino resistió como un jabato. Nunca fui partidario del infanticidio vinícola y la mayoría de blancos gallegos y de otros pagos, que atesoro en mi bodega, esperan unos añitos antes de ser descorchados.

 

Difícil elección

 

Dentro de los micromachismos que pueblan el ambiente gastronómico destaca el de que ponerse las botas de morapio riojano es un signo de virilidad. Esto lo he comprobado personalmente en numerosas ocasiones cuando, acompañado de la octopusita, pedimos una copa de blanco y otra de tinto. Siempre me sirven el tinto a mí. Ni siquiera preguntan, y cuando les decimos que es al revés, la cara del que nos sirve suele oscilar entre la incredulidad y el estupor. Si un hombre pide una copa de vino blanco, es cuando menos sospechoso. Hasta es posible que le guste la poesía, leer a Nietzsche, cultivar orquídeas y, lo que es mucho peor, coleccionar arte moderno. En resumen, es un pretencioso que se cree que entiende de vinos. A las chicas se les permite porque –otro micromachismo-, son chicas. Como si piden un tinto con gaseosa o un rebujito.

 

Aunque se ha mejorado bastante, otro tema aún no bien entendido es el de la temperatura de servicio del vino y sigue habiendo una cierta tendencia a servir los tintos algo más calientes de lo aconsejable y los blancos algo más fríos. La confusión viene de que de los tintos siempre se ha dicho que había que servirlos a la temperatura de la habitación: chambré en la jerga francesa. Hoy este es un término muy impreciso, volátil diría yo. Los vinos tintos, según los expertos, deben servirse entre los 16 y 18 grados y los blancos entre los 6 y los 12 grados dependiendo de una serie de factores. Los finos y espumosos en el rango bajo y los que tienen crianza en el alto. El frío atenúa las sensaciones dulces y el alcohol mientras que potencia la tanicidad y la acidez. Con el frío podemos tapar defectos si el vino es flojito, pero también tapamos las virtudes si es bueno. Con demasiado calor vamos a potenciar el alcohol, y esto no es conveniente.

 

El asunto de la armonización es muy controvertido y en continua revisión, además de muy dependiente de los gustos personales. Los blancos siempre se han servido con pescados, mariscos y arroces y los tintos con carnes y guisos, pero esto ya no es tan evidente. De lo único de lo que estoy seguro es de que el Champagne va muy bien en la bañera y fatal en la ducha.

 

Aquí estamos todos de acuerdo

 

Así como la esencia del canibalismo no es comer por comer, la enopatía no consiste en calmar la sed biológica sino en saber disfrutar de los sentidos y las emociones que nos proporciona un buen vino. En este orden de cosas, el mejor vino no es el más caro ni el mejor puntuado sino el que más perdura en el recuerdo.

 

La enología, si no lo ha sido siempre, es ahora una religión. Las bodegas son sus catedrales y el enólogo su profeta. El sumo sacerdote es el sumiller que desarrolla la liturgia, con la ayuda de algún acólito, en los mejores restaurantes. Cuando un grupo de fieles se reúne, les ofrece las sagradas escrituras para que el más entendido solicite la botella elegida. Comenzará el sacrificio con el descorche y el ofrecimiento de la prueba del vino al fiel que la ha pedido, y todo ello, ante la expectación, el silencio y el respeto piadoso del resto de fieles congregados alrededor de la mesa. ¡Aleluya!

 

Aprendan a disfrutar de un buen vino en la mejor compañía, aunque tampoco les reprocharé que practiquen el onanismo enopático en la tranquilidad del hogar mientras descorchan esa botella que lleva aguardando un montón de años a que usted se decida.