El oro blanco

“¡Vete a freír espárragos!»

(Frase popular para evitar ordinarieces peores)

 

 

Son las diez de una noche cerrada y fría de primavera y en una finca cercana al río Ebro a su paso por Navarra una sucesión de lucecitas se mueven por la amplia plantación del fértil valle como si de una extraña procesión de luciérnagas se tratara. Es una cuadrilla de hombres que se desplazan en la oscuridad de la noche provistos de linternas sujetas a sus cabezas por cinchas. Son expertos recolectores de espárragos. Entierran sus gubias para sacar los espárragos uno a uno y depositarlos cuidadosamente en las cestas. Este particular tesoro gastronómico de la primavera debe crecer sumergido en la tierra, alejado de la luz solar, para que adquiera ese característico color blanco nacarado. Por eso se recolecta de noche.

 

El espárrago blanco de Navarra, con epicentro en Tudela, es el más famoso. Es I.G.P. desde 2003 y es desde hace más de un siglo que se conservan en lata, pero si ustedes tienen la suerte de probar en fresco los primeros espárragos de la primavera y si, además, están recién recolectados, entenderán el porqué del título de oro blanco. Suerte que tuve hace años en una visita a Pamplona a mediados de marzo. Nada más llegar fui, con unos colegas, al buen Restaurante Europa y allí nos ofrecieron los primeros espárragos de la temporada. Nos los sirvieron templados, como Dios manda, poco hervidos y con ese difícil equilibrio entre lo dulce y lo amargo que los hace únicos, inigualables. Mientras caían copos de nieve en la cercana Plaza del Castillo, nadie me vio llorar.

 

Espárrago blanco de Navarra

 

Julio César era un adicto a los espárragos. El emperador romano los disfrutaba cocidos y rociados con mantequilla y salsa de limón. Así de simple, así de genial. El espárrago admite todo tipo de preparaciones y se adapta a cualquier plato, pero, si es fresco -condición imprescindible- y de abril, alcanza lo sublime. Lo mejor es cocerlos -no les reprocharé si emplean la vaporera- y servirlos templados y simplemente con un chorrito de un buen AOVE por encima. Si les parece así un plato de dieta, o quieren ilustrarlos, depositen cuidadosamente una temblorosa yema escalfada en lo alto de la verdura. Olvídense de vinagretas y balsámicos que solo pueden enmascarar el sutil sabor de nuestros protagonistas.

 

Aderezados con salsa holandesa

 

Si disponemos en casa de un buen manojo de estos espárragos, debemos primero lavarlos, secarlos y pelarlos. Los atamos en manojo con una tela o hilo. Ponemos al fuego agua en una cazuela alta con una cucharada de sal y media cucharadita de azúcar. Cuando el agua rompa a hervir, sumergimos el manojo de espárragos dejándolos cubiertos hasta donde el tallo se convierte en yema -el agua no debe cubrir la yema-. Dejamos cocer entre diez y quince minutos a fuego manso. Podemos -y debemos- comprobar el punto para evitar sobrecocciones. Los retiramos a una fuente y los cubrimos con su agua, incluidas las yemas. Dejamos reposar unos cinco minutos. Cuando estén tibios, sacamos y escurrimos bien. Servimos en el plato y lo regamos con un buen chorro del AOVE que nos guste. Si queremos complicarnos bastante más la existencia, podemos hacer una salsa holandesa que, paradójicamente, habla francés. Sepan ustedes que esta suculenta y delicada emulsión elaborada con mantequilla, zumo de limón y que utiliza yemas de huevo como emulsionante, no es nada fácil de elaborar. Podemos también optar por la mayonesa clásica en donde se cambia la mantequilla por aceite.

 

Sea como fuere, disfrutaremos como unos auténticos emperadores romanos con esta delicatesen de forma fálica que todas las primaveras nos regala la tierra: producto subterráneo y telúrico que, paradójicamente, nos hará levitar. Por sus componentes sulfúricos -esos que dan ese olor a la orina- no armonizan bien con muchos vinos. La mejor opción sería un Sauvignon Blanc, un Riesling o un rosado de la tierra navarra. ¡Viva San Fermín!

Delicia punki

“Las innumerables hojas del alcaucil marcan
la hora presente y además todas las horas”

(Julio Cortázar)

 

Cynara era una morenaza guapísima de cabellos plateados y ojos verdes que habitaba en la isla griega de Kinaros adonde acudió Zeus a visitar a su hermano Poseidón. El padre de todos los dioses, que era un mujeriego redomado, no tardó mucho en seducir a la bella muchacha y en llevársela a su morada en el monte Olimpo con la promesa de convertirla en diosa. Al cabo de un tiempo Cynara comenzó a tener nostalgia de su madre aunque yo creo que también influyó la morriña de las paradisíacas playas con ese mar de color turquesa contrastando con las casitas blancas y las rojizas puestas de sol de su isla natal. Sea como fuere, la bella muchacha dejó tirado al dios en su monte. Zeus, que era de natural vengativo,  transformó a Cynara en un vegetal amargo, escamoso y espinoso, aunque de tierno corazón. Zeus transformó a Cynara en ¡una alcachofa! De ahí viene el nombre de Cynara Scolymus para designar a esta hortaliza.

 

Con esta transmutación es posible que la muchacha saliera perdiendo pero nosotros ganamos esta belleza punki que hace las delicias de los que amamos la cocina vegetal por diferente, sana, nutritiva y sabrosa. Al Octopus de la alcachofa le gusta hasta el nombre y si es en andalú –alcaucil-, todavía más.

 

Alcachofas frescas de temporada

 

De la familia del cardo, lo que se aprovecha de la alcachofa es su flor –en realidad son inflorescencias o conjunto de flores- y algo del tallo. Hay que despojarla de su duro vestido y quedarse solo con aquellas hojas interiores más tiernas. Cuando se la somete a este particular estriptis la alcachofa tiende a perder su bonito color verde, se oscurece y se afea por efecto de la oxidación. Se han ideado varios métodos para evitar esto: el de tratarlas con limón, si bien es un proceso poco adecuado por la alteración del sabor que produce. Otro y mejor es sumergirlas en agua con un colador encima para evitar todo contacto con el aire. Llegado el caso yo soy partidario de sacrificar el color por el sabor.

 

A nuestra protagonista la trajeron a España y a Sicilia los árabes y por vía matrimonial, con la unión de Catalina de Medici con Enrique II, llegó a Francia. La agricultura transformó aquella planta silvestre y llena de espinas –comida de burros- en lo que hoy conocemos. La alcachofa de Tudela o la de Benicarló son una auténtica delicia que nos ayuda a sobrellevar el duro invierno ya que la alcachofa se recoge desde el otoño avanzado hasta bien entrada la primavera.

 

Alcachofas rellenas de butifarra negra y setas (Peculiar en A Coruña)

 

El recetario de la alcachofa es muy extenso y están ricas casi de cualquier manera, bien como protagonistas o como secundarias de lujo. La forma más habitual es cocerlas, pero fritas son algo serio y las podemos hacer enteras o cortadas a cuartos, mitades o en láminas y con rebozado o sin él, como en la famosa receta romana de las carciofi alla giudia. La forma de freírlas que más me gusta es enteras y aplanándolas un poco con la mano para facilitar que le penetre el calor y en abundante aceite hasta dorarse y aderezadas con sal gorda y pimienta. Simplemente a la plancha, acompañadas de una romescu o un ajoblanco, constituyen un primer plato de lujo. Las podemos saltear con jamón e incluso rellenarlas. Sus partes verdes y duras, que muchas veces desechamos, mejoran cualquier crema de verduras aportándole un toque fresco, levemente amargo. Un recurso muy original es escabecharlas. Forma parte de esa apoteosis vegetal que es una buena menestra y con unas almejas o unos berberechos levitarán. Por supuesto que en tierras levantinas las incorporan al arroz en diversas combinaciones y dentro de un arroz meloso con caza, ojalá liebre, alcanzan la gloria.

 

La alcachofa siempre ha tenido fama de ser enemiga del vino pero esto no es así: al tinto no le dirige la palabra, pero flirtea a la perfección con finos y manzanillas, amontillados y espumosos. Disfruten de esta dama que renunció, nada menos que al Olimpo, para regocijo de los que amamos la cocina sensata, sana, sabrosa y de temporada.

 

Galicia caníbal

“Safaris do porco, filloas de sangue, Galicia embutida” 

(Os Resentidos)

 

Cerdo, puerco, cochino, marrano, chancho, gocho. Todas estas palabras, en la lengua de Cervantes, sirven para llamar a este totémico animal que en Galicia engalana las mesas en las calendas carnavalescas. No deja de ser curioso el carácter peyorativo de estos nombres cuando el cerdo ha sido -y es- el animal que más ha contribuido a nuestra felicidad, sobre todo en su vertiente material. Animal del que, por otra parte, Darwin se sentiría más que orgulloso: come de todo y su orgasmo dura más de treinta minutos ¡Wow!

 

El cerdo no deja indiferente a nadie. Hay comunidades que lo aman mientras que otras lo odian. Para los judíos y los mahometanos es un animal impuro: nein, niente, forbidden, proscrito. No deja de ser una curiosa paradoja que el cocido en España, que es la evolución de la olla podrida -olla poderida, poderosa- de nuestro Siglo de Oro, tenga su origen remoto según unos en la adafina sefardí y según otros en el Sinhayi bereber. El erudito Alfonso Abad, a la vista de las últimas investigaciones, se inclina por esta última teoría y, en este sentido, lo considera un plato de origen andalusí aunque lo que cocían era legumbres, verduras y carne de otros animales. Sea como fuere, para cocer alimentos es necesario disponer de una olla con tapadera. La olla la inventan los griegos y le llaman caccabus y los romanos generalizan la tapadera: miel sobre hojuelas. ¡Ya podemos inventar el cocido!

 

Sinfonía de sabores

 

Cuando se acerca la entronización del alegre dios Momo, que en la mitología simboliza la ironía y el sarcasmo, los gallegos nos dedicamos, con ahínco, al cocido. El cocido gallego es una hipérbole, una desmesura, una puta epifanía de sabores, olores y texturas rayando el delirio. El desafío total. Receta antigua, es antídoto de minimalismos, esferificaciones y demás pamemas. Es un plato que cuanto más nos servimos más parece que queda en las bandejas. Exige calma y una prolongada estancia en la mesa. Nada de siestas. Es, además, un plato para la socialización: ya de prepararlo, que sea para un grupo numeroso de comensales.

 
 

El perfecto telonero

El cocido gallego es un difícil ejercicio de logística y de hidráulica en su vertiente de trasvase de fluidos. Un buen cocido, para hablar la lengua de Rosalía, lleva garbanzos, las patatas que no pueden faltar en Galicia y los míticos grelos, ese desengrasante galaico y antídoto de colesteroles y demás grasas. De carne de cerdo lleva casi de todo: lacón, espinazo (soá), tocino veteado (de febra), rabo, costilla, manos, lengua y cachucha (cachola o cacheira, según zonas), en ese caleidoscopio de sabores que, además, es envidia de las máscaras venecianas. No pueden faltar los chorizos frescos, bien de carne, bien ceboleiros o ambos. Puede llevar butelo o androlla. En el apartado de otras carnes se le suele premiar con jarrete de ternera y una gallina que, debido a su escasez, no pocas veces es sustituida por su hijo. Aunque solo sea por la enjundia que estas otras carnes le dan a la sopa -ese mágico telonero que prepara el estómago para lo que se le viene encima- ya justifica su presencia. Se suele acompañar de un buen Mencía de la tierra, pero si es usted un heterodoxo, no le reprocharé que se sirva de un Amontillado. Eso sí, no es plato para hipsters amantes de la espumosa.

 

Como todo lo que vale la pena suele desarrollar ortodoxias y manías varias, hay que avisar, a navegantes despistados, que Galicia es un microcosmos dentro de un macrocosmos. Aquí nos organizamos por parroquias, con diferentes políticas culinarias. Hay que desterrar purismos y anatemas. En el cocido gallego no hay vuelcos, ni falta que hace. Todo se presenta a la vez y se confía en el paladar del parroquiano y el ejercicio de su libre albedrío: su disfrute consiste en una sucesión de platos, combinados por el propio comensal.

 

Aquí con hambre no se queda nadie

 

Estamos, pues, ante un plato cabal, sin atajos ni regateos. Una forma de hacer las cosas sin prisas -una mañana para prepararlo y una tarde para intentar su desaparición. Y de la digestión ni les cuento…-. Sin trampantojos ni onirismos. Aquí todo es real, casi metafísico. Tampoco es plato para restaurantes de postín. Inútil dar direcciones ya que todos conocemos una casa de comidas, un bareto o una casa de aldea donde lo bordan.

 

Al cerdo lo han intentado desprestigiar de muchas maneras, incluso con el cuento de la medicina y la vida sana. No se lo crean. El cerdo si se ha llevado alguna vida, que lo dudo, ha salvado muchas más. Se trata de un animal benéfico que también nos ha regalado sonrisas en nuestra infancia: Porky, miss Piggy -la encantadora enfermera de los teleñecos-, el valiente Babe, Wilbur o los Tres Cerditos así lo atestiguan. Ya solo nos queda despedirnos tras una orella y una filloa: ¡Esto es to…esto es to…eeeesto es todo, amigos!

 

 

 

 

 

Ajo, pasión española

No comas ajos ni cebollas para que no
saquen por el olor tu villanía

(Don Quijote dirigiéndose a
su fiel escudero Sancho)

 

Tanto si se le ama como si se le odia, el ajo es difícil de olvidar: digamos que deja un recuerdo prolongado. Si esto es bueno o malo, habría que responderlo a la gallega: depende. Creo que el secreto reside en despojarlo de su agresividad, de su presencia expansiva. Los pueblos mediterráneos lo definieron como “el perfume del gourmet” mientras que para los anglosajones es directamente nauseabundo y asqueroso. El arte de la cocina trata de realzar los matices de los diferentes alimentos, no de arrasarlos. Es cuestión de hacer un uso cabal de los ingredientes y en el ajo es decisivo el empleo de la dosis adecuada para darle alegría al plato sin caer en la euforia desmedida. El ajo es capaz de salvar un plato sin alma pero también de convertir excelsos ingredientes en una pesadilla gastronómica. Se impone, pues, manejarlo con sabiduría.

 

A pesar de ser uno de los ingredientes tradicionales de nuestra gastronomía, el ajo ha tenido muchos enemigos y además enemigos importantes. El rey Alfonso XI se lo prohibió a los caballeros y es conocida la aversión de Isabel la Católica por el olor a ajo. En cierta ocasión le trajeron a la mesa perejil que había estado en contacto con ellos y la reina lo detectó y dijo: “disimulado venía el villano vestido de verde”.

 

El ajo es cultivado en el Mediterráneo desde hace mas de 7000 años

 

El mismísimo Julio Camba, en su maravilloso libro de La Casa de Lúculo, ya señalaba que la cocina española estaba llena de ajo y de preocupaciones religiosas y además, siendo en muchos lugares una superstición, tampoco estaba seguro de que el ajo no fuera también una preocupación religiosa. Unos años después que el escritor gallego, el también escritor y periodista catalán Josep Pla escribió que todos los alimentos cocinados con ajo sabían a ajo y que este arrasaba con todo y ponía como ejemplo unos salmonetes que le sirvieron con una picada de ajo por encima que había hecho desaparecer el delicado sabor del pescado. Aquello le producía una creciente tristeza. Con todo, los enemigos más acérrimos del ajo hay que buscarlos en Transilvania donde el ajo es considerado la particular “kriptonita” del Conde Drácula. Esta es la razón por la que los vampiros son minoritarios en nuestro país.

 

No soy muy partidario de esta visión catastrofista de las propiedades culinarias del ajo y pienso que el secreto reside en su uso prudente y adecuado y que bien dosificado es la alegría de muchos platos. Con la pasta se lleva muy bien al igual que la salsa de tomate que es el otro gran enmascarador culinario. Asimismo, es un elemento imprescindible en los sofritos. Los vascos, que son maestros en bacalao, saben de su amor a primera vista con este pescado en salazón y condecoran al aceite de sus recetas con ajo y guindillas. El pollo al ajillo es un clásico de la cocina de esta ave de corral. Con todo, si hay una receta mítica con esta liliácea, esta no es otra que la sopa de ajo. A continuación les doy mi versión de este plato.

 

Deliciosa sopa de ajo

 

Lo ideal es hacer un caldo con gallina, zanahoria, puerro, ajo y cebolla. La alternativa fácil es un caldo de pollo industrial o simplemente agua. Vertemos aceite de oliva abundante en una cazuela de barro y ponemos al fuego para, a continuación, añadir de ocho a diez dientes de ajo desvestidos y aplastados. Justo antes de que pierdan la vergüenza, añadimos el pan y lo doramos un poco evitando que se nos queme. Premiamos el conjunto con una cucharadita de pimentón –aquí el tipo lo dejo a su gusto- y vertemos el caldo en la cantidad que estimemos oportuna según queramos que quede de espeso. No soy muy partidario de añadirle claras de huevo pero sí de depositar una yema por comensal en el fondo de la sopera o directamente en cada plato para que, al mezclarlo, le dé untuosidad. El pan clásico para esta sopa es el candeal endurecido pero no les reprocharé si usan su pan casero favorito. Por lo que no paso es por usar ajos importados de China. En España hay unos ajos de excelente calidad entre los que destacan los de Las Pedroñeras (Cuenca), Chinchón (Madrid), Falces (Navarra), Rus y Canena (Jaén) y Bardallur (Zaragoza) entre otros.

 

A pesar de las enormes virtudes que atesora tan humilde producto, si ustedes tienen una cita amorosa con una cena preliminar, les aconsejo evitarlo. El aliento que transmiten sus componentes azufrados puede perfectamente funcionar como freno de la lujuria y arruinarles completamente la noche. No se la jueguen y vayan a lo seguro. Ya saben, velitas y champagne. La novia del ajo, y que permite besar sin problemas, es la escalonia o chalota a la que en Cantabria llaman, con acierto, cebolla ajera y puede sustituir al ajo perfectamente.

De buenos y malos en la mesa

La cocina tiene que ser el paisaje dentro de una olla

(Josep Pla)

 

Un escuálido marinero observa cómo su novia Olivia es maltratada por un fornido individuo. De su bolsillo extrae un bote de semillas de chía y a continuación se lo zampa. Sus ridículos bíceps se convierten de inmediato en unos enormes yunques. Los que hemos visto muchos dibujos animados de Popeye ya sabemos lo que le va a ocurrir a Brutus: algo nada bueno. En el original el bote era de espinacas pero ahora el cuento ha mudado. La feliz infancia del Octopus, aparte de un canario psicópata y de un correcaminos cobarde, también conoció un super ratón que volaba porque estaba supervitaminado y mineralizado. Por cierto, cuando se creó Popeye en los años 30, en América había mucha anemia y estos dibujos fueron un reclamo para popularizar el consumo de espinacas en la creencia de que estas eran muy ricas en hierro. Craso error. Un famoso científico alemán colocó mal la coma de los decimales y multiplicó por diez su contenido en hierro. Ni siquiera hoy el descubrimiento de semejante fallo ha podido acabar con este mito.

 

Viene esto a cuento por la más o menos reciente aparición de la plaga de los “superalimentos”. El término es usado para describir un producto muy rico en algunos nutrientes y por tanto especialmente beneficiosos para la salud: fortalecen el sistema inmunológico, protegen del cáncer y las enfermedades cardiovasculares, de las infecciones, regulan el intestino, mejoran la líbido, adelgazan… ¡la pera limonera! Les voy a dar una mala noticia: no hay nada probado, no hay productos milagro, no hay atajos alimentarios. La Unión Europea prohibió el uso del término en paquetes de alimentos. Los superalimentos son un gran éxito del marketing y de las multinacionales alimentarias y vamos a pagar mucho dinero por unos productos cuyas propiedades las tienen alimentos baratos de toda la vida.

 

Semillas de chía

 

En los años 80 y 90 fue el ginseng y ahora son la quinoa, las bayas de goji, las semillas de chía, el ajo negro, el alga espirulina, el kale, el jengibre, la maca, etc. La mayoría tienen nombres exóticos y proceden de países con culturas milenarias que han hecho un uso ancestral de los mismos  con un gran éxito ya que son más listos, más guapos y viven y follan más que nosotros ¡Y un jamón! Pura mercadotecnia (de la nuestra, por cierto). Tomemos como ejemplo las semillas de chía. Proceden de una planta herbácea llamada Salvia Hispanica utilizada comúnmente en los recetarios internacionales. No cabe duda que suena más exótico chía que salvia. El cambio de nombre lo justifican porque son semillas y la salvia de los recetarios utiliza tallos y hojas. Estas semillas son ricas en Omega 3, fibra y proteínas. El pero está en que su ración, entre 10 y 20 gramos, no supera a una ración de salmón o de lentejas en estos nutrientes, respectivamente. La quinoa tampoco tiene más proteínas que los garbanzos. Además, si nos pasamos con un alimento concreto, el exceso de minerales y la mayoría de las vitaminas acabarán indefectiblemente en el inodoro. El organismo no es un trastero.

 

Es un error comparar alimentos individuales ya que no hay alimentos mágicos. Lo importante es que la dieta global sea variada y equilibrada: verduras, legumbres, frutas, cereales (mejor integrales), pescados y algo de carne. Es importante también sustituir las grasas animales por vegetales y en este sentido el aceite de oliva es una muy buena elección. Esto que acabo de describir es en esencia la dieta mediterránea. En este sentido hemos progresado mucho y ya somos el segundo país de Europa, tras los británicos, con mayor número de obesos y donde gallegos y asturianos lideramos este dudoso ranking. No nos engañemos, la dieta mediterránea ha pasado a mejor vida; ya no existe. El ininteligible progreso se la ha cargado definitivamente. Estamos cada vez más colonizados por la comida basura anglosajona: bollería industrial, refrescos azucarados, platos precocinados y prisa, mucha prisa.

 

La siempre recomendable dieta mediterránea

 

En todas las películas hay buenos y malos. Los denostados y proscritos actualmente son la leche, el azúcar, el aceite de palma y el gluten (harinas y panes). Llama poderosamente la atención la estigmatización de dos alimentos milenarios que nos han acompañado desde siempre: los cereales y la leche. Esta última con algún argumento tan peregrino como que ningún animal adulto la toma. Con este mismo argumento deberíamos abandonar de la dieta la fabada, la porrusalda o el marmitako, entre otros. Lo del pan también es de nota. Estos alimentos incluido el aceite -que se lleva la palma- pueden consumirse en su justa medida siempre que no haya alergias o intolerancias.

 

Denle uso a la zapatilla regularmente y hagan una dieta variada y equilibrada. Aumenten vegetales y frutas. Limiten las bebidas azucaradas y la bollería industrial y más mercado y menos supermercado. Beban con moderación y vuelvan a los superalimentos de toda la vida: verduras y hortalizas, lentejas, garbanzos, alubias, cacahuetes, nueces, frutos rojos, uvas, ajo, cebolla, tomate, pimientos, huevos… Hay muchos cerca y son muy baratos. La alternativa es un mundo lleno de lorzas, michelines y enfermedades. Sólo me queda darles una recomendación del genial Josep Pla: abandonen las prisas. No conducen a nada bueno. Amén.

 

Los gallegos y la patata

Qué carallo de broma es esta

(Un gallego al observar que su plato
de bertorella no lleva patatas)

 

Decía mi idolatrado Cunqueiro que lo primero que hace un gallego cuando encuentra un animal extraño es probar si es comestible. Esto puede explicar la devoción que sentimos por centollas, nécoras, lampreas y anguilas. El primero que se las llevó a la boca, o tenía mucha, mucha hambre, o le echó unos huevos del carallo. No estoy tan seguro de que nos suceda lo mismo con los productos de la tierra. Aquí somos mucho más remilgados; incluso, a veces, algo repugnantes. Sea como fuere, la patata triunfó en Galicia hasta límites insospechados. Si hay que elegir dos iconos gastronómicos gallegos, yo me quedaría con las patatas y el octopus, por este orden.

 

El gallego es individualista y acogedor pero en la comida es gregario, le gustan las comidas familiares y las de grupos multitudinarios: para tomar un cocido se va a Lalín a juntarse con otros 29.999 comensales. Esto es así porque disfruta tanto de comer como de ver cómo lo hacen los demás. El gallego no concibe una comida sin patatas. Si le sirves un plato, sobre todo de carne o pescado sin patatas, lo escrutará minuciosamente mientras su cara muda de la sorpresa al estupor. Notará un vacío existencial y es probable que comience a somatizar: sudor frío, visión borrosa, mareo y náuseas acompañado de un marasmo de melancolía o más exactamente, de saudade patateril. Lo que es seguro es que se levantará de la mesa con la sensación de no haber comido y de que la vida a veces es sumamente injusta: una puta mierda.

 

Patata, grelo y garbanzo, mejores amigos del lacón

 

Resulta curioso que en Galicia no haya platos con la patata como protagonista principal, como pueden ser en otros lares las patatas a la riojana, las papas arrugadas, las patatas revolconas o las patatas bravas. En la patria de Rosalía la patata es acompañante, pero yo lo diría a viceversa, que el que hace compañía a la patata es el otro ingrediente. Aquí se toma carne asada de guarnición con las patatas como en La Penela coruñesa, o cachelos con una sardina encima en los días estivales. Incluso un plato tan mítico como el pulpo á feira es prostituido en muchos sitios añadiéndole cachelos hechos en el agua donde coció el pulpo, que las impregna del sabor del molusco y las tiñe de reflejos morados. Esto ya es pasarse de fécula. No sucede así con las sardinas, donde el cachelo le habla amorosamente, delicioso plato ya glosado por Julio Camba y el orondo Picadillo.

 

Tortillas de Betanzos aparte, si hay algo único en Galicia con respecto al tubérculo que hoy nos ocupa serían los cachelos pero, ¿qué es un cachelo? Para muchos, nacidos lejos de la tierra de Rosalía, un cachelo es una patata gallega o una patata cocida. Esto merece una aclaración. En la costa, el cachelo es la patata cocida con monda sin más condimento que agua y sal, a lo sumo con alguna hojita de laurel. Suelen servirse cortados a la mitad acompañando a pescado. Sin embargo, para los gallegos del interior, un cachelo es un trozo (cacho, de ahí viene la palabra) de patata mondada que se cuece. Aquí ya no es necesaria la presencia de la piel. Este es el origen de los equívocos. Resumiendo: un cachelo es una patata cocida en pedazos que en la costa se hace sin retirar la piel.

 

Patata fina de Carballo

 

La patata dominante en Galicia es de la variedad Kennebec y las principales zonas productoras son Bergantiños (Coruña), Terra Chá (Lugo) y A Limia (Ourense). Cuando está en su momento es una magnífica patata, tanto para freír como para cocer. En España quizás con las alavesas, son las más famosas. En Europa hay también muy buena patata en Francia y en las Islas Británicas e Irlanda. En estos últimos países insulares tampoco conciben los platos sin patatas. En el mundo mundial, los expertos nos dicen que Perú es el auténtico paraíso de los comedores de patatas, tanto por variedad como por sabor, lo cual entra dentro de la lógica: no en vano este tubérculo tuvo su origen en esa zona andina.

 

La mayoría de los platos de la coquinaria gallega llevan patatas. Pensemos en el caldiño, el cocido, la tortilla, el lacón y las variopintas caldeiradas donde la discusión se centra en cuál es el mejor pescado para acompañar a las patatas. Aquí a los niños, si están inapetentes, se les recomienda comer las patatas y dejar el resto. Los bebés gallegos la primera palabra que pronuncian no es MA-MÁ o PA-PÁ, es PA-TA-TA. Y así debe ser, si no queremos dejar de ser lo que somos.