Los gallegos y la patata

Qué carallo de broma es esta

(Un gallego al observar que su plato
de bertorella no lleva patatas)

 

Decía mi idolatrado Cunqueiro que lo primero que hace un gallego cuando encuentra un animal extraño es probar si es comestible. Esto puede explicar la devoción que sentimos por centollas, nécoras, lampreas y anguilas. El primero que se las llevó a la boca, o tenía mucha, mucha hambre, o le echó unos huevos del carallo. No estoy tan seguro de que nos suceda lo mismo con los productos de la tierra. Aquí somos mucho más remilgados; incluso, a veces, algo repugnantes. Sea como fuere, la patata triunfó en Galicia hasta límites insospechados. Si hay que elegir dos iconos gastronómicos gallegos, yo me quedaría con las patatas y el octopus, por este orden.

 

El gallego es individualista y acogedor pero en la comida es gregario, le gustan las comidas familiares y las de grupos multitudinarios: para tomar un cocido se va a Lalín a juntarse con otros 29.999 comensales. Esto es así porque disfruta tanto de comer como de ver cómo lo hacen los demás. El gallego no concibe una comida sin patatas. Si le sirves un plato, sobre todo de carne o pescado sin patatas, lo escrutará minuciosamente mientras su cara muda de la sorpresa al estupor. Notará un vacío existencial y es probable que comience a somatizar: sudor frío, visión borrosa, mareo y náuseas acompañado de un marasmo de melancolía o más exactamente, de saudade patateril. Lo que es seguro es que se levantará de la mesa con la sensación de no haber comido y de que la vida a veces es sumamente injusta: una puta mierda.

 

Patata, grelo y garbanzo, mejores amigos del lacón

 

Resulta curioso que en Galicia no haya platos con la patata como protagonista principal, como pueden ser en otros lares las patatas a la riojana, las papas arrugadas, las patatas revolconas o las patatas bravas. En la patria de Rosalía la patata es acompañante, pero yo lo diría a viceversa, que el que hace compañía a la patata es el otro ingrediente. Aquí se toma carne asada de guarnición con las patatas como en La Penela coruñesa, o cachelos con una sardina encima en los días estivales. Incluso un plato tan mítico como el pulpo á feira es prostituido en muchos sitios añadiéndole cachelos hechos en el agua donde coció el pulpo, que las impregna del sabor del molusco y las tiñe de reflejos morados. Esto ya es pasarse de fécula. No sucede así con las sardinas, donde el cachelo le habla amorosamente, delicioso plato ya glosado por Julio Camba y el orondo Picadillo.

 

Tortillas de Betanzos aparte, si hay algo único en Galicia con respecto al tubérculo que hoy nos ocupa serían los cachelos pero, ¿qué es un cachelo? Para muchos, nacidos lejos de la tierra de Rosalía, un cachelo es una patata gallega o una patata cocida. Esto merece una aclaración. En la costa, el cachelo es la patata cocida con monda sin más condimento que agua y sal, a lo sumo con alguna hojita de laurel. Suelen servirse cortados a la mitad acompañando a pescado. Sin embargo, para los gallegos del interior, un cachelo es un trozo (cacho, de ahí viene la palabra) de patata mondada que se cuece. Aquí ya no es necesaria la presencia de la piel. Este es el origen de los equívocos. Resumiendo: un cachelo es una patata cocida en pedazos que en la costa se hace sin retirar la piel.

 

Patata fina de Carballo

 

La patata dominante en Galicia es de la variedad Kennebec y las principales zonas productoras son Bergantiños (Coruña), Terra Chá (Lugo) y A Limia (Ourense). Cuando está en su momento es una magnífica patata, tanto para freír como para cocer. En España quizás con las alavesas, son las más famosas. En Europa hay también muy buena patata en Francia y en las Islas Británicas e Irlanda. En estos últimos países insulares tampoco conciben los platos sin patatas. En el mundo mundial, los expertos nos dicen que Perú es el auténtico paraíso de los comedores de patatas, tanto por variedad como por sabor, lo cual entra dentro de la lógica: no en vano este tubérculo tuvo su origen en esa zona andina.

 

La mayoría de los platos de la coquinaria gallega llevan patatas. Pensemos en el caldiño, el cocido, la tortilla, el lacón y las variopintas caldeiradas donde la discusión se centra en cuál es el mejor pescado para acompañar a las patatas. Aquí a los niños, si están inapetentes, se les recomienda comer las patatas y dejar el resto. Los bebés gallegos la primera palabra que pronuncian no es MA-MÁ o PA-PÁ, es PA-TA-TA. Y así debe ser, si no queremos dejar de ser lo que somos.

Delicia subterránea

Rezar por la paz, la gracia y el alimento espiritual,
por la sabiduría y la orientación, pues todo
esto es bueno, pero no olvidéis las patatas

(J.T. Pettee, Prayer and Potatoes)

 

 

La escritora norteamericana M.F.K. Fisher en su delicioso libro “El arte de comer” hace dos preguntas irritantes acerca de la patata: qué es y por qué existe. Señala que la respuesta a la primera pregunta es obvia: una patata es un alimento delicioso, nutritivo, etc. La segunda pregunta la considera demasiado impertinente para contestarla, aunque más de un ama de casa harta querrá gritárselo al cielo si en su familia se da por sentada la aparición diaria de este tubérculo, cosa nada extraña por cierto.

 

Hay bastante consenso en que la patata la trajimos los españoles de América (de Perú o Colombia)  donde los Incas la cultivaban desde muchos siglos atrás. Las llamaban papas pero una confusión con la batata y su parecido al nombre del ilustre morador vaticano, hizo que aquí se le cambiara el nombre. En contra de lo que pudiera parecer la patata no triunfó de inmediato en Europa. La gente, acostumbrada a alimentarse de cereales, no se fiaba. Era un bulto sospechoso que le brotaba a la planta debajo de la tierra; se la vinculó con el demonio y se la llegó a considerar venenosa y causante de la lepra y las escrófulas. Jesús.

 

Distintos tipos de papas peruanas

 

El rechazo inicial hizo de la patata alimento de animales y de indigentes pero esto iba a cambiar gracias a unos poderosos aliados: las guerras y las hambrunas que asolaron Europa durante los siglos XVII y XVIII. La gente se resignó a comerlas. La Revolución Industrial en Inglaterra no hubiera sido posible sin la abundancia de patatas y su facilidad para el cultivo, que permitió liberar muchos brazos de la agricultura para seguir alimentando poblaciones urbanas: para Engels, la patata fue tan importante como el hierro o la máquina de vapor. La plaga de la patata mató a un millón de irlandeses e hizo que otro millón emigraran a América a mediados del siglo XIX. En Francia la patata triunfó gracias a Parmentier, ilustre farmacéutico y botánico, que consiguió unos terrenos para experimentar y cultivarlas. Comenzó a tener éxito cuando Luis XVI comenzó a pasearse con una flor de patata en la solapa aunque las malas lenguas dicen que en realidad se limitó a prenderla en el corpiño de María Antonieta. Sea como fuere, gracias a Parmentier los ejércitos napoleónicos llevaban patatas a punta pala y aún hoy en día varios platos de este tubérculo llevan su apellido, sobre todo ciertas preparaciones gratinadas.

 

Hay que señalar que la patata es rica cuando está bien cocinada, no obstante, la patata es un comestible pobre cuando se la trata mal en los fogones, cosa harto frecuente. Este tubérculo alcanza su cénit gastronómico como complemento en los platos,  trabajando en equipo es inigualable: bien fritas otorgan mejor sabor al filete; en puré permiten salvar la discordancia entre un ragú y una ensalada; asadas elevan nuestra carne de ternera a categoría de fenómeno celestial. Con el huevo hace un tandem capaz de producir esa maravilla que responde al nombre de tortilla de patatas; cocida debajo de una sardina nos hará levitar en los cálidos días de la canícula.

 

Patatas asadas con romero y ajo

 

Las patatas fritas son un icono que gusta a todo el mundo. En las calles de París ya las hacían, en cantidades ingentes, los vendedores callejeros a principios del siglo XIX. Las patatas fritas a la francesa son patatas cortadas en barritas alargadas con sección cuadrada. Lamentablemente es un producto con frecuencia maltratado. Una simple fritura rápida no da muy buenos resultados, la corteza se ablandará rápidamente con la humedad del interior. Lo mejor es prefreir de antemano todas las patatas a baja temperatura, dejarlas aparte a temperatura ambiente y después hacer la fritura breve a alta temperatura en el último momento. Los ingleses las cortan en rodajas muy finas, son todo corteza. Son crujientes pero, al ser casi todo superficie, absorben más grasa. Estas patatas chips se pueden hacer de dos maneras, a temperatura alta y constante o comenzando a baja temperatura e ir subiendo gradualmente. La textura resultante será diferente, más crujiente en el segundo caso. Las primeras son las típicas de bolsa.

 

Un híbrido de patatas fritas a la inglesa y a francesa serían las patatas suflés, en el que las rodajas de patatas, más anchas que a la inglesa, se hinchan formando delicados globos dorados. También se hacen a dos temperaturas, moderada y a toda pastilla al final.

 

Hay otras muchas formas de preparar las patatas pero he querido comenzar por la freidora porque quizás sea la forma más popular de degustar este producto que, nacido para aliviar el hambre de los pueblos, hoy reclama un puesto en la alta gastronomía. De la relación de los gallegos con la patata hablaré próximamente. Merece la pena.

Pasión sevillana

Sevilla, hermosísima ciudad; quien no ha visto Sevilla
no ha visto maravilla; y yo soy de la misma opinión”

( Lord Byron, guiri famoso )

 

Como todos los años por Semana Santa me he desplazado a Sevilla para disfrutar de sus alucinantes días en que se representa la pasión y muerte de Cristo. El Octopus cuando viaja, sea a donde sea, nunca se olvida de la gastronomía. Este viaje siempre lo hago por carretera ya que voy y vengo cargado de equipaje en donde no faltan las viandas. Realicé una parada en Villafranca de los Barros para adentrarme en un polígono industrial, al lado de la Autovía de la Plata, donde hay una fábrica de quesos –Quesería Tierra de Barros-, allí hice acopio de varios magníficos quesos. A la ida, antes de salir, visité la Plaza de Lugo para comprar unas cigalas y un magnífico San Martiño de dos kilos para cenar con mis cuñados, al horno les encantó. Además llevé, como todos los años, 3 kilos de unos lomos de bacalao impresionantes. Lomos gruesos y blancos. Allí, esta calidad de bacalao no se encuentra, y aunque el precio es alto a 25 euros/kg., creo que merece la pena. Con un desalado de casi 60 horas los degustamos en familia el Viernes Santo a mediodía. Como queríamos disfrutar de los últimos momentos de la “madrugá” sevillana los hicimos a última hora de una forma muy sencilla pero riquísima: confitándolos.

 

El bacalao confitado se hace con abundante aceite de oliva. Le añadí 6 dientes de ajo y 2 guindillas. Se le da fuego manso y cuando empiezan a dorarse los ajos, sin llegar a borbotear el aceite, se le baja aún más el fuego y se sumergen los lomos de bacalao. Se trata de hacerlos a unos 65 grados durante 8 minutos. A esta temperatura se puede meter un dedo en el aceite sin llegar a quemarse. El resultado son unos magníficos lomos donde las lascas nacaradas salen enteras y perfectas de sabor y textura. Este bacalao lo podemos acompañar de lo que nos apetezca más. Van muy bien con pisto. Yo los hice con patatas panaderas para no liarme mucho. Llevé también una caja de ribeiro Manuel Rojo que sirvió de perfecto acompañamiento al plato y que recibió encendidos elogios de los comensales. De primero había varias cosas. A destacar una tortillita de camarones que hizo una cuñada y dos tortillas de espárragos trigueros y de tagarninas . Jugosas, a cada cual mejor. La tagarnina (Scolymus hispanicus), también conocida como cardillo o cardo de olla, es una planta silvestre y comestible que se recoge en primavera y sus hojas son muy apreciadas para guisos y tortillas. En los países de nuestro entorno se le conoce como cardo de España y en Andalucía son relativamente abundantes. Los espárragos trigueros son una de mis debilidades. Son una auténtica bomba de sabor y ahora empiezan a estar en su momento pleno.

 

Tortillita de camarones, delicioso manjar

 

A destacar también una comida en un magnífico cortijo a las afueras de Écija a la que fui invitado por el dueño, criador de caballos españoles, y que el verano pasado estuvo unos días en mi casa coruñesa. Revuelto de higadillos de pollo, morcilla ecijana de hígado que me gustó mucho y conseguí hacerme con unas cuantas y, como plato principal, un chivito lechal que le compra directamente mi cuñado a un criador de la zona. Da apenas 4 kilos de carne sabrosísima. Mi cuñado lo guisó en plan campero en un perol cogiendo las plantas aromáticas al momento, de la propia finca: tomillo, romero…. Yo bauticé el plato a “las bastas hierbas”. De postre sopaipilla (es una masa que se fríe en aceite, típica de la cocina Astigitana, parecida a nuestras orejas), pestiños, bizcochos de las monjas y torrijas en sus dos versiones: con miel como las hacen en Sevilla y la receta clásica, como las hago yo, con azúcar y canela. Aunque había buen vino tinto de Rioja yo preferí el fino en rama servido frio y que entraba muy bien ya que aquí ese vino me es difícil de conseguir.

 

El Martes Santo, después de salir con El Cristo de la Buena Muerte, mi cuñado encontró en el supermercado galeras y preparó una sopa. La sopa de galeras es un plato típico sanluqueño. Las galeras son un crustáceo que se da en Andalucía y Levante del tipo de las cigalas, con forma de mantis religiosa (Squilla mantis). Llamado injustamente el marisco de los pobres, posee una carne fina y gustosa, eso sí, es un coñazo de pelar después de la cocción. Hay que pelarlas y desmenuzar su carne bien. Se hace un sofrito con ajo y cebolla –hay quien le agrega tomate y pimiento verde-, se le añade el agua de cocer y pan gramado cortado muy fino y la mitad de la carne del marisco. Se hace hasta que el pan se deshaga y se espese. Se sirve y se adorna por encima con el resto de carne de la galera. Exquisita.

 

Sopa de galeras, excelente para reponer fuerzas tras la procesión

 

En un matadero que tiene un convenio con una cooperativa de Jabugo me hice con diversos embutidos ibéricos. Compré también tortas de manteca, de polvorón, roscos de La Luisiana. Me regalaron unas botellas de vinos generosos. Ya en la Autovía de La Plata, parada en Monesterio, pueblo de la Sierra de Huelva famoso por los productos del cerdo ibérico donde la octopusita compró “aceitunas aliñás” y espárragos trigueros. Vuelta a casa más feliz que una perdiz.

Fórum Gastronómico 2017 y la cocina gallega

Yo me piro de aquí a fume de carozo

(El Octopus en el concurso de pulpeiras del Fórum”)

 

Ha finalizado con un notable éxito la tercera edición de un encuentro gastronómico qué tiene a A Coruña como sede y como protagonista. En tres días han desfilado por el recinto de Expocoruña un centenar de ponentes, más de 200 expositores desde grandes empresas a pequeños artesanos de la región y otros venidos de fuera. El público ha respondido con interés y se han registrado 23.000 visitantes.

 

Esta edición, con buen criterio, ha querido destacar la cocina gallega y más concretamente, ha querido resaltar la nueva cocina gallega. El auge de la cocina en Galicia es imparable y pienso que se está produciendo porque ya no se basa sólo en un producto de calidad superlativa, ya no es sólo tradición. Hay una nueva cocina y junto con los cocineros ya consolidados están llevando a Galicia a su Ítaca culinaria. Esto todavía pone más en valor el excelente producto del país de Rosalía, es valor añadido. Cocina de temporada, modernidad sin excesos, buena técnica en los fogones, inquietud creativa y fusión con culinarias lejanas que gustan del mismo producto. Este es el camino para arribar a buen puerto sin olvidar nunca que el camino al fracaso, a veces está empedrado de buenas intenciones.

 

Varios puestos de productos ecológicos

 

No es mi intención hacer una crónica periodística del evento. Otros mucho más capaces que yo seguro que la han hecho ya. Solo soy un humilde ochopatas al que le gusta disfrutar de la vida. Para cuatro días que vamos a beber… al Octupus le gusta nomadear y en el Fórum lo ha hecho a conciencia y ha encontrado mucha gente apasionada que le ha relatado con emoción lo que hacen, el producto que elaboran, las viñas que cuidan y conocen tan bien, el producto final que nos acercará un poco a la felicidad: esa cerveza, esos caracoles, los verdes grelos, esas botellas de vino que guardan ilusión y amor como una mágica lámpara de Aladino, esos huevos escalfados dentro de su cáscara, esas rojizas carnes, esos panes y esos peces. He visto, he olido y he saboreado ilusión, pasión y, sobre todo, mucho amor. Un amor telúrico por lo que nos regala la tierra y los mares, por el trabajo bien hecho. Un amor sinestésico, que se huele, se ve, se palpa, se oye y se saborea. La hostia, vamos.

 

Lo primero que llamaba la atención, nada más pasar el control de la entrada en Expocoruña, era la presencia de un tremendo food truck tipo el de la orquesta Panorama. Es el proyecto Viaxeiro del grupo Fogar do Santiso. Un enorme tráiler con una cocina completa, incluidos dos hornos Josper. Al abrir los laterales quedan dos amplias barras. Todo lo que sirven es de producción propia y ecológica. Pretende ser gastronomía responsable, de cercanía y comprometida con el medio ambiente. Un concepto interesante y, al ponerle ruedas, también itinerante. Había un gran espacio solamente dedicado a estas cocinas callejeras y viajeras, un estilo fresco y actual.

 

Food truck Laconlover, 100% Galician street food

 

El protagonismo principal lo tuvo la cocina gallega. Pasaron por el fórum la mayoría de los cocineros gallegos más destacados del momento: Iván Domínguez (Alborada), Pepe Solla (Casa Solla), Fernando Agrasar (As Garzas), Javier Olleros (Culler de Pau), Iago Pazos y Marcos Cerqueiro (Abastos 2.0), Alberto Lareo (Manso), Héctor López (España), Diego López (La Molinera) y otros muchos. El producto gallego fue la estrella: a los pescados se les dedicó varios talleres, también a las carnes, al pan que tanto amamos y cuidamos en Galicia. Por supuesto que los quesos y vinos tuvieron gran protagonismo. Siempre es muy divertido el Concurso de pulpeiras que en esta ocasión lo ganó Vanesa Ferreiro de Casa Pedreiro (Lugo). También asistí a concursos de cortadores de jamón y de tiraje de cerveza.

 

Próximamente les hablaré de las actividades estrella de este magno evento en donde el Octopus participó en dos interesantes catas de vino y una de cervezas, y observó en vivo y en directo el trabajo de las jóvenes promesas de la cocina gallega y como traca final pudo ver, al fin, la luz; la luminiscencia marina traída del mar de Cádiz por el chef del mar y jefe de la tripulación de Aponiente.

Un pazo y el cocidoday

Alegría alegrote, o rabo de porco no pote”

(Refraneiro popular galego)

 

 

Este año, con motivo de la celebración del día internacional del cocido -el cocidoday en la jerga actual-, el Octopus Larpeiro ha sido amablemente invitado por los dueños del grupo A Mundiña a degustar esa sinfonía de sabores en el Pazo do Río, junto con otros blogueros y sin embargo, amigos.

 

El Pazo do Río se encuentra a 10 minutos del centro de A Coruña y muy cerca del aeropuerto, en una ladera de Montrove, donde un lejano día de niebla del mes de junio cayó un avión de los cielos (en la tierra de Rosalía, por llover, llueve de todo). Es un hotel con encanto y con una cocina notable. El Octopus había comido varias veces, y siempre bien, en la casa matriz de A Mundiña, en el ombligo herculino; siempre pescados o mariscos de los que son grandes especialistas, por eso tenía curiosidad por degustar un menú en el que la carne es protagonista, y además en el pazo que regentan desde hace unos años.

 

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El Pazo do Río con su nueva terraza acristalada

 

A mediodía dejé mi vehículo en el cómodo parking del pazo. El día era un tanto desapacible, como queriendo hacer honor a este plato, que exige frío. Un paseo por los preciosos jardines que rodean al edificio del siglo XVI, íntegramente rehabilitado, y que aproveché para observar la bonita terraza acristalada donde iba a tener lugar el ágape. Pronto nos recibió Rafael Varela, el anfitrión, un reputado profesional de la hostelería.  Llevó al grupo al interior del edificio, a la preciosa lareira, donde nos sirvió un aperitivo de mejillones con un escabeche suave muy agradable acompañado de un godello  sobre lías de Fernando González, vino elegante, glicérico, equilibrado. Magnífico comienzo.

 

Ya sentado el grupo en la terraza, comenzamos entonando el estómago con un sabroso caldo gallego ¡Ay, el caldiño!, hubo que repetir. Continuamos este viaje por el edén del paladar: por la banda de Laíño una fuente con patata cocida, garbanzos y ese desengrasante galaico, antídoto de colesteroles y demás grasas, que son los grelos ¿Para cuando un monumento a los grelos?, y por la banda de Lestrove, otra fuente con su lacón, orella, costilla y chorizo. El desafío total, la epifanía de sabores y olores, en fin, Las Meninas sobre la mesa. Al alcance de la mano había unas filloas de caldo por si querías poner un momentáneo contrapunto en esta guerra de los mundos y aldeas de Galicia.

 

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Las Meninas en un plato, abrumador

 

Finalizada la parte salada y por orden de desaparición, nos sirvieron un plato con filloas y cañitas y otro con torrijas. Unas torrijas extraterrestres, sobrenaturales, dignas de ser analizadas por Iker Jiménez en su cuarto milenio. De repetir y repetir. Mención especial también a los vinos, elección de Choiva viños. Un Altares, albariño sobre lías da terra de Barbanza que hace José Crusat, al que conocí posteriormente, y me pareció un entusiasta de lo que hace. En el capítulo tinto, un buen Mencía de Vía Romana. Para los postres un Coca i Fitó, vino dulce del Monsant elaborado con vides viejas de garnacha y cariñena, vino seductor y otra buena elección enológica. Buen café con “ghotas” de Gargalo.

 

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Las torrijas extraterrestres de cuarto milenio

 

Cuando parecía que la cosa estaba finalizada, nuestro anfitrión nos deparó una traca final con una queimada en torno a la lareira. El Octopus ofició un “conxuro” informal y, algo irreverente, entre las risas de los asistentes. Llegados a este punto creí que era lo que mejor procedía.

 

En resumen, una comida de curas o mejor, de cregos, como sin duda diría mi idolatrado Cunqueiro, en un marco incomparable y servida por auténticos profesionales. Sería injusto no mencionar aquí a Silvia Facal, la jefa de cocina, por su buen hacer y simpatía. Entre todo el staff del Pazo do Río y mis compañeros blogueros, hicieron de este cocidoday una fiesta inolvidable; como tiene que ser, como así lo demanda este plato que refleja mejor que ningún otro lo que somos y de dónde venimos. Regreso a casa más feliz que una perdiz y dispuesto a hacer la digestión de la boa.

Pata Negra

 

Hay otras joyas, pero esta es la joya por excelencia”

(Pedro Subijana, refiriéndose al jamón de pata negra)

 

Hace mucho tiempo que he resuelto la típica pregunta de ¿qué te llevarías a una isla desierta?, sin dudarlo ni un instante la respuesta es un jamón ibérico de pata negra, aunque la elección me obligase a cargar también con un soporte jamonero, los cuchillos ad hoc y la correspondiente chaira para mantenerlos afilados. En el mundo gastronómico podemos encontrar muchos tesoros, productos delicatessen, lujos comestibles, pero bajo mi punto de vista nada iguala a un buen jamón pata negra. Es aroma, sabor y textura en su máxima expresión. Es adictivo total, la pera limonera. No deja de ser curioso que mi producto fetiche –y el de mucha otra gente-, no necesite del fuego ni de nada más (excepto un buen vino para hacerle compañía) para deleitarnos con él. Esto tiene en común con los quesos, otro mundo fantástico.

 

Para conseguir este milagro necesitamos una conjunción de factores a los que me voy a referir a continuación. En primer lugar precisamos un cochino de pura raza ibérica, o lo más aproximado. La genética es indispensable, por muy bien que alimentemos un cerdo de raza Duroc –o cualquier otra-, jamás conseguiremos la calidad suprema del ibérico. Sólo la pureza de raza garantiza el mejor jamón.

 

En segundo lugar necesitamos un cerdito feliz y bien alimentado. Ellos disponen de su propio edén. El paraíso porcino es la dehesa ibérica, bosque de alcornoques y encinas, milagro ecológico destinado tradicionalmente al ganado, las actividades cinegéticas y el aprovechamiento de recursos forestales. Cada año este ecosistema, llegado el mes de octubre, vive una inusitada actividad. Comienza la montanera que durará casi hasta marzo. En ella, si el tiempo acompaña, los árboles se poblarán de bellotas y los guarros dedicarán su existencia a comer y dormir. Cada ejemplar, en estos tres meses de montanera, come unos 700 Kg. de bellotas y engorda más de 50 Kg. Estos necesarios mimos se consiguen en estos bosques, que ocupan más de tres millones de hectáreas en Extremadura, Andalucía y Salamanca principalmente. Jabugo, Guijuelo, Montánchez, Pedroches etc… son epicentros del ibérico conocidos por todos.

 

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La dehesa extremeña, paraíso del cerdo ibérico

 

La prolongada curación y demás procesos industriales necesarios, pondrá a nuestra disposición este excelso producto. A la hora de adquirir un jamón o una paleta, no debemos olvidar que el auténtico patanegra, 100 % ibérico y de montanera, lleva una etiqueta o precinto de color negro. Si no es 100 % ibérico la etiqueta será roja. El verde es para los de cebo de campo y el blanco para los de cebo.

 

Una vez que tenemos nuestro tesoro en casa lo mejor es cortarlo antes de su consumo pero para eso hay que tener un mínimo de habilidad, si no es así, es mejor llevarlo a que nos lo corten y envasen al vacío. El Octopus adquirió ésta cualidad observando como lo hacían en los bares sevillanos, donde nunca falta. Hoy es mucho más fácil porque hay infinidad de tutoriales en la red que te explican con videos como hacerlo. A mí es una tarea que me relaja, es un ansiolítico, y no os digo nada con una copa de vino y escamoteando, de vez en cuando, alguna lonchita. Puro goce.

 

El jamón se debe consumir a una temperatura aproximada de 24º. La loncha debe ser fina, muy fina, que se pueda meter de golpe en la boca. Al cogerla entre dos dedos, esa maravillosa grasa debería fundirse con el calor corporal y dejar un pequeño agujero. La pieza de jamón se debe tapar con su propia grasa, con su propio tocino y tener en cuenta que a los cinco días se oxida y hay que cambiarlo. Mejor todavía es cubrirlo con papel film pegadito para aislarlo del aire.

 

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Una imagen vale más que mil palabras

 

El buen jamón se puede tomar perfectamente con cerveza, el amargor le va bien a la intensidad de la grasa. En el siempre discutible tema de su combinación con vino, hay opiniones para todos los gustos. Desde siempre se ha acompañado con grandes tintos de reserva, es un duelo de personalidades. Hoy hay una corriente muy extendida que preconiza su combinación con cava y champagne, siempre secos, con el dulce no se habla. A mí como más me gusta es con finos y, sobre todo, con manzanilla de Sanlúcar. El vino blanco, generoso o burbujeante, limpia el paladar a cada trago y permite volver a saborear el jamón de una forma más intensa. Para mí es la armonía perfecta. El orgasmo ibérico.

 

Al pata negra sólo se le añade pan, se come con la mano, se huele cada loncha para vivir su aroma, se introduce en la boca para que nos transmita la jugosidad que le da esa bendita grasa entreverada, el sabor es largo, largo, casi eterno, y el recuerdo es aún más persistente. Perdona, ¡Oh Señor!, a todos esos que murmuran que el cochino es malo para la salud, porque no saben lo que dicen. Y ya de paso, si hay otra vida, no me hagas vegano, Señor. Amén