Gloria bendita

“Danos hoy nuestro pan de cada día”
(Jesús de Nazaret)

 

En la actualidad el tema de la alimentación ad tempora Cuaresmae ha dejado de ser un problema por varios motivos: se puede comer muy bien sin carne, el precepto se ha relajado y cada vez menos gente se preocupa de cumplir la norma. Esto ya se veía venir cuando el orondo Picadillo escribió un libro, de título “Vigilia Reservada”, para ayudar a sus paisanos a comer en Cuaresma. Entre las recetas sugeridas por Picadillo podemos citar la tortilla de merluza, el rodaballo en blanco, la empanada de sardinas, el bacalao a la vizcaína, los calamares en su tinta o la ensalada de bonito. Gran sacrificio que acaba rematando, el que fue el alcalde de más peso de la ciudad herculina, cuando en su divertido epílogo escribe: «¿Que os parecen baratas las minutas? Ponedles unas ostritas de entrante, que nunca le estarán mal«. Genio y figura.

 

El asunto es que en un tiempo no tan lejano estas imposiciones religiosas eran un verdadero suplicio para los obligados a cumplirlas y no solo por lo que no se podía comer, sino por lo que lo sustituía. Camba, además de llamar al bacalao momia pisciforme por su baja calidad, decía que el pescado de los viernes estaba bien siempre y cuando fuera de los viernes ya que lo habitual, en el interior de Castilla, es que fuera de los lunes o martes…de la semana anterior.

 

Los clásicos pestiños andaluces

 

Como los humanos hacemos de la necesidad virtud, surgió en la católica España una variada cocina dulce para calmar los estómagos. La penitencia se combatía con un amplio abanico de ofertas golosas. Hoy han perdido su sentido religioso, pero la mayoría se mantienen en nuestras cocinas y pastelerías para regocijo de nuestros michelines: las monas de Pascua de todo el Levante y que regala el padrino a su ahijado el Domingo de Pascua, el panquemado, las diferentes variedades de buñuelos, los pestiños andaluces, los rubiols y crespells mallorquines, las flores fritas, los borrachuelos malagueños, los huesillos extremeños, los roscos o rosquetes de Cádiz, los bollos de Arcos de la Frontera. Imposible citarlos a todos, pero, si hay un dulce por excelencia de estos tiempos religiosos, este no es otro que las humildes torrijas. Plato de aprovechamiento, fue una auténtica tabla de salvación para los campesinos en los albores de la primavera. Aunque en la actualidad hay una amplia variedad de ellas, no me resisto a dejarles aquí la receta que nos trae mi idolatrado Abraham García, tanto por su valor gastronómico como por su interés literario:

 

“Para que alimenten su espíritu les dejo esta receta de torrijas (no sólo de pan vive el hombre)

 

Ingredientes: Pistola de pan (ni de chino ni de gasolinera), un litro de leche entera, trescientos gramos de azúcar, piel de limón y mandarina, una vaina de vainilla (actualmente, y por razones que ignoro, la hija de la orquídea cuesta un huevo. ¡Menuda vaina!), palitroque de canela, huevo batido y aceite de oliva.

 
 

Torrijas tradicionales de la Semana Santa

Deje hervir la leche en compañía del azúcar, la canela, las aromáticas pieles y la vaina de vainilla: ésta abierta al medio para que libere sus perfumadas, minúsculas pequitas. Mientras tanto, y con un cuchillo de sierra, corte de manera sesgada rebanadas de pan de aproximadamente un centímetro de grosor, y olvídese de los panes de brioche, sobaos y otras mariconadas. Para las plebeyas torrijas basta con nuestro pan de cada día. En hondo plato escalde las rebanadas con la humeante leche: aún tibias, sumérjalas en el huevo intensamente batido para freírlas en aceite fuerte. Operación que conviene hacer de tres en tres como máximo, ya que no hay nada como las torrijas para flagelar el aceite, que a la tercera tanda suele sucumbir bajo un palio de espuma, y no hay Cireneo que lo levante. Nada he de objetar si, bien escurridas, las deja enfriar semicubiertas por la leche restante. Y un acierto que las resucita, consiste en acompañarlas de un agitanado (por el color, digo) helado de canela”.
 

Con una copita de vino dulce de Tostado de Ribeiro (antiguo elixir de pazos y conventos) resucitarán antes del tercer día y comenzarán a levitar sin la ayuda de costaleros.

La cocina de doña cuaresma

“Rezad por la paz, la gracia y el alimento espiritual,
pues todo eso es bueno, pero no olvidéis las patatas”

(J.T. Pettee, Prayer and potatoes)

 

De todos es conocida la afición de los romanos del Imperio por la fiesta y los banquetes. Estos eran, no pocas veces, una auténtica desmesura y de una sofisticación digna de dioses paganos. Lúculo fue el primer y más grande anfitrión de la historia y Apicio no se quedaba atrás. Calígula celebró el festín más caro de la historia y hasta el funesto Nerón tuvo veleidades gastronómicas. Heliogábalo es considerado, aún hoy, el colmo del exceso y el dislate. Los romanos pretendían alcanzar la felicidad a través del goce de los sentidos.

 

Con la caída de la civilización romana el hedonismo y el paganismo fueron sustituidos por la culpa, el remordimiento y el infierno. Se acabó la fiesta. Llegó la Iglesia con sus ayunos y abstinencias y mandó parar. Aquello fue tal cataclismo que arrastró a la cultura en general y a la gastronomía en particular a las oscuras tinieblas. La comida volvió a ser una necesidad, como dormir o defecar, sin valor añadido. Se acabaron los paladares inquietos y las narices sensibles.

 

Potaje de vigilia

 

La Iglesia, con férrea disciplina, implantó la Cuaresma ya desde los primeros siglos de nuestra era: vigilia y abstinencia que no se limitaban solo al periodo que iba desde el Miércoles de Ceniza hasta la Semana de Pasión. En ningún viernes del año se podía tomar carne y había muchas fechas religiosas señaladas hasta llegar al punto de que la prohibición se extendió a casi la mitad de los días del año. La Nochebuena es un claro ejemplo y hasta 1915 la Iglesia prohibió la carne hasta la medianoche de tan señalado día. El bacalao con coliflor para celebrar esa noche es santo y seña de muchos pueblos y ciudades gallegas como lo son los caracoles en Aragón -en el medioevo se concluyó que, como no tenían costillas, patas ni espinazo, no era ni carne ni pescado-. Nihil obstat.

 

El bueno del Arcipreste de Hita, en pleno siglo XIV, en su graciosa batalla que tuvo don Carnal con doña Cuaresma -donde pescados y animales “de tierra” se enfrentan en duro combate- considera productos de abstinencia, de acreditada ortodoxia, a espinacas, garbanzos, guisantes secos, habas, lentejas y pan. Los buñuelos simples se mencionan aparte.

 

Delicioso bacalao en Bulló Xantar

 

Así las cosas, todo parecía perdido para la causa gastronómica al comienzo de la época medieval, pero una tenue luz, oculta tras los muros de conventos y abadías, comenzó a iluminar las tinieblas. En estos recintos, verdaderos microcosmos guardianes de la sabiduría, algunos buenos -y nunca tan sabios- monjes, recordaron la importancia espiritual del bienestar físico e hicieron de la necesidad, virtud. Crearon platos en donde un huevo -símbolo de renacimiento, de resurrección- no parecía un huevo. Crearon sofisticadas salsas y elaboraron dulces increíbles y, lo que es mejor, con la bendición de Dios.

 

Como las hierbas, verduras y legumbres no parecían suficientes para llenar bandullos, hubo que recurrir a los frutos del mar. En las zonas costeras el asunto era fácil, pero el transporte y conservación en las zonas interiores presentaba muchos problemas. Surgió el pescado cecial que era el resultado de curarlo al aire hasta secarlo. En la lista de pescados secos y salados hay de todo: merluza, abadejo, congrio, atún, ballena, pulpo, arenque, sardina, cazón, rodaballo,…Con el descubrimiento, a finales del siglo XV, de los caladeros de Terranova por los pescadores vascos y portugueses llegó a los países católicos de la península ibérica el bacalao que iba a convertirse en el indiscutible rey de la cuaresma. Surgieron multitud de recetas de este pescado, casi todas abstinentes, aunque la reina es el potaje de vigilia. Así lo señala Cunqueiro: “Alrededor del bacalao ha cuajado un espléndido y católico recetario, del que los pueblos hiperbóreos, noruegos o escoceses, no tienen ni idea”. El escritor mindoniense remata: “En los días cuaresmales es el bacalao el pez obligado en las mesas que guardan la abstinencia de la carne”. La cruz del asunto la señala Julio Camba, como agudo tocapelotas que era: “a fin de que los españoles podamos comer bacalao el viernes, manteniendo así integras las prácticas de nuestra religión, los pobres noruegos tienen que quebrantar los de la suya, cogiendo cada sábado unas borracheras terribles”. No olviden jamás el vino y ¡aleluya!, ¡aleluya!

 

 

Delicia punki

“Las innumerables hojas del alcaucil marcan
la hora presente y además todas las horas”

(Julio Cortázar)

 

Cynara era una morenaza guapísima de cabellos plateados y ojos verdes que habitaba en la isla griega de Kinaros adonde acudió Zeus a visitar a su hermano Poseidón. El padre de todos los dioses, que era un mujeriego redomado, no tardó mucho en seducir a la bella muchacha y en llevársela a su morada en el monte Olimpo con la promesa de convertirla en diosa. Al cabo de un tiempo Cynara comenzó a tener nostalgia de su madre aunque yo creo que también influyó la morriña de las paradisíacas playas con ese mar de color turquesa contrastando con las casitas blancas y las rojizas puestas de sol de su isla natal. Sea como fuere, la bella muchacha dejó tirado al dios en su monte. Zeus, que era de natural vengativo,  transformó a Cynara en un vegetal amargo, escamoso y espinoso, aunque de tierno corazón. Zeus transformó a Cynara en ¡una alcachofa! De ahí viene el nombre de Cynara Scolymus para designar a esta hortaliza.

 

Con esta transmutación es posible que la muchacha saliera perdiendo pero nosotros ganamos esta belleza punki que hace las delicias de los que amamos la cocina vegetal por diferente, sana, nutritiva y sabrosa. Al Octopus de la alcachofa le gusta hasta el nombre y si es en andalú –alcaucil-, todavía más.

 

Alcachofas frescas de temporada

 

De la familia del cardo, lo que se aprovecha de la alcachofa es su flor –en realidad son inflorescencias o conjunto de flores- y algo del tallo. Hay que despojarla de su duro vestido y quedarse solo con aquellas hojas interiores más tiernas. Cuando se la somete a este particular estriptis la alcachofa tiende a perder su bonito color verde, se oscurece y se afea por efecto de la oxidación. Se han ideado varios métodos para evitar esto: el de tratarlas con limón, si bien es un proceso poco adecuado por la alteración del sabor que produce. Otro y mejor es sumergirlas en agua con un colador encima para evitar todo contacto con el aire. Llegado el caso yo soy partidario de sacrificar el color por el sabor.

 

A nuestra protagonista la trajeron a España y a Sicilia los árabes y por vía matrimonial, con la unión de Catalina de Medici con Enrique II, llegó a Francia. La agricultura transformó aquella planta silvestre y llena de espinas –comida de burros- en lo que hoy conocemos. La alcachofa de Tudela o la de Benicarló son una auténtica delicia que nos ayuda a sobrellevar el duro invierno ya que la alcachofa se recoge desde el otoño avanzado hasta bien entrada la primavera.

 

Alcachofas rellenas de butifarra negra y setas (Peculiar en A Coruña)

 

El recetario de la alcachofa es muy extenso y están ricas casi de cualquier manera, bien como protagonistas o como secundarias de lujo. La forma más habitual es cocerlas, pero fritas son algo serio y las podemos hacer enteras o cortadas a cuartos, mitades o en láminas y con rebozado o sin él, como en la famosa receta romana de las carciofi alla giudia. La forma de freírlas que más me gusta es enteras y aplanándolas un poco con la mano para facilitar que le penetre el calor y en abundante aceite hasta dorarse y aderezadas con sal gorda y pimienta. Simplemente a la plancha, acompañadas de una romescu o un ajoblanco, constituyen un primer plato de lujo. Las podemos saltear con jamón e incluso rellenarlas. Sus partes verdes y duras, que muchas veces desechamos, mejoran cualquier crema de verduras aportándole un toque fresco, levemente amargo. Un recurso muy original es escabecharlas. Forma parte de esa apoteosis vegetal que es una buena menestra y con unas almejas o unos berberechos levitarán. Por supuesto que en tierras levantinas las incorporan al arroz en diversas combinaciones y dentro de un arroz meloso con caza, ojalá liebre, alcanzan la gloria.

 

La alcachofa siempre ha tenido fama de ser enemiga del vino pero esto no es así: al tinto no le dirige la palabra, pero flirtea a la perfección con finos y manzanillas, amontillados y espumosos. Disfruten de esta dama que renunció, nada menos que al Olimpo, para regocijo de los que amamos la cocina sensata, sana, sabrosa y de temporada.

 

Leonardo da Vinci, cocinero

“Yo, de mayor, quiero ser cocinero”

(Leonardo niño a su mamá)

 

En un mundo plagado de mentiras y tergiversaciones de la realidad no nos debe de extrañar que la historia sea un campo abonado para ellas. Con fines partidistas nos cuentan tremendos disparates y lo peor es que lo tragamos todo. Esto es especialmente así con las cosas que nos agrada escuchar. No es ninguna patología y solo debemos empezar a preocuparnos si nos creemos nuestras propias mentiras. El fanatismo es lo que tiene. Pero no todas las mentiras son malas, ni mucho menos. Algunas son simplemente geniales como el día que Orson Welles sembró el pánico entre los americanos con un programa de radio y una  invasión alienígena.

 

A finales del siglo pasado dos historiadores británicos, Shelagh y Jonathan Routh, escribieron una obra que traducida vendría a ser “Notas de cocina de Leonardo da Vinci”. Este libro estaría basado en un manuscrito original del genial creador de la misteriosa sonrisa de la Gioconda y que se denominó “Codex Romanoff” y estaría en poder del museo del l`Hermitage. El libro lo presentaron en Londres el Día de los Inocentes, “The April Fools` Day”. Puro humor inglés.

 

En 1999 José Carlos Capel, como gran experto, dirigía la sección de gastronomía de la editorial “Temas de Hoy” y decidió publicarlo no sin antes retirar dos trampas de bulto referentes al maíz y a las alubias aunque mantuvo los dibujos originales de la máquina de pelar patatas. Leonardo era tan visionario que se adelantó a la llegada de este tubérculo a Europa. Lo más chocante de esta historia es que a pesar de estar plagado de barbaridades culinarias, artilugios imposibles, ocurrencias demenciales e historias rocambolescas la gente se lo tragó y fue el origen de un mito que todavía perdura en muchos ambientes culinarios. Ni siquiera el hecho de que Capel, diez años más tarde, confesara cómo se urdió la mentira, sirvió para detenerla.

 

Ininteligible menú de Leonardo y Boticelli en su taberna

 

Es verdad que Leonardo era cocinillas y que tuvo una taberna en Florencia con su amigo Sandro Boticelli pero lo que no es cierto que se quedaran sin clientela por su empeño en sustituir las grandes bandejas de diferentes carnes enterradas en polenta -odiada por Leonardo- por una especie de menú degustación consistente en una anchoa descansando sobre una rebanada de nabo tallada a semejanza de una rana, otra anchoa enroscada alrededor de un brote de col, una zanahoria bellamente tallada, el corazón de una alcachofa, dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga, la pechuga de una curruca, el huevo de un avefría, los testículos de un cordero con crema (fría), la pata de una rana sobre una hoja de diente de león y la pezuña de una oveja hervida, deshuesada. El genio del Renacimiento se habría adelantado quinientos años a la nouvelle cuisine pero sus comensales no lo aceptaron. Además, Botticelli añadía: «¿Quién va a entender un menú escrito de derecha a izquierda?«, haciendo referencia a la peculiar forma especular de escribir del maestro da Vinci.

 

El libro nos pinta un Leonardo en la corte de Ludovico Sforza el Moro, gobernador de Milán, empeñado en modernizar su cocina y que solo a regañadientes acepta revisar sus fortificaciones o retratar a los nobles ya que lo que de verdad le molaba era dirigir la loca y caótica cocina del palacio de Ludovico. Inventa una rebanadora de pan, la servilleta, una descomunal picadora de vacas, un ingenio para eliminar tufos y hedores de las cocinas, un calentador de agua, un asador automático, un sacacorchos para zurdos y un genial ingenio para eliminar las ranas de los barriles de agua para beber. Mención aparte merece un cortador de berros gigante que por accidente mató a dieciséis servidores y que posteriormente utilizó Ludovico como arma de guerra.

 

Asador automático

 

Hilarante es también la carta del prior de Santa Maria delle Grazie, en cuyos muros pintó Leonardo su Última Cena, quejándose a Ludovico de que el maestro había confeccionado una mesa y disponía todos los días diversos alimentos y diferentes vinos como prueba para su genial obra y que acababan zampándoselos el maestro y sus ayudantes. Llevaba un año haciendo pruebas y el muro continuaba impoluto mientras sus monjes pasaban hambre y, lo que es peor, apenas disponían de vino.

 

Otro capítulo desternillante hace referencia a las pautas de conducta en la mesa. “No ha de pellizcar ni golpear a su vecino de mesa. No ha de hacer ruidos de bufidos ni dar codazos, ni poner caras horribles ni los ojos en blanco, ni escupir, ni prender fuego al compañero durante la comida, ni poner la cabeza sobre el plato, ni sentarse bajo la mesa…

 

En fin, delicioso libro basado en un genial embuste que, además, se non è vero è ben trovato. Lean y rían que eso no mata a nadie.

 

 

El resurgir del Ribeiro

Foxen as anduriñas, meu amor/no tiovivo do tempo/
e vén o viño novo. O viño dos abades/
e dos mozos, ¡o viño do Ribeiro…!

(Antón Tovar)

 

Sabemos por los historiadores que el vino llegó a Galicia antes que la vid y que lo trajeron los romanos. Este acontecimiento siempre me trae a la memoria la desternillante escena de la película “La vida de Brian” en donde el líder del Frente Popular de Judea, organización que pretende expulsar a los invasores romanos, se dirige a sus acólitos con esta pregunta retórica: «¿Qué han hecho los romanos por nosotros?» Tímidamente los rebeldes comienzan a citar cosas: que si el acueducto, el alcantarillado, las carreteras, la irrigación, los baños, el orden público, etc. Hasta que uno dice: “Y el vino. Y eso sí que lo vamos a echar de menos”.

 

Hace poco, en un interesante acto cultural y gastronómico, escuché de boca del profesor Xabier Castro y del bodeguero Manuel Docampo una bonita leyenda sobre este tema. En el castro de San Cibrao de Lás (entre los municipios ourensanos de San Amaro, Cenlle y Punxín) vivía una mujer llamada Leive, protagonista de la resistencia frente a los romanos, que “tenía mucho carisma y belleza y cuentan que ganaba las batallas con la mirada”. Cansada de guerrear decidió firmar la paz y acordó reunirse con el general al mando de las centurias.  Es fácil imaginar, en su tienda de campaña, a Décimo Junio Bruto, el militar que vadeó delante de sus aterrorizados hombres el río del olvido -Lethes o Limia­- y consiguió llamarlos por su nombre, ofreciéndole a la hermosa Leive una bebida, desconocida para ella, llamada vino. Leive se llevó la copa a su boca y exclamó: “pero, ¿qué carallo hemos estado bebiendo todos estos años?”. Por supuesto que consiguió unos ejemplares de cepas para plantarlas. Manuel Docampo, propietario de Adega Leive, añade que a él le gusta contar -y soñar- que estas primeras cepas plantadas en las cercanías del castro de Lás son abuelas de las suyas.

 

Viñedos de D.O. Ribeiro (Foto: turismo.gal)

 

Sea como fuere, sabemos por Estrabón que, en la segunda mitad del siglo II antes de Cristo ya se elaboraba vino en el Ribeiro. Con las invasiones germánicas hubo un retroceso de la viticultura de la comarca y un primer renacimiento en la Alta Edad Media al abrigo de los importantes centros eclesiásticos gallegos. Los monasterios fueron los grandes impulsores del viñedo, en especial los monjes de San Clodio, Oseira, Celanova y Melón con la ayuda de los comerciantes judíos de Ribadavia. El vino del Ribeiro adquiere gran fama y es llevado a América por el mismísimo Cristóbal Colón. Otra leyenda nos dice que el Príncipe Negro, inglés, vino con sus letales arqueros a ayudar a los portugueses en una de sus guerras con los castellanos. Al pasar por Ribadavia degustó los grandes vinos del lugar y, seducido, empezó a importarlos a Inglaterra. Se cuenta que los ingleses “inventaron” el Oporto cuando dejamos de enviarles el tostado del Ribeiro, ese vino dulce de uvas pasificadas que llegó a ser seña de identidad de los Pazos. Vino exclusivo, de ricos.

 

En la etapa más reciente, con el ataque de la filoxera, el cultivo en el Ribeiro mudó las uvas tintas por blancas. La D. O. Ribeiro es de las más antiguas de España ya que se establece en 1932. En los años del desarrollismo a un ministro de la época, que Dios tenga en su gloria, se le ocurrió la brillante idea en aras del aumento de la producción, de plantar cepas de uva palomino. De las albarizas jerezanas a los suaves valles fluviales del Ribeiro. Así, sin anestesia. El resultado fueron aquellos vinos turbios y ácidos que se servían en las tabernas de toda Galicia en tazas de loza, a granel y que tomábamos porque era lo que había. Un sucio andrajo con aspecto sospechoso y con pasaporte seguro al dolor de cabeza si zigzagueabas por varias tabernas. Aquí comenzó el declinar de estos históricos vinos sobre todo porque en las Rías Baixas comenzaron a hacer las cosas bien, tanto en viticultura como en enología, y una uva hasta entonces desconocida adquirió una fama inusitada. Así comenzó el reinado del Albariño.

 

Colleiterio Alecrín del viticultor Antón Giráldez

 

Cuando vas cumpliendo años, percibes el cambio de las cosas. Afortunadamente, en la mayoría de los casos para mejor. Si espectacular fue la evolución de las comunicaciones en Galicia, no menos es la de los vinos. Hoy el Ribeiro ha vuelto a la buena senda, al rego, apostando por las cepas autóctonas; por la calidad. La reina de las uvas, en esta comarca, es la treixadura que en muchas ocasiones se mezcla con otras variedades autóctonas como torrontés, godello, albariño, loureira, lado o caiño blanco. La viticultura y la producción se han modernizado pese al minifundismo y la atomización con la singular figura de los Colleiteiros do Ribeiro. Destacan por su sutileza y elegancia, con aromas de frutas y hierbas. Frescos y armónicos en boca y con buena persistencia. Envejecen bien y vuelven a viajar, como siempre hemos hecho los gallegos. Yo me alegro porque siempre he transitado en busca de reunir en una copa historia, elegancia y placer. El dandy de los vinos blancos.

Libros de gastronomía para regalar en Navidad

Un libro es un regalo que puedes abrir una y otra vez

(Garrison Keilor)

 

En Islandia es tradición regalar libros por Navidad. Son libros físicos, nada de ebooks, de los que se huelen, se manosean y finalmente se leen. Esta costumbre se llama, en la jerga local, Jólabókaflód y podría traducirse como “inundación de libros por Navidad”. En Nochebuena y después de cenar se lee y se comenta, en familia, alguno de los libros regalados.  Pensarán ustedes que en Islandia es mejor regalar libros que patinetes ya que habría que esperar cuatro meses para usarlos. Sea como fuere a mí me parece una maravillosa costumbre. La Navidad es tiempo de regalos y en mi lista de Reyes nunca faltan los libros.

 

Libros hay muchos y de gastronomía, también. Les voy a recomendar algunas de las novedades más interesantes de este año.

 

No hay mejor regalo que un libro

 

«Comimos y bebimos«, de Ignacio Peyró. El autor es periodista y director del Instituto Cervantes de Londres. No hay recetas pero sí buena literatura. Toca dispares temas gastronómicos con su elegante prosa y un humor muy inglés. Un gourmet que sigue la tradición de nuestros grandes escritores gastronómicos como Pla, Cunqueiro o Camba. Altamente recomendable y por 17,95 euros.

 

«Sal, grasa, ácido, calor«, de Samin Nosrat. Un auténtico best seller. Ha dado lugar a una más que interesante serie de Netflix. Según su apasionada autora, para dominar la cocina hay que controlar los pilares que se reflejan en el título. Magníficas ilustraciones y un precio de 35 euros.

 

«Cocina Viejuna«, de Ana Vega. Habla de la cocina ye-yé que triunfó en los 60 y 80. Esta periodista nos propone un viaje en el tiempo para conocer platos míticos de aquella época y hoy ajenos a la moda actual. Para los amantes de los guateques con canapés y las excursiones con fiambrera. Nada mejor que la Navidad para recordar los dátiles con bacon, el solomillo Wellington -este vuelve a estar de moda afortunadamente- y el cóctel de gambas,  que nunca figuró en la carta de cócteles. La nostalgia también alimenta. Por 18,90 euros.

 

Para los más nostálgicos

 

«Cocinar con hierbas«, de Karin Leiz. Autora de dos interesantes libros sobre la cocina de las verduras ahora regresa al mundo clorofílico y nos presenta su último libro que trae dentro un auténtico jardín silvestre de hierbas aromáticas y condimentos vegetales. Un caleidoscopio de olores y sabores con útiles consejos de compra, uso y conservación. Nos habla de estos pequeños detalles tan importantes en la búsqueda de la perfección. Exquisitas recetas y magníficas ilustraciones de su hija Juliet Pomés Leiz. Su hierba preferida, y la del Octopus, es el tomillo. Este libro tiene un precio de 21,90 euros.

 

«1.000 recetas de oro«, de Karlos Arguiñano. Uno que empieza pero que, estoy casi seguro, en poco tiempo se va a convertir en el puto sheriff de la cocina en televisión. Con la filosofía de siempre, ¿para qué cambiar? Sus libros son ya un clásico de la Navidad como los niños de San Ildefonso, los polvorones o el cuñao. Muchas recetas sencillas por 25 euros.

 

«Historia del comer«, de Papila. Nos habla del origen y la evolución de los alimentos a través de los tiempos. No es para comer de una sentada. Todos los días una tapita para enterarnos de cómo llegó el té a Europa, de qué color eran las primeras naranjas, cómo se inventó el sándwich o cuándo se inventó la pasta. Picoteo completo por 20 euros.

 

Un libro lleno de curiosidades

 

«Tradición con toque Torres«, de los hermanos Torres. Ahora que van a dejar la televisión es buen momento para hacerse con este libro de recetas de buena cocina tradicional con aportaciones personales. Su precio es de 20,80 euros.

 

Para los amantes de cocinas más o menos exóticas hay también novedades: «Mi primer libro de cocina coreana» de Caroline Hawang, «Made in India» de Meera Sodha, «Aroma árabe» de Salah Jamal. Otros libros interesantes son: «¿Qué es comer sano?» De J.M. Mullet, «Vegetarianos concienciados» de Lucía Martínez, «Simplísimo«, «el libro de cocina más fácil del mundo» de J.F. Mallet, «Catalunya, una aventura gastronómica» de José Pizarro, «El engaño de la gastronomía española» de José Berasaluce. Para los larpeiros tenemos «Casa cacao» de Jordi Roca e Ignacio Medina y «Dulce» de Yotam Ottolenghi y Helen Goh.

 

Regalen libros aunque no sean de gastronomía. No muerden. Palabrita del Niño Jesús. Feliz Navidad.