Libros de gastronomía para regalar en Navidad

Un libro es un regalo que puedes abrir una y otra vez

(Garrison Keilor)

 

En Islandia es tradición regalar libros por Navidad. Son libros físicos, nada de ebooks, de los que se huelen, se manosean y finalmente se leen. Esta costumbre se llama, en la jerga local, Jólabókaflód y podría traducirse como “inundación de libros por Navidad”. En Nochebuena y después de cenar se lee y se comenta, en familia, alguno de los libros regalados.  Pensarán ustedes que en Islandia es mejor regalar libros que patinetes ya que habría que esperar cuatro meses para usarlos. Sea como fuere a mí me parece una maravillosa costumbre. La Navidad es tiempo de regalos y en mi lista de Reyes nunca faltan los libros.

 

Libros hay muchos y de gastronomía, también. Les voy a recomendar algunas de las novedades más interesantes de este año.

 

No hay mejor regalo que un libro

 

«Comimos y bebimos«, de Ignacio Peyró. El autor es periodista y director del Instituto Cervantes de Londres. No hay recetas pero sí buena literatura. Toca dispares temas gastronómicos con su elegante prosa y un humor muy inglés. Un gourmet que sigue la tradición de nuestros grandes escritores gastronómicos como Pla, Cunqueiro o Camba. Altamente recomendable y por 17,95 euros.

 

«Sal, grasa, ácido, calor«, de Samin Nosrat. Un auténtico best seller. Ha dado lugar a una más que interesante serie de Netflix. Según su apasionada autora, para dominar la cocina hay que controlar los pilares que se reflejan en el título. Magníficas ilustraciones y un precio de 35 euros.

 

«Cocina Viejuna«, de Ana Vega. Habla de la cocina ye-yé que triunfó en los 60 y 80. Esta periodista nos propone un viaje en el tiempo para conocer platos míticos de aquella época y hoy ajenos a la moda actual. Para los amantes de los guateques con canapés y las excursiones con fiambrera. Nada mejor que la Navidad para recordar los dátiles con bacon, el solomillo Wellington -este vuelve a estar de moda afortunadamente- y el cóctel de gambas,  que nunca figuró en la carta de cócteles. La nostalgia también alimenta. Por 18,90 euros.

 

Para los más nostálgicos

 

«Cocinar con hierbas«, de Karin Leiz. Autora de dos interesantes libros sobre la cocina de las verduras ahora regresa al mundo clorofílico y nos presenta su último libro que trae dentro un auténtico jardín silvestre de hierbas aromáticas y condimentos vegetales. Un caleidoscopio de olores y sabores con útiles consejos de compra, uso y conservación. Nos habla de estos pequeños detalles tan importantes en la búsqueda de la perfección. Exquisitas recetas y magníficas ilustraciones de su hija Juliet Pomés Leiz. Su hierba preferida, y la del Octopus, es el tomillo. Este libro tiene un precio de 21,90 euros.

 

«1.000 recetas de oro«, de Karlos Arguiñano. Uno que empieza pero que, estoy casi seguro, en poco tiempo se va a convertir en el puto sheriff de la cocina en televisión. Con la filosofía de siempre, ¿para qué cambiar? Sus libros son ya un clásico de la Navidad como los niños de San Ildefonso, los polvorones o el cuñao. Muchas recetas sencillas por 25 euros.

 

«Historia del comer«, de Papila. Nos habla del origen y la evolución de los alimentos a través de los tiempos. No es para comer de una sentada. Todos los días una tapita para enterarnos de cómo llegó el té a Europa, de qué color eran las primeras naranjas, cómo se inventó el sándwich o cuándo se inventó la pasta. Picoteo completo por 20 euros.

 

Un libro lleno de curiosidades

 

«Tradición con toque Torres«, de los hermanos Torres. Ahora que van a dejar la televisión es buen momento para hacerse con este libro de recetas de buena cocina tradicional con aportaciones personales. Su precio es de 20,80 euros.

 

Para los amantes de cocinas más o menos exóticas hay también novedades: «Mi primer libro de cocina coreana» de Caroline Hawang, «Made in India» de Meera Sodha, «Aroma árabe» de Salah Jamal. Otros libros interesantes son: «¿Qué es comer sano?» De J.M. Mullet, «Vegetarianos concienciados» de Lucía Martínez, «Simplísimo«, «el libro de cocina más fácil del mundo» de J.F. Mallet, «Catalunya, una aventura gastronómica» de José Pizarro, «El engaño de la gastronomía española» de José Berasaluce. Para los larpeiros tenemos «Casa cacao» de Jordi Roca e Ignacio Medina y «Dulce» de Yotam Ottolenghi y Helen Goh.

 

Regalen libros aunque no sean de gastronomía. No muerden. Palabrita del Niño Jesús. Feliz Navidad.

Los frutos del otoño

Si yo fuera un pájaro volaría sobre la
tierra buscando los otoños sucesivos

(George Eliot)

 

Con la llegada del otoño los días se van haciendo cada vez más cortos y el frío hace su aparición. Es hora de cambiar de vestuario y de hábitos alimenticios hacia cosas más contundentes. De una manera simplista podemos asociar el otoño a la decadencia, al declive y al ocaso. Nada más lejos de la realidad. En esta peculiar estación nuestros campos y bosques dejan la uniformidad del verano y asistimos a una explosión cromática espectacular: los amarillos, marrones, dorados, naranjas y rojos se hacen dueños del paisaje. Los colores fríos dan paso a los cálidos. En ninguna otra estación del año la naturaleza es tan bonita.

 

En lo referente a la gastronomía me atrevo a decir que sucede algo parecido y el otoño es quizás la estación más atractiva y apasionante para los que amamos el buen comer ya que el abanico de productos de temporada es enorme y variopinto. Soy un ferviente defensor de la cocina estacional cuya máxima es, ni más ni menos, que se sigan las reglas de la Naturaleza sin atajos ni trampantojos.

 

Hermosa hija de la lluvia

 

Wenceslao Fernández Flórez retrató como nadie el bosque gallego en su Bosque Animado. En aquella fraga de Cecebre, tristemente desaparecida, vivían personajes adorables como el topo Furacroios, el gato Morriña, Marica da Fame o Fiz de Cotobelo que comandaba la Santa Compaña para disgusto del entrañable bandido Fendetestas ya que le ahuyentaba las posibles víctimas. En este bosque gallego había castañas en otoño. Este fruto que asado y comprado en las calles nos calienta las manos y el estómago y que sirvió para combatir el hambre en Galicia en tiempos pretéritos. Esas mismas castañas que la repostería convierte en alta cocina en el marrón glacé y que a mí tanto me agrada.

 

La prodigalidad del bosque nos nutre, también en otoño, de una enorme variedad de setas. Don Wenceslao les llamaba hijas de la lluvia. Plebeyos níscalos, hermosos boletos, aromáticas senderuelas, perfumados rebozuelos, subterráneas trufas, barrocas colmenillas, enlutadas trompetas de los muertos y presumidas lepiotas conforman un mundo misterioso de divertidas formas y preciosos colores. Envueltas en un halo de misterio conforman un maravilloso caleidoscopio de aromas y sabores que podemos degustar solas o bien acompañando a otros productos por su gran capacidad para intensificar sus sabores. Absténganse de engullir al gnomo.

 

Perdiz guisada con verduritas

 

El otoño nos regala la maravillosa despensa cinegética. Sea de pelo o pluma, mayor o menor, conforman un mundo de sabores rotundos y diferentes. El prolífico Bugs Bunny, la saltarina liebre, el peludo jabalí, el elegante Bambi, la zigzagueante becada –reina esquiva del bosque-, las codornices y perdices siempre que no sean las mediopensionistas que hoy nos inundan, el pichón y las torcaces, los anfibios patos, el elegante faisán, las enamoradas tórtolas y el atlético corzo. La caza siempre es un reto para el buen cocinero porque significa ni más ni menos que ese continuo retorno a las raíces, a los sabores primitivos, rotundos y diferenciados. Las posibilidades de esta forestal despensa son ilimitadas e idóneas para la prudente innovación. Hay recetas míticas de caza: la becada en salmis que una vez perpetré y que me hizo llorar de emoción, el civet de liebre o el royal de este mismo personaje, la perdiz a la cazadora, los escabeches, nuestro jabalí con castañas, el magret o el confit de pato, el foie gras. Alubias y lentejas también se hablan con muchos platos de caza y las setas conforman, al unirse a esta asilvestrada despensa, platos de matiz voluptuosamente forestal.

 

Nuestros mares, en otoño, nos alegran con sus bivalvos. Es tiempo de discutir si son zamburiñas o volandeiras -casi siempre estas últimas- o de comprobar la potencia del longueirón frente a la navaja. Es momento de sumergirse en esa ahogadilla de mar que son los berberechos y de comprobar lo sabrosos que son los humildes mejillones y las aristocráticas ostras y almejas. Se abre la veda de nuestra centolla y erizo aunque haya que esperar un poco para su mejor momento.

 

Irresistibles zamburiñas

 

En la huerta los últimos tomates dan paso a la familia de las coles: berzas, repollos, coliflores, coles de Bruselas, lombardas o romanescos. Aparecen las nabizas y las calabazas. En cuanto a las frutas, dominan las uvas, mandarinas o mondarinas -como diría un concursante de Gran Hermano-, caquis, granadas, membrillo, peras o manzanas.

 

Por último y como diría la autora de nuestra frase de hoy, «last but not least«, en otoño se elabora el vino y se mata al cerdo. Ese rito secular y festivo, casi religioso, que aún se conserva en muchos de nuestros hogares. Es momento de subir el otoño a nuestra mesa para alegrar el cuerpo y el espíritu. Así sea.

Por el camino de la humildad

Hubo un tiempo en que mis únicas
pasiones eran la pobreza y la lluvia

(Antonio Gamoneda)

 

La vida, a medida que nos va dejando recuerdos, nos da una pista inequívoca de la importancia de las cosas y una de sus enseñanzas, si la queremos ver, es que todo lo que se puede pagar con dinero es secundario. Comer los productos más caros o disfrutar de un restaurante de lujo no nos garantiza ni el buen gusto, ni el saber comer y mucho menos esa felicidad, que aunque efímera, asoma en nuestra existencia cuando compartimos mesa y mantel con nuestra familia o amigos.

 

Para comer bien y disfrutar de lo lindo no hace falta ni la visa oro, ni que el producto venga de países exóticos, ni que el menú lo ejecute un gran chef. A veces los árboles no nos dejan ver el bosque y nos olvidamos de que en una comida, una celebración o una fiesta alrededor de una mesa, lo más importante son los comensales. Aunque lo que comemos es importante con quién lo comemos lo es aún más. La comida sin alma y sin pasión siempre es difícil de digerir.

 

En mis continuos nomadeos culinarios he disfrutado como un enano del caviar, de los percebes, de las angulas o de las trufas pero en mis nostalgias más placenteras casi siempre aparecen productos mucho más humildes: esas sardinas con los amigos en una parrilla con la vista del mar de Razo, ese arroz familiar que, en boca de mis hijos, ejecutaba la mano temblorosa de la abuela o esos espaguetis al ajo y al aceite de regreso de las insomnes noches de mi juventud a la vera del Guadalquivir.

 

Inolvidables recetas de la abuela

 

Para comer de puta madre no hace falta gastarse mucho dinero y eso lo saben, ¿o lo sabían? bien las amas de casa… Paradójico nombre ya que raramente fueron amas de nada, a lo sumo esclavas. Ellas, con su amor incondicional, eran capaces de sublimar la precariedad a base de no regatear jamás el tiempo ni buscar atajos fatuos. Ellas, sí o sí, nos han sabido regalar esa magdalena de Proust de variados productos pero siempre vestidos de felicidad. Hoy en día a ese prodigio los iconoclastas le llaman cocina de recursos. Cocina mágica diría yo.

 

Cada vez pongo más en valor las recetas sencillas que huyen de abigarradas fórmulas. El pulpo á feira con aceite y pimentón conforma una sagrada trinidad de la cocina de fusión ya que estos dos últimos ingredientes no hablan la lengua de Rosalía. Esas patatas a la riojana, esas lentejas, viudas o no. Esos huevos fritos con patatas fritas y chorizo o papada o con patatas revolconas e incluso con pisto.  Esa gloriosa tortilla, jugosita, a la que le habremos echado huevos como bien saben en Betanzos. Esos jurelitos fritos acompañados de pimientos. Ese salmorejo, ese revuelto de espárragos, esa menestra de verduras…

 

La sencillez hecha arte

 

Si a lo relatado anteriormente le unimos una sobremesa cabal en donde los epicúreos disfrutamos, aparte de un buen café con una copa o un buen cigarro, de ese Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que es una buena charla civilizada entre personas humanas entonces atisbaremos algo, levemente, de ese concepto tan inaprensible y particular al que  hemos dado en llamar felicidad.

 

En un mundo en el que el ininteligible progreso nos acerca a las prisas y con las despensas y frigoríficos atestados de productos precocinados, latas variopintas y comidas de microondas y donde nuestros niños y ancianos “disfrutan” de los caterings de colegios y asilos, no debemos olvidar jamás que no hay mejor comida, ni acto de mayor amor, que cuando una madre le da el pecho a un bebé o cuando una abuela le acerca un puré de verduras que ella misma ha cocinado.

De buenos y malos en la mesa

La cocina tiene que ser el paisaje dentro de una olla

(Josep Pla)

 

Un escuálido marinero observa cómo su novia Olivia es maltratada por un fornido individuo. De su bolsillo extrae un bote de semillas de chía y a continuación se lo zampa. Sus ridículos bíceps se convierten de inmediato en unos enormes yunques. Los que hemos visto muchos dibujos animados de Popeye ya sabemos lo que le va a ocurrir a Brutus: algo nada bueno. En el original el bote era de espinacas pero ahora el cuento ha mudado. La feliz infancia del Octopus, aparte de un canario psicópata y de un correcaminos cobarde, también conoció un super ratón que volaba porque estaba supervitaminado y mineralizado. Por cierto, cuando se creó Popeye en los años 30, en América había mucha anemia y estos dibujos fueron un reclamo para popularizar el consumo de espinacas en la creencia de que estas eran muy ricas en hierro. Craso error. Un famoso científico alemán colocó mal la coma de los decimales y multiplicó por diez su contenido en hierro. Ni siquiera hoy el descubrimiento de semejante fallo ha podido acabar con este mito.

 

Viene esto a cuento por la más o menos reciente aparición de la plaga de los “superalimentos”. El término es usado para describir un producto muy rico en algunos nutrientes y por tanto especialmente beneficiosos para la salud: fortalecen el sistema inmunológico, protegen del cáncer y las enfermedades cardiovasculares, de las infecciones, regulan el intestino, mejoran la líbido, adelgazan… ¡la pera limonera! Les voy a dar una mala noticia: no hay nada probado, no hay productos milagro, no hay atajos alimentarios. La Unión Europea prohibió el uso del término en paquetes de alimentos. Los superalimentos son un gran éxito del marketing y de las multinacionales alimentarias y vamos a pagar mucho dinero por unos productos cuyas propiedades las tienen alimentos baratos de toda la vida.

 

Semillas de chía

 

En los años 80 y 90 fue el ginseng y ahora son la quinoa, las bayas de goji, las semillas de chía, el ajo negro, el alga espirulina, el kale, el jengibre, la maca, etc. La mayoría tienen nombres exóticos y proceden de países con culturas milenarias que han hecho un uso ancestral de los mismos  con un gran éxito ya que son más listos, más guapos y viven y follan más que nosotros ¡Y un jamón! Pura mercadotecnia (de la nuestra, por cierto). Tomemos como ejemplo las semillas de chía. Proceden de una planta herbácea llamada Salvia Hispanica utilizada comúnmente en los recetarios internacionales. No cabe duda que suena más exótico chía que salvia. El cambio de nombre lo justifican porque son semillas y la salvia de los recetarios utiliza tallos y hojas. Estas semillas son ricas en Omega 3, fibra y proteínas. El pero está en que su ración, entre 10 y 20 gramos, no supera a una ración de salmón o de lentejas en estos nutrientes, respectivamente. La quinoa tampoco tiene más proteínas que los garbanzos. Además, si nos pasamos con un alimento concreto, el exceso de minerales y la mayoría de las vitaminas acabarán indefectiblemente en el inodoro. El organismo no es un trastero.

 

Es un error comparar alimentos individuales ya que no hay alimentos mágicos. Lo importante es que la dieta global sea variada y equilibrada: verduras, legumbres, frutas, cereales (mejor integrales), pescados y algo de carne. Es importante también sustituir las grasas animales por vegetales y en este sentido el aceite de oliva es una muy buena elección. Esto que acabo de describir es en esencia la dieta mediterránea. En este sentido hemos progresado mucho y ya somos el segundo país de Europa, tras los británicos, con mayor número de obesos y donde gallegos y asturianos lideramos este dudoso ranking. No nos engañemos, la dieta mediterránea ha pasado a mejor vida; ya no existe. El ininteligible progreso se la ha cargado definitivamente. Estamos cada vez más colonizados por la comida basura anglosajona: bollería industrial, refrescos azucarados, platos precocinados y prisa, mucha prisa.

 

La siempre recomendable dieta mediterránea

 

En todas las películas hay buenos y malos. Los denostados y proscritos actualmente son la leche, el azúcar, el aceite de palma y el gluten (harinas y panes). Llama poderosamente la atención la estigmatización de dos alimentos milenarios que nos han acompañado desde siempre: los cereales y la leche. Esta última con algún argumento tan peregrino como que ningún animal adulto la toma. Con este mismo argumento deberíamos abandonar de la dieta la fabada, la porrusalda o el marmitako, entre otros. Lo del pan también es de nota. Estos alimentos incluido el aceite -que se lleva la palma- pueden consumirse en su justa medida siempre que no haya alergias o intolerancias.

 

Denle uso a la zapatilla regularmente y hagan una dieta variada y equilibrada. Aumenten vegetales y frutas. Limiten las bebidas azucaradas y la bollería industrial y más mercado y menos supermercado. Beban con moderación y vuelvan a los superalimentos de toda la vida: verduras y hortalizas, lentejas, garbanzos, alubias, cacahuetes, nueces, frutos rojos, uvas, ajo, cebolla, tomate, pimientos, huevos… Hay muchos cerca y son muy baratos. La alternativa es un mundo lleno de lorzas, michelines y enfermedades. Sólo me queda darles una recomendación del genial Josep Pla: abandonen las prisas. No conducen a nada bueno. Amén.

 

Paul Bocuse: La leyenda (In Memoriam)

Lo malo de la inmortalidad es que
hay que morir para alcanzarla

(Victor Hugo)

 

 

En 1958, con poco más de treinta años, me siento capacitado para volar solo y recupero el establecimiento familiar de mi pueblo natal. En 1961 recibo mi primera estrella Michelin tras ser premiado como el mejor cocinero de Francia. Un año después obtengo mi segunda estrella y en 1965 entro en el olimpo de los triestrellados y hasta hoy que lamentablemente he tenido que colgar el delantal definitivamente. Espero que en el Valle de Josafat gusten mis menús.

 

Aunque elaboro alta cocina siempre he defendido la importancia del producto de temporada y la ineludible necesidad de elegir siempre las mejores materias primas. Todas las mañanas posibles he visitado mi amado mercado de Saint Antoine en Lyon: un espectáculo cada vez que llego, acompañado siempre de una cohorte de ayudantes, para escoger los mejores productos y después configurar la carta donde trato de resaltar el sabor con salsas ligeras y saludables. No en vano mi primer libro lleva por título “La cocina del mercado”. Yo hago cocina innovadora pero sobre la base de la tradición y evitando disfrazar los productos y, sobre todo, nunca lo maquillo gratuitamente. Estas son las bases de la aclamada nouvelle couisine de la que siempre se me ha atribuido la paternidad espiritual, pero aquí tengo que recordar a mis compañeros de viaje: los hermanos Troisgros, Michel Guérard y Alain Chapel en Lyon, además de Senderens en Paris.

 

¿Quién diría que esto es una sopa?

 

Tengo que hacerles una confesión: Alain Chapel es un artista. Hace una cocina suave y sutil, maravillosa. No en vano le llaman el “Leonardo” de los fogones e incluso piden para él la ¡cuarta estrella! Con las verduras es, sencillamente, imbatible. Su gâteau de foies blonds (higaditos de pollo bien dorados y pasados por el tamiz para convertirlos en un flan al que se le agrega tuétano, se le deja reposar, se calienta y se le baña con un coulis de cangrejo) hizo llorar al famoso crítico Henrí Gault. Podría citar otros diez platos geniales de Chapel. Es mejor que yo en los fogones pero yo, además de en empatía, lo aventajo en el manejo del negocio y esa es realmente la verdadera revolución de la nouvelle couisine: por primera vez en la historia los cocineros somos los propietarios del negocio. Cuando los platos empezaron a menguar y las cuentas a subir, me bajé del autobús.

 

Siempre se ha considerado mi sopa de trufas VGE como mi plato más emblemático. En realidad es un caldo con juliana de verduras, foie y trufa cubierto de hojaldre. Lleva este acrónimo, VGE, en honor del presidente Valéry Giscard d’Estaing, que me premió con la Legión de Honor en 1975 en el Eliseo. También estoy muy orgulloso de mi lubina en hojaldre rellena de una mousse de langosta y de la pularda de Bresse en la que en vez de foie y trufas de su versión clásica la relleno de legumbres. Lo que pocos saben es que mi triunfo se cimentó con un plato mucho más humilde. Cuando empezaba a ser conocido vinieron a mi comedor dos críticos parisienses muy influyentes: Henry Gault y Christian Millau. Almorzaron los clásicos de la carta pero se les ocurrió regresar para la cena y me pidieron que les hiciese algo ligero. Les serví una ensalada de judías verdes: “a primera vista no nos pareció gran cosa ¡pero esa ensalada era sencillamente genial! Las judías verdes crujientes olían a jardín y tenían un sabor excepcional. Era algo grandioso dentro de una sencillez extrema. Luego llegaron unos salmonetitos de roca hechos a la perfección, es decir, muy poco hechos. Firmes, con todos los sabores del mar. La nueva cocina existía y acabábamos de conocerla”. ¿Les suena? Sí. Es el guion de Ratatouille.

 

Lubina en hojaldre rellena de mousse de langosta

 

Los laureles llegan: la Legión de Honor, cocinero del siglo, papa de la cocina, el concurso gastronómico Bocuse d‘Or para jóvenes cocineros, mi escultura en un museo parisino. Adquiero una bodega de Beaujolais. Mis restaurantes se extienden por varios continentes y monto una cadena de brasseries en Francia. Doy de comer a unas 10.000 personas al día y genero un negocio superior a los 50 millones.

 

Rememoro ahora con nostalgia mi tránsito por el río de la vida y doy gracias por todo lo que me ha ofrecido. Apenas me considero un campesino vitalista, generoso y extrovertido con pasión por la cocina, mucha pasión. He trabajado muy duro pero siempre he tratado de disfrutar con lo hecho. Me gusta el trato con el comensal, la charla distendida, la copa reposada. No solo consiste en apreciar el plato, hay que ir más allá y saborear este regalo llamado vida. He tenido tres mujeres a la vez y un hijo con cada una de ellas. Creo que, hoy en día, vivimos demasiado tiempo para pasar toda la vida con una sola mujer. Quizá sea una visión un poco machista de estos asuntos pero yo soy un hombre de mi tiempo. Una última confesión: el plato que realmente me enamora es el pot-au-feu.

Paul Bocuse: La Forja (In Memoriam)

Hay que trabajar como si fuéramos a morir con cien
años y vivir como si fuéramos a morir mañana

(Paul Bocuse)

 

Vengo al mundo en un pueblecito cercano a Lyon llamado Collonges-au-Mont-d’Or en los plomizos años de entreguerras. Mis ancestros, hasta donde llega mi memoria y me cuentan, son cocineros. Me estreno con diez añitos en los fogones de la casa de comidas  de la familia de la mano de mi padre aunque a mí lo que realmente me gusta son las pocas tardes  en las que me entretengo pescando en el rio. Siendo un adolescente, en plena ocupación alemana, ingresé de aprendiz en La Soierie, restaurante de Lyon. Allí supe de la importancia de la materia prima y acabé moviéndome como pez en el agua en el mundillo del mercado negro, única forma de acceder a los buenos productos.

 

En 1944, con 18 años, me alisto voluntariamente en la Resistencia del general Charles de Gaulle y llego a tiempo de participar en la batalla de Alsacia donde casi finaliza mi tránsito por la vida al recibir el impacto de una bala: un par de dedos más abajo me hubiera partido el corazón y no estaría contándoles esta historia. Trasladado al hospital de campaña de los Estados Unidos me salva la vida una transfusión – por mi cuerpo corre sangre americana- y ya en la convalecencia mis amigos americanos dibujan en mi piel un tatuaje. Siempre me ha gustado lucir ese gallo francés de mi hombro izquierdo ya que, junto con mi filosofía resumida en la frase que encabeza este artículo, son los únicos legados que me quedan de aquella locura juvenil.

 

Paul Bocuse, Cocinero del Siglo

 

De regreso a mi amada tierra retomo mi formación de cocinero en la Mère Brazier. Notable mujer, Eugénie Brazier, que no tiene una vida fácil. De origen campesino, con diez años ya trabaja en una granja al poco de la muerte de su madre. Siendo madre soltera, entra a trabajar de nodriza en una casa burguesa de la capital de la seda. Pronto se hace cargo de los fogones donde se especializa en los guisos regionales. Monta su propio bouchon (típico restaurante de Lyon con especialidades locales). Toda la burguesía lionesa acude a disfrutar de sus platos sencillos pero perfectos. La cosa le va bien. Compra un caserón e inaugura el restaurante donde, años más tarde, ingreso yo de aprendiz. Se convierte en la cocinera más famosa de Francia y la primera de la Historia en lucir tres estrellas. Marlene Dietrich o el mismísimo Charles de Gaulle son asiduos de sus menús y de su plato más famoso: la poularde demi-deuil (pularda de semiluto). En esta preparación las carnes blancas del ave contrastan con la trufa negra del relleno. Esa pularda, de los vecinos campos de Bresse, es la que luce orgullosa nuestra bandera: patas azuladas, plumaje blanco y cresta roja. La volatería más exquisita del mundo.

 

En este ambiente yo me ocupo del jardín, ordeño las vacas, hago la colada, doblo los manteles y de vez en cuando me permiten cocinar. Allí reafirmo mi idea de la importancia del buen producto estacional en la cocina, obsesión de Eugénie, además de entender la imprescindible necesidad de la buena gestión económica en un gran restaurante.

 

Paul Bocuse, Pierre Toisgros, Jacques Pic, Georges Blanc y Alain Chapel en 1983 (Foto de Edmund Pinaud)

 

La revolución en la cocina francesa que hoy se me atribuye, la famosa Nouvelle Cuisine, no sería entendible sin mi estancia posterior y durante seis años en el restaurante de Fernand Point. Él me inculca su filosofía: “La cocina es la búsqueda del equilibrio  entre la fuerza y la fineza y debe ser fiel a sus bases, no a sus recetarios”. Siempre me he considerado su discípulo además de tener en común la pasión por la mesa, la amistad, la fiesta y el lujo. Allí coincido con otros grandes cocineros como mis buenos amigos los hermanos Troisgros y Alain Chapel. Juntos formamos el núcleo lionés de la futura revolución que acabaría definitivamente con la cocina culta, anclada en el pasado de los postulados de Escoffier. Una cocina engorrosa, barroca y que persistía ajena a los vertiginosos cambios de la sociedad: dos guerras mundiales, el nacimiento del fascismo y del comunismo, la eclosión de las vanguardias artísticas y la revolución de las mujeres, no habían sido capaces de mudar una culinaria francesa que agonizaba en la postguerra, mientras los existencialistas parisinos triunfaban y hacían de la ciudad del Sena la capital cultural de Europa: Sartre, Camus, Simone de Bouvier, Ionesco y Beckett. En el cielo de París, en la radio, suenan les chansons de Juliette Greco pero la revolución culinaria iba a venir de provincias, de mi amada tierra.

 

Continuará…