Nadal en Galicia

“…el capón, maricuela afónica de las capoeiras de la Terrachá de Lugo

(Álvaro Cunqueiro, La cocina cristiana de occidente)

 

La Navidad es una festividad tradicional de los países occidentales, cristianos, en la que se festeja la natividad de Jesucristo. La Navidad es la excusa ideal para que la familia se reúna para comer, beber, y, -por qué no-, cantar villancicos y recibir (y dar) regalos. Estas festividades juntan a familiares y amigos en torno a una mesa impecable, repleta de exquisitos y abundantes manjares que nos recuerda mediante las costumbres gastronómicas, el carácter del entorno donde nos encontramos. De esta manera, los menús navideños varían en función de la región o país en que se celebran. A nosotros nos interesan especialmente los gallegos.

 

El bacalao con coliflor – bacalao con repollo en la zona norte de Lugo – era plato casi obligado en las comidas navideñas en Galicia durante una época y, todavía hoy, sigue siendo típico para la cena de Nochebuena. El origen y explicación de esta tradición está en que la víspera de Navidad figuró durante siglos dentro del calendario eclesiástico de vigilias. La abstinencia de carne se suavizó fundamentalmente a partir del Concilio Vaticano II en 1959 y la prohibición se extinguió. No obstante la costumbre sigue y cenar bacalao con coliflor en Nochebuena es casi un acto de afirmación tradicional en Galicia.

 

El aún presente bacalao con coliflor

 

El bacalao-momia pisciforme según Camba- era barato, resistía bien el paso del tiempo y era muy abundante. Con el paso de los años se fue encareciendo. A partir de los años sesenta comenzó el auge y el prestigio del marisco que comenzó a sustituir en no pocos hogares al bacalao. Este es el momento en que tengo que decir, porque si no lo digo reviento, que no hay ninguna norma que obligue a tomar langostinos en Navidad.

 

El otro plato estrella de la Navidad en Galicia es el capón, producto destinado al “pago de favores” a curas, abogados, médicos, alcaldes…y, por lo tanto, restringido en un principio a pazos y casas acomodadas. De la celebración de la feria de Villalba existen documentos acreditativos de al menos 200 años, pero esta tradición es mucho más antigua. El capón es un gallo castrado antes de proceder a su proceso de engorde, con el que se busca conseguir un ave de gran tamaño, con carne infiltrada en grasa que lo haga tierno y sabroso. Cuenta una leyenda romana que el capón surgió de la prohibición de los gallos en el perímetro urbano de la capital por las molestias que ocasionaban con sus cantos al alba. Los romanos decidieron castrar a los gallos para apagar su canto. La pularda es la versión femenina del capón, es una gallina a la que se le anula la capacidad de poner huevos sometiéndola a la oscuridad. Son muy famosas las de Bresse en Francia. Muy apreciada para platos que requieren horneado por su carne rica en grasa infiltrada, como la del capón.

 

El gallo de Arzúa, la gallina de Mos, la pintada o el pavo (este, de origen mexicano, mucho más seco) son otras de las aves comunes por estas fechas que, junto al salmón, se correspondieron en tiempos con los menús de Navidad de las clases altas-clero e hidalguía- y, hoy en día, sirven como base de platos en un elevado número de hogares.

 

Clásica compota de manzana

 

Entre los postres gallegos de Navidad destacaba antiguamente la compota elaborada con manzanas o peras, vino blanco o vino tinto, azúcar y canela.. Observen la similitud de este plato con las peras al vino tinto, habituales en la alta cocina de estilo afrancesado. Hoy en día, en muchos hogares, la base del postre navideño son los dulces cuya base es foránea: la almendra, presente en turrones, tortas y polvorones. Es frecuente también la presencia de uvas pasas, higos y castañas.

 

A mí, la Navidad ya me gustó más de lo que me gusta ahora, quizá por la falta de mis padres. No obstante, recupero esa ilusión perdida cuando me siento a la mesa rodeado de nietos, de momento viene el cuarto en camino. En cuanto al menú que preparé junto a la octopusita,  no faltó el jamón ibérico de bellota que inauguré ese día, a mi cortar jamón con una copita de manzanilla de Sanlúcar cerca, me relaja un montón y no se me da del todo mal. En cuanto al marisco, una almeja fina cruda y carabineros. Como este año, por circunstancias familiares, somos pocos, he desechado la idea del capón por su excesivo tamaño. Hubo también un hojaldre relleno de salmón y alguna cosita más. Por supuesto que con el marisco degustamos un champagne y con la carne un Ribera de Duero. Turrones, mazapanes (a la octopusita le gustan mucho) etc.

 

Aprovecho para felicitarles las fiestas a todos los lectores. Les deseo paz, amor y ríos de champagne. Asimismo, me despido de ustedes hasta que pasen estas fechas navideñas. Volveré después con ánimos renovados.

No sea usted nécora

“¡Menudo nécora!”

(Parlante de koruño viendo un capítulo de Mr. Bean)

 

Como todos los idiomas tribales, el koruño atesora una amplia gama de dicterios e insultos. Algunos podríamos calificarlos de casi cariñosos: “pero mira que eres nécora”. Este término se refiere al patoso, manazas, al torpe de toda la vida. Ese que va a colgar un cuadro en la pared y hace un desconchón, rompe el cristal y, además, se clava el cáncamo en un dedo. Es posible que este calificativo tenga su origen en la incapacidad de la nécora para andar como Dios manda: para adelante y para atrás. La oronda nécora se desplaza de lado aprovechando las diez patas que exhibe -es un crustáceo decápodo- aunque las dos de atrás, por su forma aplanada y de aleta, le sirvan solamente para nadar. En esto se diferencia de otros cangrejos.

 

Nécoras hay muchas. Unas vienen del Reino Unido, otras de Irlanda e incluso de Canadá. No descubro nada si digo que las de Galicia, Asturias -allí son andaricas– y Cantabria son las más sabrosas. No es fácil saber cuáles hablan la lengua de Rosalía. No lo intenten con la etiqueta ya que es un auténtico jeroglífico indescifrable. Hay un truco que no suele fallar: si pasamos un dedo por encima y el tacto es similar a un buen melocotón, estaremos ante una nécora gallega casi seguro. Las foráneas son más lisas y sin estas finas vellosidades. Además, las que proceden de nuestras aguas son de color gris pardusco y las foráneas son más pálidas. En Galicia solo se pueden extraer en la segunda mitad del año. De enero a junio hablarán la lengua de Shakespeare o, lo que es aún peor, serán ilegales.

 

Inconfundible nécora gallega

 

La carne de la nécora es delicada y sabrosa.  Si le añadimos una textura firme y jugosa, convierten a la nécora en un serio aspirante al mejor marisco en el gusto de la gente. Marisco premium, qué dirían los modernitos. Aristocracia marisquil, para los clásicos. Pero como toda rosa, tiene sus espinas. La nécora requiere de una buena dosis de paciencia y su buen aprovechamiento exige una cierta habilidad. Como en el amor, hay que hurgar y explorar sitios recónditos: aquellos que esconden los cartílagos de su cuerpo, sus finas patas, la delicia de sus corales e incluso su sabrosa “caca”. Al comensal inquieto le puede parecer demasiado trabajo para tan poco rendimiento. Craso error. Casi todo lo excelso, cuesta.

 

El otoño y las aguas frías del invierno señalan la llegada de las mejores nécoras. Aunque se pueden hacer a la plancha o a la parrilla, suelen comerse cocidas. El caldo, el jugo y la crema de nécoras son un auténtico escándalo gustativo, aunque para muchos sea un sacrilegio hacer un caldo de marisco con nécoras. Hay muchos restaurantes de alta cocina que los usan en sus preparaciones. No es raro premiar arroces de variado pelaje con nécoras y nadie discute que le dan un sabor brutal, pero yo soy partidario de comer los crustáceos con los dedos y no me gusta pringarme con salsas y, mucho menos, que se me pegue arroz a la piel. Peor todavía es intentarlo con cuchillo y tenedor aunque la nécora se presente partida en regiones. Inténtelo y verá. Si además usted no es muy habilidoso, o incluso es algo nécora, verá en dónde puede acabar el contenido del plato.

 

Un buen vino para acompañar es esencial

 

Así pues, si usted tiene la suerte de disponer de algunos ejemplares gallegos de este marisco de terciopelo, lo mejor es que los cueza en agua y sin escatimar la sal. ¿El tiempo? Dependerá del tamaño de las nécoras, pero estará bien entre cuatro y seis minutos de hervor. No hagan caso de recetas que les sugieren cocerlas con cebolla, zanahoria e incluso ajo. Nada. Incluso les aconsejo que prescindan del omnipresente laurel. La nécora no necesita disfraces ni matices. Una vez cocidas las comeremos, como decimos en Galicia, mornas.

 

En cuanto al vino, decía Cunqueiro que el mejor para acompañar el marisco era el de Betanzos porque las parras crecían en tierras abonadas con nécoras, centollos y percebes. Dejando al margen lo poético del asunto, hoy ha cambiado bastante el cuento del abonado. Les recomiendo un buen blanco gallego -la ocasión lo merece-. Cualquiera me vale aunque yo prefiero uno fino y elegante como el sabor del crustáceo que nos ocupa. ¡Ah! Y no sean ustedes tacaños con el vino, ni nécoras al servirlo. Amén.

 

 

 

 

La magdalena era un churro

“Un placer delicioso me había invadido, aislado,
sin que tuviese la noción de su causa”

(Marcel Proust)

 

El comandante del vuelo 23, Michael “Air” Jordan, se eleva desde una posición inverosímil y consigue lanzar hacia canasta en el último segundo. La pelota rebota en el aro, da en el tablero, vuelve al aro y, por fin, tras un giro interminable, se introduce en la canasta. Andrés Montes se desgañita: “¡Bonilla a la vista!”, “¡churros Bonilla!”. Así fue como los churros coruñeses llegaron al mundo de la NBA y a los oídos de los televidentes aficionados al básquet. El bueno de Andrés decía que nunca había tomado unos churros tan ricos: “Recién hechos son caviar iraní, pero la clave es que resisten el paso del tiempo”. La fórmula de la eterna juventud.

 

Ya he contado alguna vez que mi particular magdalena de Proust son unas milhojas, pero no unas milhojas cualesquiera: las que compraba, en mi dulce infancia y con dinero de mi abuela, en la Confitería Santos de Lugo. Después fueron los espaguetis al aglio y olio, ¿verdad Octopusita?, de aquellas despreocupadas y alegres noches de mi juventud trianera. Pero para miles y miles de coruñeses la magdalena, y su Combray particular, fue un churro, un churro de Bonilla. El recuerdo del pasado recuperado, el verso perdido en la memoria y la nostalgia. El beso de una madre. Los churros de Bonilla son tan coruñeses como María Pita o la Torre de Hércules.

 

Tres generaciones repartiendo felicidad

 

Solo harina, agua y sal. Fritos en un buen aceite. ¿Para qué más? Churros estriados de bastón, crujientes, secos, y de una peculiar ligereza. Deliciosos. Nos  anuncian que el rumbo a la felicidad no requiere de muchos vientos. Ya sé que en Coruña se hacen otros churros notables, como los del Timón, pero los de Bonilla se han salido de la sartén para conquistar media España. El añorado Cristino Álvarez, Caius Apicius, cuenta que, en sus vacaciones en su Coruña natal, se volvía a Madrid con el coche cargado de churros de Bonilla para después congelarlos y apaciguar la morriña una temporada.

 

Bonilla tiene varios locales en la ciudad herculina y el de la calle de la Galera es mítico. Lleva abierto desde 1958 y han pasado tres generaciones de Bonillas. Aunque César, segunda generación, todavía está atento al rumbo –el que nace marinero, muere soñando- son sus dos hijos, Fernando y Salvador, los que actualmente regentan el negocio. Churros aparte, elaboran unas magníficas patatas fritas y el bombo de Bonilla se configura como uno de mis tesoros favoritos, pero esto ya es otra historia.

 

Aunque se consumen todo el año, son un clásico de las fiestas y ferias desde hace más de un siglo. Los puestos ambulantes de despacho de churros, calentitos, porras y tejeringos han recorrido la piel de toro desde mucho antes que la actual plaga de food trucks, take away y demás azotes modernos. Aunque hoy son un emblema patrio -los cursis dicen marca España-, aquí se toman para desayunar o, como mucho, para merendar. Jamás de postre como los he visto en países lejanos.

 

El mejor chocolate con churros

 

A los churros no les gusta bailar solos. Exigen pareja y la más compenetrada es una buena taza de chocolate, aunque no les reprocharé que los disfruten con un buen café o un té: no es ningún secreto inconfesable que a los españoles nos gusta mojar el churro. Su gran enemigo es el aceite requemado, usado hasta la “suciedad”. Si evitamos estas trampas los churros no son indigestos, si acaso algo calóricos. Lo que es indigesto en el desayuno es leer el periódico.

 

Vivimos una época de ininteligible progreso y, hoy en día, se suceden las aperturas de panaderías y confiterías con el cartel de bakery donde despachan, a precio de oro, un catálogo de auténticas bromas de mal gusto: croissants industriales, los tan coloristas como insípidos macarons o cupcakes, por no hablar de esas bombas calóricas denominadas donuts que, por si fuera poco, los tunean de mil maneras. Es la moda, la de los niños gordos y las arterias tupidas. No somos más tontos porque el día no tiene más horas. Menos mal que todavía, como aquellos galos de Astérix, resisten algunos Bonillas. Volvamos a la felicidad sencilla y cabal: “Camarero, una docena de churros, que no somos nadie”.

Mundo Estrella Galicia

“No queremos ser la cerveza más vendida sino la más amada”

(Estrella Galicia, maestros cerveceros)

 

Al principio reinaban las tinieblas. Todo era un caos. Un inmenso océano de vacío. Un manto de oscuridad lo abarcaba todo. No se habían pronunciado los dioses y nada estaba escrito hasta que surgió una tenue luz, una súbita expansión de burbujas. Los átomos y moléculas se amancebaron y todo se inundó de espuma: había nacido una estrella…Estrella Galicia.

 

Tengo que reconocer que de todas las cosas que pueblan mi universo querido hay dos que siempre me han atraído en grado superlativo. Como buen Octopus y navegante de sueños, una es el mar. La otra son los bares. Siento una especie de atracción fatal por ellos. Siempre he pensado que un pueblo agoniza cuando cierra el último bar y, bien manejada, la variada farmacopea de los bares es una poderosa receta de felicidad o, al menos, de olvido de las preocupaciones. Pues bien, de mis incalculables horas ganadas en una barra o en una terraza de un bar, la mayoría transitaron delante de una copa de cerveza, quizás porque no hay mejor bebida para ver pasar la vida ¿o era la vida pasar?.

 

Entrada al museo

 

España, con su tradición vitivinícola, siempre fue un país “variotinto”. La cerveza tuvo pocos defensores pero los tiempos están cambiando y la espumosa no deja de comerle terreno al vino. En Galicia la difusión y progreso de la cultura cervecera tiene nombre propio: la familia Rivera. Desde 1906, cinco generaciones de esta familia, se han ocupado de fabricar y repartir felicidad embotellada entre los gallegos primero y después en el resto del orbe civilizado -“no beer, no civilization”-, señaló George Will. La familia Rivera continua haciendo historia cervecera y recientemente han inaugurado MEGA, el primer museo de España dedicado a la cerveza. Un museo integrado en la fábrica que poseen en A Coruña.

 

Una de las cubas

 

La última vez que fui a un museo de la cerveza fue al de la Guinness en Dublín y disfruté mucho. En el de Estrella Galicia, con motivo de la IX Xuntanza de Bloggers, lo pasé de pinga. Nos hicieron una visita guiada con posterior comida servida por Boketé Catering & Wedding y armonizada con las distintas variedades de cerveza que allí fabrican.

 

MEGA es un museo moderno. Es interactivo y hay muchas pantallas a las que acceder, de forma personalizada, gracias a una pulsera que te dan en la entrada. Hay gafas 3D, hologramas –genial el del maestro cervecero-. Incluso una máquina te hace una foto para hacer un montaje –literal- que te coloca de piloto de moto GP con publicidad de Estrella Galicia. La foto se envía a tu correo electrónico.

 

Espigas de cebada

 

Podrás ver, oler, tocar y saborear los productos con los que se elabora la cerveza. Te hablarán del agua del Embalse de Cecebre que por su blandura es ideal para la elaboración de este tipo lager de cervezas. Podrás ver, oler y masticar diferentes tipos de cebada malteada. Lo mismo podrás hacer con el lúpulo que le proporciona ese característico amargor a estas cervezas. Verás, dentro de un frasco, la levadura que, además de aportar aromas, es una especial varita mágica que transforma los azúcares en alcohol.

 

La clave del amargor

 

Te explicarán la historia de la familia y, si no es domingo, podrás asomarte a ver la fábrica en funcionamiento. Escudriñarás las sucesivas cubas que van transformando la cerveza, los murales originales de Ángel Atienza incluido su San Arnulfo, patrón de los cerveceros. Admirarás los diferentes envases y etiquetas de las distintas cervezas que han elaborado a lo largo de su ya centenaria historia y, después de este particular nomadeo, podrás catar sus cervezas, ¿alguien da más? Sí, puedes apuntarte a un Taller de Cerveza.

 

Cervezas hay muchas, las hay rubias, morenas, negras y de colorines, pero en este particular firmamento una estrella brilla con luz propia: Estrella Galicia. Con una variedad de estilos y matices dignos de ser “bebidos” en cuenta. Ya sé que las cervezas son muy de abadías pero aquí, en la ciudad herculina, ya tienen catedral propia y yo, por si acaso, ya peregriné. Y no se preocupen, como decía Josep Plá: se mea todo. Amén.

Una cantiga de amor

“Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir»

(Alfonso R. Castelao)

 

La historia que voy a contar es bonita, muy bonita. Es casi una cantiga de amor y de pasión por las cosas bien hechas, sin atajos, sin prisas. Una forma cabal y ancestral de relación con la tierra. Amor telúrico, diría yo. Solo por conocer estas historias valen la pena mis desvelos gastronómicos.

 

Todo partió de una noticia de la que se hicieron eco muchos medios de prensa gallegos y del resto de España: una quesería artesanal de una parroquia de Chantada, con su queso Savel, había conseguido la distinción al mejor queso azul de toda España en el Salón Gourmets de Madrid. El caso es que comencé a investigar lo que me pareció un asunto insólito y fui de sorpresa en sorpresa.

 

Quesos recién hechos (Foto cortesía Airas Moniz)

 

La quesería en cuestión se llama Airas Moniz y está ubicada en el Lugar de Outeiro de la parroquia chantadina de San Salvador de Asma. El nombre de la quesería hace referencia al trovador medieval que vivió en estas tierras de la Ribeira Sacra, bañadas por el Asma, y el nombre del queso es por su amada, a la que dedica sus versos. Detrás de este proyecto están tres benditos visionarios: Ricardo Gómez, Ana Vázquez y Xesús Mazaira. Comenzaron a elaborar quesos hace tres años y, primera sorpresa, ninguno de ellos tenía experiencia alguna en el asunto.

 

Ricardo es ganadero desde siempre y, como tantos otros en Galicia, tenía una granja intensiva de vacas frisonas. En los últimos años comenzó a darse cuenta de que el modelo de producción intensiva lo llevaba a tener que producir cada vez más litros para soportar los enormes gastos y, aun así, tenía menos margen. Decidió abandonar esta paradoja perversa y cambiar radicalmente de modelo: comenzó a traer vacas Jersey desde Dinamarca. Estas vacas son más pequeñas, no padecen enfermedades, empreñan y paren muy bien y además son muy aptas para el pastoreo. Su leche es muy rica en proteínas y grasas y, por tanto, ideal para la elaboración de quesos. Las dedicó al pastoreo, sin ensilado. Cambió la genética y la alimentación de su ganado. Mudó su filosofía.

 

Vacas Jersey

 

Comenzaron a elaborar quesos y la primera idea fue producir los de toda la vida, los del recuerdo y la nostalgia. La magdalena de Proust. El primero fue un queso de pasta blanda con mohos y de corteza comestible. Lo bautizaron como Terra. Pronto ganaron un premio y casi mueren de éxito: por contentar la alta demanda perdieron la cava completa. Aprendieron de sus errores. Ricardo se ocupa de las vacas, Ana, de la elaboración y Xesús, de la maduración y las ventas.

 

El queso ganador, azul Savel, se elabora con leche cruda de vaca Jersey. En palabras de Xesús, “si salen bien, son un espectáculo, pero es complicado conseguirlo”. Sus granos grandes tras pasar la cuajada por el molinillo facilitan el desarrollo del penicillium y el enmohecido. No tienen que pinchar las piezas. En unos días cierran los huecos para que el resultado final no sea demasiado intenso y esté acorde a los gustos de hoy. En dos meses consiguen un precioso queso cilíndrico de 1,5 kg. Con unas vetas entre azul y gris verdoso y el fondo amarillo característico de la pasta procedente de leche de la raza Jersey. En cuanto al sabor, voy a reproducir las palabras de José Carlos Capel, crítico gastronómico de El País y hombre estreñido para los elogios: “Elaboráis un queso azul que parece mantequilla, suave, elegante y untuoso. Soberbio”.

 

Queso azul Savel (Foto cortesía Airas Moniz)

 

En un tiempo en que tantos transitan por la senda equivocada de la industrialización criminal, en la que nuestros mercados languidecen, los ultramarinos de barrio echan el cierre, la cocina de la abuela está derogada y el rural sufre una despoblación salvaje, estos tres resistentes de una aldea lucense, a base de trabajo y pasión, nos alegran la vida y nos señalan que aún hay una esperanza y que no todo está perdido.

 

Ahora es el momento de sentarse en la mesa con una tostada todavía caliente y untarla con el queso Savel y esperar a que se funda un poco mientras descorchamos un Topkaji Aszú de muchos puttonyos -ese vino citado en el himno húngaro-. Nos llevamos la tostada a la boca y cerramos los ojos. Mientras levitamos, damos vivas a la madre que parió a la vaca, a la hierba, al pastoreo, al perro, al ganadero, a la quesera y al afinador. Galicia calidade.

 

 

Su alteza Don Albariño

Ouh miña parra de albariñas uvas/
que a túa sombra me das

(Rosalía de Castro)

 

De esta manera bautizó mi idolatrado Cunqueiro a este blanco gallego de las Rías Baixas. El ilustre escritor mindoniense era tan devoto de estos vinos que le parecía poco el término “alteza” y le agregó el “don”.

 

La historia del Albariño es fugaz, instantánea y de un auge imparable. Hoy los modernos lo calificarían como el boom del albariño. Este vino pasó en cincuenta años de solo tener aprecio comarcal a ser considerado uno de los mejores blancos del mundo. Los grandes grupos vinícolas invierten en su producción en Galicia y sus botellas se exportan a más de setenta países. En este sentido es el paradigma gallego del buen producto y de una forma cabal de hacer las cosas. En esto me recuerda, levemente, al fenómeno Zara. Voy a tratar de explicarlo.

 

La comarca del Salnés y sus alrededores, bañados por la Ría de Arousa, es pródiga en vinos y en escritores, pero estos últimos apenas citan al Albariño. Julio Camba, a pesar de ser un sibarita, no hace ni una sola mención a estos vinos. Valle Inclán los nombra pero pondera sobre todo los tintos. Lo mismo sucede con Ramón Cabanillas cuyas loas se centran en el tinto espadeiro de la zona. Para más inri el Albariño no aparece ni en los cancioneros populares como cabría esperar de un vino y, además, gallego. Nada. Rien de rien.

 

Viñedos de uva albariño, Bodega Corisca en la comarca del Tea

 

Es Álvaro Cunqueiro y José María Castroviejo quienes comienzan a cantar las excelencias del Albariño. Más allá del Padornelo pronto se suma Juan Goytisolo con la particularidad de que al protagonista de su famosa novela “Señas de Identidad” las copas de Albariño le ayudan a desentrañar sus recuerdos. También Vázquez Montalbán con su peculiar detective Carvalho eligiendo un Albariño, entre otros vinos blancos famosos de su bodega, para acompañar un plato. Por último, parece ser que Graham Greene en sus correrías galaicas sentía devoción por el blanco del Salnés.

 

Seríamos profundamente injustos si no hablásemos de los que cultivan las viñas y elaboran el vino y aquí hay que mencionar a Santiago Ruiz y su Valle del Rosal, el Shangri-La gallego. La zona que va desde Tuy hasta que el padre Miño se derrama amorosamente en el Atlántico en una deseada cópula, es de una belleza rotunda, inusitada. Pues bien, en este paraíso del Rosal donde las amorosas manos de las Madres Carmelitas cuidan de su huerto poblado de naranjos y mirabeles, Santiago Ruiz comenzó a aplicar las técnicas modernas de la viticultura y la enología y el Albariño pasó de ser un vino rico pero de andar por casa a ser un gran vino, perfectamente exportable. Curiosa es también la historia de su mítica etiqueta que nació cuando hace más de cincuenta años Isabel, la hija mayor de Santiago, celebró su boda en la finca familiar y decidió dibujar un mapa para ayudar a sus invitados a llegar a la bodega en San Miguel de Tabagón. A su padre le gustó tanto el plano que lo incorporó como etiqueta para sus botellas. Con el invento del GPS es seguro que estos vinos no lucirían la famosa etiqueta.

 

Mapa del Rosal en un Santiago Ruiz

 

Manuel Fraga, desde la política, ha sido otro gran valedor de los Albariños y fue impulsor y asiduo de la famosa Festa do Albariño que se celebra desde hace más de cincuenta años en Cambados y que en las actuales ediciones reúne en la capital del Salnés, a primeros de agosto, a decenas de miles de albariñolovers y otras faunas, que vagabundean desde el mediodía hasta la madrugada con su catavinos de caseta en caseta. A Don Manuel cuando le preguntaban siempre contestaba lo mismo con su tono autoritario: “El Albariño es el mejor blanco del mundo. Y punto.”

 

Hoy en día se elaboran unos excelsos blancos en Galicia y que no tienen nada que envidiar a los grandes vinos del mundo y el Albariño de las Rías Baixas ha sido la locomotora que ha tirado de las otras uvas gallegas. En palabras del gran Caius Apicius ha sido el origen del “big bang” del vino gallego moderno. ¡Boooom!.