Melocotón loco

“Eres mi melocotón loco; suave por fuera y loco e impenetrable por dentro”

(Megan Maxwell)

 

El verano es tiempo de calor y poca ropa y pide terrazas y chiringuitos. En nuestro país hay terrazas, muchas terrazas. Al Octopus, que transita de isla en isla y de playa en playa, huyendo de la estabulación, le gustan las terrazas con vistas al mar. Las colecciona y las fija en sus recuerdos en el área cerebral hedonista, subárea “felicidad probable”. Hay un chiste que circula por ahí que viene a decir que la felicidad depende de las pequeñas cosas: una pequeña fortuna, una pequeña mansión, un pequeño yate… En lo que están de acuerdo los expertos es en que para ser felices llevamos mucho adelantado si somos capaces de disfrutar del día a día, de los momentos y situaciones placenteras. Según Buda, no hay un camino a la felicidad: la felicidad es el camino. Yo así lo creo. De lo que hay al final del camino no hay certezas. Para Sócrates, el secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad de disfrutar de menos.

 

Todo verano tiene su canción aunque a mí apenas me gustan algunas de Georgie Dann, sobre todo “El Chiringuito” y “La Barbacoa”. En el caluroso verano, de cinco prendas o mejor tres si desechamos los prescindibles calcetines, es importante combatir la deshidratación y para ello, si exceptuamos la cerveza, el champagne o un buen blanco –el tinto es para otras estaciones y otras comidas- nada mejor que la fruta. El periodo estival viene marcado por las frutas. En los albores del calor se nos ofrece la cereza, que le da un tono vivo a los árboles, antes fue una fiesta blanca, impoluta. Las brevas, que al final del verano son higos en algunas higueras multíparas. Cuando están maduritos, lo mejor es gozarlos al natural, como la lidia, para que nos dejen en la boca su exótico toque a miel. Las sandías y los melones son otra forma muy agradable de hidratarnos que nos ofrece el verano. De estos últimos son famosos los del pueblo madrileño de Villaconejos, donde incluso cuentan con un museo de este jugoso manjar. Pueden tomarlo de postre, entre comidas si tienen sed, o de entrante acompañado de jamón. Las peras, ciruelas y albaricoques también acompañan al verano.

 

Si tengo que elegir una fruta de verano yo me quedo con el melocotón y sus variantes (pavía, paraguayo, nectarina y la reciente platerina). Su producción ocupa todo el verano. El árbol es la Prunus Pérsica, y la fruta se denomina melocotón en España y durazno en Hispanoamérica. Auténtica delicatessen es el melocotón embolsado de Calanda. Con denominación de origen, se le mima desde el campo. Se aclara en el árbol y se estucha dentro de una bolsa de papel parafinado durante los últimos dos meses, lo que garantiza que no entre en contacto con ningún producto fitosanitario ni con agentes externos. El resultado es un melocotón sano y limpio, que en boca se aprecia dulce, consistente y carnoso. Su tonalidad varía entre el amarillo crema y el pajizo. Sin igual. Caro, pero merece la pena. Es tardío y se comienza a recoger en septiembre. Yo nunca falto a la cita.

 

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Melocotón de Calanda, exquisito aroma y sabor

 

En un lejano día de septiembre de 1819 John Keats escribe a un amigo:

 

“Y hablando de placer, hace un momento, mientras con una mano te escribía, con la otra me llevaba a la mano un melocotón… Dios mío, qué bueno. Se me deslizaba por la lengua, suave y carnoso, aterciopelado, rezumante; la deliciosa madurez se me fundía garganta abajo como una gran fresa beatífica. No cabe duda de que engendraré”.

 

En la ciudad sin automóviles, la de los puentes y los suspiros, de las góndolas y los besos furtivos, de los olores putrefactos. En la ¿ciudad? del aleteo de las palomas tras el sonido de las campanas de San Marcos pervive un local mítico, frecuentado en su día por Orson Welles, Chaplin, Truman Capote y el omnipresente Ernest Hemingway. En apenas cuarenta metros cuadrados, el Harry`s bar ha pasado a la historia por inventar el carpaccio y el cóctel Bellini. Fue Giuseppe Cipriani, dueño del Harry´s bar en el año 1948, quien le dio nombre a esta bebida, especialmente pensada para momentos románticos y elegantes. Su nombre es en honor al pintor veneciano y renacentista del siglo XV Giovanni Bellini por su especial color rosado, que le recordaba a Cipriani el color de la toga de un santo de su pintura.

 

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Cóctel Bellini servido en el Harry`s bar

 

 Hagan zumo de melocotón (variedad pavía en el original) y viertan una parte en una copa de champagne. Con sumo cuidado verter dos partes de prosecco. Remuevan brevemente con una cucharilla larga hasta que la mezcla esté acabada. Esta es la receta original, pero pueden sustituir el espumoso italiano por champagne (la mayoría lo hacen) que no tiene por qué ser del mismo Reims, ya que la burbuja gruesa lo mantiene mejor. Lo bueno del Bellini es que sirve para comenzar y para acabar cualquier ágape y es de bajo contenido de alcohol. El problema del Bellini es que hay que tomárselo de inmediato (y pedir otro más), ya que pasados tres minutos, el zumo de melocotón se oxida y deja de hablarse con el espumoso. Pueden adornarlo con un gajo de melocotón en el borde. Un último consejo: la temperatura tiene que ser gélida, que no fría.