Restaurante Paprica

“La tarde entra de pronto en la cocina, enloquece en
el cobre, hace gloriosa la herrumbre de las madres”

(Antonio Gamoneda)

 

Con una trayectoria consolidada desde su inauguración hace una docena de años, Paprica es una oferta más que interesante en Lugo. Su cocinero y propietario, Álvaro Villasante es un autodidacta -a él le gusta el término cocinero de la calle- que se formó con maestros de la talla de Ramón Freixa, Sergi Arola u Óscar Sabaté. Su cocina la podríamos definir como creativa y fuertemente marcada por la estacionalidad y la temporalidad. Sus platos con frecuencia hacen guiños a la cocina de fusión sobre todo a la cocina japonesa y peruana.

 

Restaurante Paprica (Lugo)

 

Conocí Paprica hace tres años en una reunión de blogueros gastronómicos que se celebró en la ciudad de las murallas. En aquella ocasión, Álvaro nos sirvió unos entrantes que definió como “nikkei con sabor a ría”. En este punto hay que aclarar que la cocina nikkei surge del mestizaje culinario de los japoneses emigrados al Perú. Esos entrantes consistieron en una tempura de ortiguillas y jengibre, un niguiri de erizo y bonito en “aguachile” cremoso, California verde y maki de atún. Me llamó poderosamente la atención el uso de la ortiguilla o anémona de mar. Era la primera vez que me las servían en Galicia donde, paradójicamente, son muy abundantes. Ninguno de mis compañeros conocía este producto. Ortiguillas que, bien fritas, nunca faltan en mi dieta cuando viajo a Sevilla y Cádiz y poseen un sabor yodado y profundamente marino que, a mí, me flipa. Después nos sirvieron una muy buena sopa ramen con huevo de Vilane, una xarda asada con setas escabechadas, un taco de costilla con manzana del país y una torrija “Quintián” en esponja. Buena selección de vinos gallegos donde destacaba un insólito tinto de nombre La Denostada, elaborado con uva garnacha de la zona de Quiroga.

 

Merluza con fabas frescas y setas

 

Recientemente acudí por segunda vez a Paprica acompañado de la Octopusita y de mi perrito Pepo. Álvaro me dijo que, si el perro se portaba bien, podía acompañarnos. Algo muy de agradecer y Pepo se portó como un campeón. El cocinero nos comentó que tenía dos perros en su casa. El local está situado dentro de murallas, en la calle Noreas, y cuenta con una barra a la entrada que con su carta de bar es perfecta para un tapeo informal entre amigos. Allí disfrutamos de una cerveza y una tapa de tortilla de cortesía. Por un pasillo, desde el que se divisa la bodega y la cocina, se accede a un comedor de decoración minimalista y mesas separadas, donde lo primero que llama la atención es el amplio ventanal del fondo que da a una terraza, practicable con buen tiempo, y con vistas a la muralla. Allí, en una mesa del fondo, y viendo a los viandantes pasear por el monumento Patrimonio de la Humanidad, nos sentaron. A Pepo le trajeron una mantita y un plato con agua.

 

Cordero asado con arroz

 

Nos sirvieron, de cortesía, una sopa con mejillones, pasta, setas y verduras que nos asentó el estómago. ¡Qué ricas son las sopas bien trabajadas! Continuamos con unos mejillones con hierbas provenzales plenos de sabor. Como platos principales nos decidimos por una merluza de Burela y del pincho con fabas frescas y setas. Magnífico plato con sabores del otoño lucense. Para finalizar la parte salada, cordero asado con arroz, un chisco picante. Platazo. Aquí se aprecia perfectamente la técnica del cocinero con un arroz seco, impecable. Probablemente acabado en el horno, que tiene su dificultad. El punto del arroz, perfecto. El cordero, una buena pieza, impecable. Tierno y jugoso. Creo que estaba cocinado a baja temperatura durante horas y horas y acabado al fuego. Repito, gran plato. De postre una peculiar tarta Sacher. Correcta pero menos interesante que la parte salada. Esta vez no tomamos vino porque había que conducir, solamente un par de cañas.

 

Álvaro Villasante se consolida como un cocinero con oficio y técnica en un espacio donde se hace una cocina de paisaje, de naturaleza cercana y con guiños al mestizaje y a la modernidad, en una ciudad maltratada por las guías gastronómicas pero que tiene buenos restaurantes que ponen en valor el magnífico producto de la tierra. Volveré con Pepo.

 

Spanish chorizo

“No tengo clavos para colgar tanto chorizo”

(¿Director de Alcalá-Meco?)

 

En mis periódicos nomadeos por los supermercados británicos es fácil que encuentre este producto muchas veces etiquetado con una banderita española. De alguna forma es un fugaz viaje de vuelta a casa, una cura para la morriña.

 

El chorizo es, sin ninguna duda, el rey de los embutidos españoles y su fama ha traspasado ampliamente nuestras fronteras hasta el punto de que algunos piensan que se lo añadimos a todos los platos. En su primer viaje espacial, en 1998, el astronauta Pedro Duque llevó en su equipaje un chorizo de León. Nunca un chorizo llegó tan alto. Alejandro Dumas, que además de escritor era un tragaldabas incorregible, en su viaje por España en 1846 señala que “en todas las casas respetables de España se elaboran tantos chorizos como días tiene el año: 365 piezas para el consumo familiar y 50 más para los días que hay huéspedes”.

 

Chorizo patatero extremeño

 

El origen del chorizo está íntimamente ligado a la matanza del cerdo, una de las tradiciones gastronómicas, festivas, culturales y hasta religiosa más arraigadas en las sociedades rurales y mediante la cual las familias se abastecían de carne para todo el año. El cerdo se cuidaba en casa hasta que con la llegada de los primeros fríos era sacrificado. Ya desde el siglo XVI tenemos noticias de este embutido: Se menciona en el «Guzmán de Alfarache» de Mateo Alemán y en «La tía fingida» de Cervantes y el «Diccionario de Autoridades» nos dice que el chorizo es “un trozo corto de tripa relleno de carne picada, regularmente de puerco, adobada con especie, que se cura al humo para que cure”. No obstante, estos primeros chorizos eran paliduchos y anémicos. Les faltaba algo…

 

Este método de curado por ahumado era lento y engorroso y va a sufrir una profunda transformación a partir de la difusión del pimentón. Esta evolución del chorizo incluso está representada en una obra de Bayeu. Se cuenta que el prolífico, cornudo y glotón Carlos IV en una de sus salidas de caza y entrándole gusa, probó los chorizos de Candelario que vendía el tío Rico. Quedó tan complacido que le nombró proveedor de la real casa y por eso lo retrató Bayeu sosteniendo una ristra de chorizos. Esos chorizos tienen el tono rojizo característico del uso del pimentón por sus propiedades conservadoras y organolépticas. A partir del primer tercio del siglo XIX con la aparición del pimentón murciano primero y el extremeño después se generaliza su uso en estos embutidos. Habla muy mal de nuestra capacidad para vendernos que en el extranjero haya que usar la palabra de origen húngaro paprika para referirnos al pimentón.

 

«El chorizero» de Bayeu, expuesto en el Museo del Prado (sala 94)

 

La elaboración de chorizos se extiende por toda la geografía española con numerosas variantes. El gallego suele ser en ristras y frecuentemente ahumado Hay una variante con cebolla llamado “ceboleiro”. El leonés se cura al frío y la forma de presentación más característica es en herradura. En Extremadura y Salamanca hay mucho chorizo ibérico cular y a destacar la patatera extremeña que, como indica su nombre, lleva patata. El chorizo navarro en forma de vela y que fue el primero en industrializarse. La herradura riojana… Todas las comarcas tienen su chorizo. ¿El mejor? El de la casa de cada uno.

 

El chorizo no es solo esa cosa rojiza y alargada que se emplea para hacer bocatas o como tapa. Es mucho más y su uso, como ingrediente, en muchos platos de la culinaria española, lo convierte en un suculento comodín. Es un actor destacado en los cocidos. Nunca falta en una buena fabada ni en esa maravilla que son las patatas a la riojana. Forma parte de los duelos y quebrantos manchegos del Quijote. Los chorizos a la sidra, las lentejas con chorizo, las migas con chorizo y ese plato de huevos con chorizo que debería de ser obligatorio servirlo bajo palio. Se puede freír, cocer, asar o tomar en crudo.

 

De levitar y levitar

 

En mi frecuente transitar en busca de la excelencia he encontrado muchos chorizos sublimes como aquellos que hace muchos años compré en una casa particular en la localidad soriana de Vinuesa. El chorizo zamorano que siempre me regalaba mi tío Julio en sus veraneos coruñeses. El que partía mi tío Víctor en su casa salmantina -era su deporte preferido-. La patatera extremeña que compré hace poco en mi viaje de vuelta de Cádiz o las ristras de chorizo gallego -exquisitos collares- que siempre adornan mi despensa.

 

El chorizo es, en definitiva, un producto genuinamente español que nos habla de nuestras raíces familiares más profundas. Una maravilla como tantas otras que pueblan nuestras despensas y cocinas y que, a veces, no les damos la importancia que realmente tienen.

Galicia caníbal

“Safaris do porco, filloas de sangue, Galicia embutida” 

(Os Resentidos)

 

Cerdo, puerco, cochino, marrano, chancho, gocho. Todas estas palabras, en la lengua de Cervantes, sirven para llamar a este totémico animal que en Galicia engalana las mesas en las calendas carnavalescas. No deja de ser curioso el carácter peyorativo de estos nombres cuando el cerdo ha sido -y es- el animal que más ha contribuido a nuestra felicidad, sobre todo en su vertiente material. Animal del que, por otra parte, Darwin se sentiría más que orgulloso: come de todo y su orgasmo dura más de treinta minutos ¡Wow!

 

El cerdo no deja indiferente a nadie. Hay comunidades que lo aman mientras que otras lo odian. Para los judíos y los mahometanos es un animal impuro: nein, niente, forbidden, proscrito. No deja de ser una curiosa paradoja que el cocido en España, que es la evolución de la olla podrida -olla poderida, poderosa- de nuestro Siglo de Oro, tenga su origen remoto según unos en la adafina sefardí y según otros en el Sinhayi bereber. El erudito Alfonso Abad, a la vista de las últimas investigaciones, se inclina por esta última teoría y, en este sentido, lo considera un plato de origen andalusí aunque lo que cocían era legumbres, verduras y carne de otros animales. Sea como fuere, para cocer alimentos es necesario disponer de una olla con tapadera. La olla la inventan los griegos y le llaman caccabus y los romanos generalizan la tapadera: miel sobre hojuelas. ¡Ya podemos inventar el cocido!

 

Sinfonía de sabores

 

Cuando se acerca la entronización del alegre dios Momo, que en la mitología simboliza la ironía y el sarcasmo, los gallegos nos dedicamos, con ahínco, al cocido. El cocido gallego es una hipérbole, una desmesura, una puta epifanía de sabores, olores y texturas rayando el delirio. El desafío total. Receta antigua, es antídoto de minimalismos, esferificaciones y demás pamemas. Es un plato que cuanto más nos servimos más parece que queda en las bandejas. Exige calma y una prolongada estancia en la mesa. Nada de siestas. Es, además, un plato para la socialización: ya de prepararlo, que sea para un grupo numeroso de comensales.

 
 

El perfecto telonero

El cocido gallego es un difícil ejercicio de logística y de hidráulica en su vertiente de trasvase de fluidos. Un buen cocido, para hablar la lengua de Rosalía, lleva garbanzos, las patatas que no pueden faltar en Galicia y los míticos grelos, ese desengrasante galaico y antídoto de colesteroles y demás grasas. De carne de cerdo lleva casi de todo: lacón, espinazo (soá), tocino veteado (de febra), rabo, costilla, manos, lengua y cachucha (cachola o cacheira, según zonas), en ese caleidoscopio de sabores que, además, es envidia de las máscaras venecianas. No pueden faltar los chorizos frescos, bien de carne, bien ceboleiros o ambos. Puede llevar butelo o androlla. En el apartado de otras carnes se le suele premiar con jarrete de ternera y una gallina que, debido a su escasez, no pocas veces es sustituida por su hijo. Aunque solo sea por la enjundia que estas otras carnes le dan a la sopa -ese mágico telonero que prepara el estómago para lo que se le viene encima- ya justifica su presencia. Se suele acompañar de un buen Mencía de la tierra, pero si es usted un heterodoxo, no le reprocharé que se sirva de un Amontillado. Eso sí, no es plato para hipsters amantes de la espumosa.

 

Como todo lo que vale la pena suele desarrollar ortodoxias y manías varias, hay que avisar, a navegantes despistados, que Galicia es un microcosmos dentro de un macrocosmos. Aquí nos organizamos por parroquias, con diferentes políticas culinarias. Hay que desterrar purismos y anatemas. En el cocido gallego no hay vuelcos, ni falta que hace. Todo se presenta a la vez y se confía en el paladar del parroquiano y el ejercicio de su libre albedrío: su disfrute consiste en una sucesión de platos, combinados por el propio comensal.

 

Aquí con hambre no se queda nadie

 

Estamos, pues, ante un plato cabal, sin atajos ni regateos. Una forma de hacer las cosas sin prisas -una mañana para prepararlo y una tarde para intentar su desaparición. Y de la digestión ni les cuento…-. Sin trampantojos ni onirismos. Aquí todo es real, casi metafísico. Tampoco es plato para restaurantes de postín. Inútil dar direcciones ya que todos conocemos una casa de comidas, un bareto o una casa de aldea donde lo bordan.

 

Al cerdo lo han intentado desprestigiar de muchas maneras, incluso con el cuento de la medicina y la vida sana. No se lo crean. El cerdo si se ha llevado alguna vida, que lo dudo, ha salvado muchas más. Se trata de un animal benéfico que también nos ha regalado sonrisas en nuestra infancia: Porky, miss Piggy -la encantadora enfermera de los teleñecos-, el valiente Babe, Wilbur o los Tres Cerditos así lo atestiguan. Ya solo nos queda despedirnos tras una orella y una filloa: ¡Esto es to…esto es to…eeeesto es todo, amigos!

 

 

 

 

 

Galicia y las vacas

¿Cómo es posible que no tengan steak
tartar de ñu del Serengueti?

(Foodie en un restaurante de fusión)

 

Luismi Garayar es un carnicero ilustrado que sirve la carne de vacuno en las mesas de postín y en asadores y restaurantes “estrellados” del País Vasco y Francia. Pocas personas conocen como él los secretos de las mejores carnes de terneras, novillos, cebones, vacas y bueyes. En una ocasión David de Jorge en su programa de televisión Robin Food le preguntó por la mejor carne de vacuno del mundo y contestó, sin ningún género de duda, que la carne gallega. Vino a decir que hay muchas carnes buenas pero que en ningún sitio se cuida a las vacas como en Galicia. Se las cuida, se las quiere, se las mima y se las llama por su nombre. Son de la familia y crecen bien alimentadas por el maíz y los pastos de nuestra tierra. Pasan una existencia feliz y esto, amigos, es más importante de lo que puedan pensar.

 

Luismi ha hecho más de mil viajes a Galicia. Transita semanalmente al matadero de Bandeira donde selecciona la mejor carne. Sus lomos y solomillos son puro espectáculo de una textura y jugosidad inigualable y con una grasa infiltrada que es deleite perfumado. Cuenta que en cierta ocasión, viendo vacas en una casa de aldea, encargó unas de seis años que le ofrecieron. Observó que había una apartada que parecía muy vieja y preguntó por su edad. “Treinta años”, le respondió el paisano. Inmediatamente Luismi le dijo que estaba dispuesto a pagar por ella lo que le solicitase. El hijo del dueño, que hasta entonces había permanecido callado, saltó como un resorte y le espetó: “Esta vaca se muere aquí”. No era posible ningún trato; la familia no se vende.

 

Raza Cachena, autóctona de Galicia

 

Siento un gran respeto por las personas que opinan que debemos de alimentarnos exclusivamente de vegetales pero yo soy partidario de la variedad y de ampliar horizontes y la carne de vaca vieja o de buey es una cosa seria. El buey, aparte de escaso, está ciertamente mitificado y lo que nos venden a treinta euros como chuletón de buey es siempre vaca. Es una carne más fuerte que puede asustar a los paladares menos acostumbrados y aunque tiene más prestigio, no hay nada que lo justifique. En algunas catas entre expertos la vaca ha triunfado ante su homónimo masculino y Luismi lo tiene claro: “la vaca no engaña, es más elegante, más sabrosa. La vaca vieja es el mejor producto”. Sea como fuere, es una discusión bizantina. Lo más importante es el origen, la alimentación y el cuidado con la parrilla.

 

Decía nuestro ilustre paisano Julio Camba que la primera vez que llegó a París vio el buey más hermoso de Francia paseado por los bulevares: “Era el boeuf gras del Cotentin y tenía esa estupidez imponente de todas las razas puras, esa imbecilidad majestuosa de todas las genealogías ilustres”. En Galicia tenemos unas razas autóctonas maravillosas. Aparte de la Rubia están la Cachena, Caldelá, Frieiresa, Limiá y Vianesa y no tienen cara de imbéciles, si acaso adoptan una pose filosófica y melancólica. Son un tesoro que estuvimos a punto de tirar por la borda, a un tris de su extinción. Se salvaron gracias a algunos ganaderos románticos que apostaron por ellas. Sean visionarios o últimos mohicanos, se hace necesario ayudarlos. Las instituciones racanean y nosotros si queremos apoyar su lucha, solo tenemos que comérnoslas. Fácil y agradable.

 

Vacas pastando en los prados gallegos

 

Hay que apostar por la calidad y seguir minuciosamente al animal desde su nacimiento hasta que es sacrificado. Deberíamos de informar y enseñar el asunto de las maduraciones. En el Reino Unido, a donde viajo con frecuencia, todos los envases con cortes de vacuno lo indican. Tenemos un maíz excelente y los animales son felices en nuestros verdes prados. Es el mejor producto y hay que mimarlo y cuidarlo. Defendamos lo nuestro y olvidémonos de humildades, complejos y demás gilipolleces. Repito, no tenemos nada que envidiar a nadie, ni siquiera a los nipones y su Kobe. Me gustan nuestros productos y nunca entenderé por qué lo exótico, solo por serlo, ha de ser mejor que lo nuestro.

 

En Galicia siempre se ha consumido ternera y la carne asada con sus patatitas es un clásico irrenunciable pero hay vida más allá de la juventud del animal. Un steak tartar o un buen chuletón de vaca vieja de nuestra tierra, ya sea de lomo alto o bajo, hecho en una buena parrilla con nuestro punto preferido y simplemente salpimentado es algo glorioso y digno de ser contado y cantado… ¡Muuuu!

Los maragatos y una receta

Las penas son de nosotros/
las vaquitas son ajenas/
y prendido a la magia de los caminos/
el arriero va…el arriero va…

(Atahualpa Yupanqui)

 

Antes de que nos invadieran asfaltos y raíles, el transporte de mercancías desde la costa al interior, y viceversa, se hacía con la ayuda de animales de tiro. En Galicia tuvieron una importancia vital los maragatos que durante muchos años aseguraron el comercio con Castilla. En un primer momento utilizaban recuas de mulas y con la mejora de calzadas y cañadas empezarían a usar carromatos. Habían nacido los míticos arrieros maragatos. Eran casi errantes y nómadas, como los beduinos pero sin camellos, y tenían fama de ser gente seria, laboriosa y honrada. Alguien en quien confiar. La casa de la tribu era de piedra con un gran patio central para resguardar mulas y carromatos. La entrada se hacía a través de un gran portón que todavía hoy se conserva en los pueblos de la comarca con capital en Astorga.

 

En su continuo transitar los arrieros maragatos cargaban en los puertos gallegos y especialmente en el puerto coruñés pulpo seco, bacalao salado, congrio, arenques y sardinas ahumadas y se traían legumbres, aceite, sal y pimentones. Como es lógico suponer, la alimentación se basaba en lo que cada cual llevaba en las alforjas o de lo obtenido de los trueques en los grandes mercados y ferias de los pueblos por los que se movían.

 

Arrieros maragatos

 

Cuenta la leyenda que en estas ferias, donde coincidían los arrieros para hacer sus tratos, cada maragato llevaba un pedazo de carne sujeto con una cuerda y en el otro extremo llevaba apuntado el nombre de su dueño. Se introducían en el caldero comunitario donde el cocinero se encargaba de cocinarlo. Para hacerlo más sabroso le añadían los productos de los que disponían, en este caso aceite, pimentón y sal. Así nació la carne ó caldeiro que tendría el mismo origen que el pulpo á feira. Ambos platos triunfaron, y de qué manera, en tierras galaicas. El origen por tanto es maragato aunque sea un plato producto de la aplicación de recursos disponibles, como tantos otros. Es curioso comprobar que estas dos recetas, muy parecidas, conforman el núcleo principal del menú de las fiestas de Lugo por San Froilán.

 

La llegada de los medios de transporte modernos, especialmente del ferrocarril, acabaron con esta forma de vida pero sus recetas aún perduran. Muchos maragatos continuaron con el comercio fundando ultramarinos en las ciudades por las que transitaban y dándoles especial importancia en sus establecimientos a los productos que transportaban en su antigua forma de vida. Casi enfrente de mi casa hay uno de ellos en donde compro un magnífico bacalao, aceite, pimentón, el compango de la fabada y más de tarde en tarde, verdinas o unos Nicanores de Boñar.

 

Exquisita carne ó caldeiro

 

Para la receta de la carne ó caldeiro es importante elegir una buena pieza de ternera, siendo lo más habitual emplear falda o morcillo aunque haya más cortes aptos para la ocasión. En poco aceite doramos la carne con el fuego a punto de arrebatarse. Cuando se ponga morenita, añadimos agua -huelga decir que esto último hay que hacerlo con cuidado para no acabar en urgencias con quemaduras de un cierto grado- y el necesario unto. Cuando la carne comience a estar tierna, añadimos las patatas en forma de cachelos y rectificamos el punto de sal. Dejamos cocer hasta que se hagan, lo que debe coincidir con el momento en que la carne esté tierna y gelatinosa. Servimos en una fuente con un poco de caldo de la propia cocción. Dejamos caer un orballo de pimentón y rociamos con un buen AOVE. No me pregunten por el tipo de pimentón, depende de si les gusta o no el rock&roll. No les reprocharé que lo sirvan en los platos de madera como si de pulpo á feira se tratase.

 

Los maragatos fueron de los primeros pobladores de La Patagonia donde fundaron varias ciudades y el traje típico de La Maragatería tiene muchas similitudes con el de gaucho, pero esto es ya otra historia.

Los domingos hay callos

Pedí amor y me sirvieron callos
fríos a la moda de Oporto

(Fernando Pessoa)

 

No era de mucho comer el poeta lusitano: tabaco, café y, sobre todo, aguardiente, solían propiciar más sus musas poéticas (ya sabemos que estas sólo de tarde en tarde se insinúan y luego, se van con otro), pero tuvo la genial intuición de comparar el amor con un plato sublime: los callos a la manera de Oporto. Lamentablemente se los sirvieron fríos. Ese día Pessoa no era Pessoa, sino Álvaro Campos, uno de sus heterónimos más conocidos –ingeniero, anglófilo y homosexual-. Álvaro Campos, que era apasionado, irónico y elegante, miró los callos que acababan de servirle con recelo y, acercando su monóculo al ojo derecho, los probó y advirtió con disgusto que estaban fríos. Recordó entonces su última aventura amorosa fallida y la comparó con la frialdad del plato. El amor debería ser un plato en su punto, caliente. Bien sabía el poeta del desasosiego que el amor frío no es amor. A los callos les sucede lo mismo, es un plato para degustar caliente. Lo de los domingos es aportación galaica.
 

 

Fernando Pessoa, enigmático genio portugués

 

Este plato, como otros muchos de casquería, es antiguo. Ya en 1599 en el libro «Guzmán de Alfarache» de Mateo Alemán, menciona el plato de callos como “revoltillos hechos de las tripas, con algo de los callos del vientre”. Serían los callos a la madrileña, que nacidos en las míseras tabernas, acabarían en los más prestigiosos restaurantes como en el menú del Llardy, ya en pleno siglo XIX. Variantes de este plato se encuentran en diversos países: los mondongos de muchos países sudamericanos, las citadas tripas a la manera de Oporto, características de esta ciudad y que hacen que sus habitantes reciban el sobrenombre de tripeiros. En Francia las tripas de Caen, al estilo bretón o a la provenzal. En Florencia las degusté en el mercado de San Lorenzo y sin salir de la bota italiana, atravesando el Tíber hacia el Trastevere .
 
Los callos se elaboran con el estómago de los rumiantes, fundamentalmente ternera o vaca, a los que se suele añadir pata y algunas veces morro. Se sirven calientes en cacerola de barro y acompañados de rodajas de chorizo y jamón entreverado, y morcilla si son a la madrileña. Es fundamental el lavado minucioso. La cocción es lenta, tediosa y llevan pimentón y especias (clavo de olor, laurel, nuez moscada, tomillo, romero). En Galicia nunca faltan el pimentón y el comino: además, a diferencia de los madrileños, llevan garbanzos que sienten amor a primera vista con la gelatina de las vísceras. En Sevilla y Cádiz se les llaman menudo (pronúnciese “menúo”) y los he degustado en sus dos variantes, con y sin garbanzos.

 

Unos callos bien hechos no tienen rival

 

 
En la tierra de Rosalía se suelen servir de tapa dominical. Es costumbre antigua, y quiero entender que nos indica que unos buenos callos son una auténtica fiesta (ya mi admirado Abraham García decía que el secreto de la casquería era vestirla de fiesta). Picadillo escribía, no sin cierto recochineo, de los letreros de las tabernas gallegas que nos anunciaban: “Ai callos los domi Gos” o bien, “todos los domin gos cayos”. El orondo alcalde, escritor y gastrónomo nos dejó además, una receta del plato que nos ocupa: “Se agrega a la cazuela, tres cebollas, dos cabezas de ajo, un buen ramo de perejil y un trozo de tocino. Cuando estén tiernos, se pisan en el mortero con un buen trozo de miga de pan, echando la salsa para que se empape bien. Se reduce todo a pasta y cuando los callos estén tiernos y las manos se desprendan con facilidad de los huesos, se les pone el espeso preparado, unos cuantos garbanzos deshechos, garbanzos enteros y cocidos aparte y trozos de buen chorizo. Se sazonan los callos con pimienta, nuez moscada, un punto de clavo de especia y muchos cominos, añadiéndoles también un poco picante, y a la media hora de cocer todo reunido, se sirven”.

 
Hay muchos bares y restaurantes que hacen buenos callos. Todos tenemos nuestra lista, incluso una lista de la memoria, con aquellos establecimientos ya desaparecidos. No les voy a dar direcciones, sería agotador. Al Octopus le gustan mucho los callos y no los discrimina por su origen geográfico. Los ha probado magníficos a orillas del mar y de los ríos, incluso en tierras de secano. Le gustan melosos, elegantes, en su punto, con sabor, si pegan los labios, mucho mejor. El pan es un complemento necesario de unos buenos callos, ya saben, igual que en el amor, aquí hay mucho que mojar. Rían, disfruten, beban y follen, que en el valle de Josafat siempre es domingo. Una de callos.