Blues alimentario

“La industria alimentaria es una mafia criminal”

(Carlo Petrini, fundador del movimiento slow food)

 

La cocina es cultura ya que forma parte de la sabiduría acumulada por una determinada sociedad a lo largo de los tiempos, a lo largo de los siglos. Hay quien opina que incluso puede llegar a ser un arte ya que se adentra en el terreno de las emociones, de la creatividad e incluso en el de la belleza estética. La cocina también es memoria y eso lo sabía muy bien Proust cuando nos hablaba de su magdalena y en este sentido nos aproxima a la felicidad cotidiana como casi nada en nuestra existencia. Sea como fuere, no debemos olvidar que antes que nada, su función básica es alimentarnos y en este sentido debemos de ser éticos, o morales si lo prefieren. Tenemos que ser combativos si no queremos que, en un futuro no muy lejano, todo nos sepa a plástico y nuestro cuerpo se expanda sin límites en un siniestro Big Bang metabólico.

 

Los últimos datos estadísticos que manejamos sobre salud en España nos hablan de que un 20% de la población adulta es obesa y más de la mitad luce sobrepeso y lo que todavía es más preocupante es la situación infantil: hay un 40% de tasa de obesidad y solo un tercio de nuestros niños comen fruta diariamente y el 90% no disfruta de la verdura. Estamos a la cabeza de Europa en este siniestro ranking y muy por encima de países que nunca han tenido acceso a la famosa dieta mediterránea. En Galicia los datos son aún peores.

 

La omnipresente comida rápida

 

En España tenemos de todo. Somos el primer productor de aceite de oliva, cultivamos y exportamos ingentes cantidades de fruta y verdura y podemos cocinar casi cualquier alimento sin necesidad de adquirirlo fuera, pero la realidad es que hemos abandonado nuestra antigua dieta, nuestra forma ancestral de comer y de ser. Efectivamente, la dieta mediterránea ya forma parte del pasado y su desaparición no es precisamente reciente. Fíjense en lo que escribió el gurú de la boina –Josep Pla– en 1972: “La cocina ha decaído en todas partes. En definitiva, todo se ha industrializado. El gusto de las cosas es otro. Se han envasado las mercancías y los platos más inverosímiles en virtud de procedimientos químicos más o menos recreativos, pero crematísticos, espeluznantes. La cocina como arte de lentitud, paciencia, moderación y calma va de capa caída”.

 

El escritor ampurdanés, que, aparte de ser el profeta de la dieta mediterránea, era el sentido común debajo de una boina, puede decirlo más alto pero no más claro: cada vez comemos más mierda plastificada. La comida, por desgracia, ha dejado de ser el paisaje en un plato.

 

La alternativa dieta mediterránea

 

El asunto se antoja difícil de solucionar ya que los intereses económicos que hay detrás son brutales. El 80% de las semillas en el mundo pertenecen solo a cinco multinacionales y los alimentos que consumimos los adquirimos, en su mayoría, en grandes cadenas de alimentación con sus estanterías bien cargaditas de delicias convenientemente plastificadas, platos precocinados, ignotas salsas, leches y yogures modificados, dudosas margarinas, sopas de incógnito en sobres, panes cuadriculados, mil tipos de dulces y galletas industriales y bebidas azucaradas, muchas bebidas azucaradas. Son los siniestros lineales del tránsito hacia las lorzas, los michelines y la enfermedad.

 

Al presupuesto de alimentación en los países más o menos desarrollados hay que añadir el de toda una industria dedicada a combatir la obesidad y que ya casi alcanza las mismas cifras de negocio. Tampoco sirve para nada, ya que la única forma de revertir la situación sería un cambio en el estilo de vida llevando una dieta saludable, haciendo ejercicio y huyendo de la peste plastificada. El círculo vicioso perfecto para el consumidor consumido.

 

La realidad es que nuestros mercados languidecen, los ultramarinos de barrio echan el cierre, la cocina de la abuela está casi derogada, la comida ha dejado de ser un elemento de sociabilidad y tolerancia, los comedores infantiles carecen de nutricionista y los niños, cuando vuelven del colegio, solo encuentran galletas, bollos, chuches y bebidas carbónicas. Las prisas nos ahogan y el culo lo tenemos pegado a una silla mientras dirigimos la mirada hacia una pantalla. Transitamos en la dirección equivocada y acelerando. Fast, fast, fast. ¡Merde alors!

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