Dos pollos

“Andrea, coño, cómete el pollo”

(Belén Esteban)

 

Hasta hace relativamente poco tiempo, la mayoría de los pollos, gallos y gallinas, especialmente en las aldeas, llevaban una vida que podíamos calificar de feliz. Sueltos al alba en el corral o en la era, pasaban el día en libertad, en un ambiente que se correspondía con sus instintos y colmaba sus necesidades. Salían al campo y escarbaban donde les apetecía. El gallo lucía su cresta roja en libertad y el sol salía para escuchar su canto. Al final el encuentro con el cuchillo era inevitable y solía coincidir con la fiesta patronal, una celebración familiar o un regalo al médico, abogado… La muerte lo sorprendía con el estómago lleno de miñocas, berzas, maíz, trigo o centeno. A lo largo de los años en España al pollo se le ha considerado un plato de gran distinción, muy fino y adecuado para las celebraciones: asado, guisado, en pepitoria, al ajillo, al chilindrón, con arroz. Exquisito y sin embargo, ahora es la pura vulgaridad, un sucio andrajo, una broma de mal gusto. La industrialización y las prisas –injustificadas casi siempre- han convertido un magnífico alimento en algo triste, melancólico, lo más parecido a una mierda gastronómica, eso sí, proteica.

 

Los pollos industriales nacen de incubadora, no conocen el placer de dormir bajo las alas de la clueca. No engordan con el ritmo natural sino forzadamente, hacinados, iluminados con luz artificial para que no duerman y coman más y, como no ven el sol, para que se van a aprender la letra del ki-ki-ri-ki. Se les dan antibióticos y productos para forzar el engorde. Esto escribía Cunqueiro –nada sospechoso de ecologista radical- sobre el tema: “No son pollos lo que nos dan de comer. Son un torpe ersatz, del que hay que abstenerse”. Y Josep Plá abundaba: “Es absolutamente seguro que los pollos de granja son fácilmente dilucidables, en el sentido de que valen bien poco, por no decir nada”. Este es el pollo falsario, merde alors, no me extraña que Andreita no se quisiera comer el pollo.

 

Gallinas en libertad, vigilada

  

 Los pollos que se comen hoy día se presentan aparentemente limpios, pelados, funcionales, sintéticos y de ínfima calidad. Hay bandejas sólo de pechugas, de muslos, de alas. Todos de apariencia aséptica, nada más lejos de la realidad. Un sucio trampantojo. Diversos estudios científicos hechos sobre todo en los Estados Unidos y en el Reino Unido nos hablan de que más de la mitad de los pollos de los expositores están contaminados y no pocas veces por bacterias resistentes a los antibióticos: E. Coli, Salmonella y sobre todo el Campylobacter, responsable sólo en Reino Unido de que 280.000 personas al año sufran enteritis alimentarias, ya saben, dolor abdominal, diarrea, fiebre y vómitos. En niños o ancianos la cosa puede ser muy seria. El asunto no es baladí, en el Reino Unido en el 2013 las autoridades sanitarias muy preocupadas lanzaron una campaña titulada “Don´t wash raw chicken” (No laves pollo crudo) dirigida a los cocineros domésticos ya que la acción de lavar este alimento no reduce la cantidad de bacterias e incrementa significativamente el riesgo de extenderlas por toda la cocina e incluso la ropa a través de las salpicaduras facilitando las infecciones cruzadas.

 

El mundo se va por el retrete

 

Este es el momento de recordar una serie de normas higiénicas que deberíamos guardar todos a la hora de manipular y cocinar alimentos, no sólo el pollo. Debemos de lavarnos bien las manos, antes y después de manipular alimentos. Utilizaremos distintas tablas de corte para alimentos crudos y cocinados. Si esto no es posible seremos muy meticulosos con la limpieza de las mismas antes de cambiar el tipo de alimento que vamos a manipular. Nunca colocaremos alimentos cocinados en platos que antes contuvieran alimentos crudos. Controlar las temperaturas de cocción y refrigeración. No descongelar los alimentos a temperatura ambiental, hacerlo en la nevera.

 

Ya sé que hoy el canto me salió medio triste pero, además de aficionado a la gastronomía, soy profesional de la medicina y entiendo que tenemos que hacer un uso responsable y saludable de nuestras aficiones y si tienen relación con la alimentación mucho más. Para compensarles, prometo hablarles en otra ocasión del pollo de verdad, de la “jaliña piñeira e do jalo de Mos» y de la volatería de Bresse. Con receta incluida.

Restaurante Paprica

“La tarde entra de pronto en la cocina, enloquece en
el cobre, hace gloriosa la herrumbre de las madres”

(Antonio Gamoneda)

 

Con una trayectoria consolidada desde su inauguración hace una docena de años, Paprica es una oferta más que interesante en Lugo. Su cocinero y propietario, Álvaro Villasante es un autodidacta -a él le gusta el término cocinero de la calle- que se formó con maestros de la talla de Ramón Freixa, Sergi Arola u Óscar Sabaté. Su cocina la podríamos definir como creativa y fuertemente marcada por la estacionalidad y la temporalidad. Sus platos con frecuencia hacen guiños a la cocina de fusión sobre todo a la cocina japonesa y peruana.

 

Restaurante Paprica (Lugo)

 

Conocí Paprica hace tres años en una reunión de blogueros gastronómicos que se celebró en la ciudad de las murallas. En aquella ocasión, Álvaro nos sirvió unos entrantes que definió como “nikkei con sabor a ría”. En este punto hay que aclarar que la cocina nikkei surge del mestizaje culinario de los japoneses emigrados al Perú. Esos entrantes consistieron en una tempura de ortiguillas y jengibre, un niguiri de erizo y bonito en “aguachile” cremoso, California verde y maki de atún. Me llamó poderosamente la atención el uso de la ortiguilla o anémona de mar. Era la primera vez que me las servían en Galicia donde, paradójicamente, son muy abundantes. Ninguno de mis compañeros conocía este producto. Ortiguillas que, bien fritas, nunca faltan en mi dieta cuando viajo a Sevilla y Cádiz y poseen un sabor yodado y profundamente marino que, a mí, me flipa. Después nos sirvieron una muy buena sopa ramen con huevo de Vilane, una xarda asada con setas escabechadas, un taco de costilla con manzana del país y una torrija “Quintián” en esponja. Buena selección de vinos gallegos donde destacaba un insólito tinto de nombre La Denostada, elaborado con uva garnacha de la zona de Quiroga.

 

Merluza con fabas frescas y setas

 

Recientemente acudí por segunda vez a Paprica acompañado de la Octopusita y de mi perrito Pepo. Álvaro me dijo que, si el perro se portaba bien, podía acompañarnos. Algo muy de agradecer y Pepo se portó como un campeón. El cocinero nos comentó que tenía dos perros en su casa. El local está situado dentro de murallas, en la calle Noreas, y cuenta con una barra a la entrada que con su carta de bar es perfecta para un tapeo informal entre amigos. Allí disfrutamos de una cerveza y una tapa de tortilla de cortesía. Por un pasillo, desde el que se divisa la bodega y la cocina, se accede a un comedor de decoración minimalista y mesas separadas, donde lo primero que llama la atención es el amplio ventanal del fondo que da a una terraza, practicable con buen tiempo, y con vistas a la muralla. Allí, en una mesa del fondo, y viendo a los viandantes pasear por el monumento Patrimonio de la Humanidad, nos sentaron. A Pepo le trajeron una mantita y un plato con agua.

 

Cordero asado con arroz

 

Nos sirvieron, de cortesía, una sopa con mejillones, pasta, setas y verduras que nos asentó el estómago. ¡Qué ricas son las sopas bien trabajadas! Continuamos con unos mejillones con hierbas provenzales plenos de sabor. Como platos principales nos decidimos por una merluza de Burela y del pincho con fabas frescas y setas. Magnífico plato con sabores del otoño lucense. Para finalizar la parte salada, cordero asado con arroz, un chisco picante. Platazo. Aquí se aprecia perfectamente la técnica del cocinero con un arroz seco, impecable. Probablemente acabado en el horno, que tiene su dificultad. El punto del arroz, perfecto. El cordero, una buena pieza, impecable. Tierno y jugoso. Creo que estaba cocinado a baja temperatura durante horas y horas y acabado al fuego. Repito, gran plato. De postre una peculiar tarta Sacher. Correcta pero menos interesante que la parte salada. Esta vez no tomamos vino porque había que conducir, solamente un par de cañas.

 

Álvaro Villasante se consolida como un cocinero con oficio y técnica en un espacio donde se hace una cocina de paisaje, de naturaleza cercana y con guiños al mestizaje y a la modernidad, en una ciudad maltratada por las guías gastronómicas pero que tiene buenos restaurantes que ponen en valor el magnífico producto de la tierra. Volveré con Pepo.

 

Nadal en Galicia

“…el capón, maricuela afónica de las capoeiras de la Terrachá de Lugo

(Álvaro Cunqueiro, La cocina cristiana de occidente)

 

La Navidad es una festividad tradicional de los países occidentales, cristianos, en la que se festeja la natividad de Jesucristo. La Navidad es la excusa ideal para que la familia se reúna para comer, beber, y, -por qué no-, cantar villancicos y recibir (y dar) regalos. Estas festividades juntan a familiares y amigos en torno a una mesa impecable, repleta de exquisitos y abundantes manjares que nos recuerda mediante las costumbres gastronómicas, el carácter del entorno donde nos encontramos. De esta manera, los menús navideños varían en función de la región o país en que se celebran. A nosotros nos interesan especialmente los gallegos.

 

El bacalao con coliflor – bacalao con repollo en la zona norte de Lugo – era plato casi obligado en las comidas navideñas en Galicia durante una época y, todavía hoy, sigue siendo típico para la cena de Nochebuena. El origen y explicación de esta tradición está en que la víspera de Navidad figuró durante siglos dentro del calendario eclesiástico de vigilias. La abstinencia de carne se suavizó fundamentalmente a partir del Concilio Vaticano II en 1959 y la prohibición se extinguió. No obstante la costumbre sigue y cenar bacalao con coliflor en Nochebuena es casi un acto de afirmación tradicional en Galicia.

 

El aún presente bacalao con coliflor

 

El bacalao-momia pisciforme según Camba- era barato, resistía bien el paso del tiempo y era muy abundante. Con el paso de los años se fue encareciendo. A partir de los años sesenta comenzó el auge y el prestigio del marisco que comenzó a sustituir en no pocos hogares al bacalao. Este es el momento en que tengo que decir, porque si no lo digo reviento, que no hay ninguna norma que obligue a tomar langostinos en Navidad.

 

El otro plato estrella de la Navidad en Galicia es el capón, producto destinado al “pago de favores” a curas, abogados, médicos, alcaldes…y, por lo tanto, restringido en un principio a pazos y casas acomodadas. De la celebración de la feria de Villalba existen documentos acreditativos de al menos 200 años, pero esta tradición es mucho más antigua. El capón es un gallo castrado antes de proceder a su proceso de engorde, con el que se busca conseguir un ave de gran tamaño, con carne infiltrada en grasa que lo haga tierno y sabroso. Cuenta una leyenda romana que el capón surgió de la prohibición de los gallos en el perímetro urbano de la capital por las molestias que ocasionaban con sus cantos al alba. Los romanos decidieron castrar a los gallos para apagar su canto. La pularda es la versión femenina del capón, es una gallina a la que se le anula la capacidad de poner huevos sometiéndola a la oscuridad. Son muy famosas las de Bresse en Francia. Muy apreciada para platos que requieren horneado por su carne rica en grasa infiltrada, como la del capón.

 

El gallo de Arzúa, la gallina de Mos, la pintada o el pavo (este, de origen mexicano, mucho más seco) son otras de las aves comunes por estas fechas que, junto al salmón, se correspondieron en tiempos con los menús de Navidad de las clases altas-clero e hidalguía- y, hoy en día, sirven como base de platos en un elevado número de hogares.

 

Clásica compota de manzana

 

Entre los postres gallegos de Navidad destacaba antiguamente la compota elaborada con manzanas o peras, vino blanco o vino tinto, azúcar y canela.. Observen la similitud de este plato con las peras al vino tinto, habituales en la alta cocina de estilo afrancesado. Hoy en día, en muchos hogares, la base del postre navideño son los dulces cuya base es foránea: la almendra, presente en turrones, tortas y polvorones. Es frecuente también la presencia de uvas pasas, higos y castañas.

 

A mí, la Navidad ya me gustó más de lo que me gusta ahora, quizá por la falta de mis padres. No obstante, recupero esa ilusión perdida cuando me siento a la mesa rodeado de nietos, de momento viene el cuarto en camino. En cuanto al menú que preparé junto a la octopusita,  no faltó el jamón ibérico de bellota que inauguré ese día, a mi cortar jamón con una copita de manzanilla de Sanlúcar cerca, me relaja un montón y no se me da del todo mal. En cuanto al marisco, una almeja fina cruda y carabineros. Como este año, por circunstancias familiares, somos pocos, he desechado la idea del capón por su excesivo tamaño. Hubo también un hojaldre relleno de salmón y alguna cosita más. Por supuesto que con el marisco degustamos un champagne y con la carne un Ribera de Duero. Turrones, mazapanes (a la octopusita le gustan mucho) etc.

 

Aprovecho para felicitarles las fiestas a todos los lectores. Les deseo paz, amor y ríos de champagne. Asimismo, me despido de ustedes hasta que pasen estas fechas navideñas. Volveré después con ánimos renovados.

No sea usted nécora

“¡Menudo nécora!”

(Parlante de koruño viendo un capítulo de Mr. Bean)

 

Como todos los idiomas tribales, el koruño atesora una amplia gama de dicterios e insultos. Algunos podríamos calificarlos de casi cariñosos: “pero mira que eres nécora”. Este término se refiere al patoso, manazas, al torpe de toda la vida. Ese que va a colgar un cuadro en la pared y hace un desconchón, rompe el cristal y, además, se clava el cáncamo en un dedo. Es posible que este calificativo tenga su origen en la incapacidad de la nécora para andar como Dios manda: para adelante y para atrás. La oronda nécora se desplaza de lado aprovechando las diez patas que exhibe -es un crustáceo decápodo- aunque las dos de atrás, por su forma aplanada y de aleta, le sirvan solamente para nadar. En esto se diferencia de otros cangrejos.

 

Nécoras hay muchas. Unas vienen del Reino Unido, otras de Irlanda e incluso de Canadá. No descubro nada si digo que las de Galicia, Asturias -allí son andaricas– y Cantabria son las más sabrosas. No es fácil saber cuáles hablan la lengua de Rosalía. No lo intenten con la etiqueta ya que es un auténtico jeroglífico indescifrable. Hay un truco que no suele fallar: si pasamos un dedo por encima y el tacto es similar a un buen melocotón, estaremos ante una nécora gallega casi seguro. Las foráneas son más lisas y sin estas finas vellosidades. Además, las que proceden de nuestras aguas son de color gris pardusco y las foráneas son más pálidas. En Galicia solo se pueden extraer en la segunda mitad del año. De enero a junio hablarán la lengua de Shakespeare o, lo que es aún peor, serán ilegales.

 

Inconfundible nécora gallega

 

La carne de la nécora es delicada y sabrosa.  Si le añadimos una textura firme y jugosa, convierten a la nécora en un serio aspirante al mejor marisco en el gusto de la gente. Marisco premium, qué dirían los modernitos. Aristocracia marisquil, para los clásicos. Pero como toda rosa, tiene sus espinas. La nécora requiere de una buena dosis de paciencia y su buen aprovechamiento exige una cierta habilidad. Como en el amor, hay que hurgar y explorar sitios recónditos: aquellos que esconden los cartílagos de su cuerpo, sus finas patas, la delicia de sus corales e incluso su sabrosa “caca”. Al comensal inquieto le puede parecer demasiado trabajo para tan poco rendimiento. Craso error. Casi todo lo excelso, cuesta.

 

El otoño y las aguas frías del invierno señalan la llegada de las mejores nécoras. Aunque se pueden hacer a la plancha o a la parrilla, suelen comerse cocidas. El caldo, el jugo y la crema de nécoras son un auténtico escándalo gustativo, aunque para muchos sea un sacrilegio hacer un caldo de marisco con nécoras. Hay muchos restaurantes de alta cocina que los usan en sus preparaciones. No es raro premiar arroces de variado pelaje con nécoras y nadie discute que le dan un sabor brutal, pero yo soy partidario de comer los crustáceos con los dedos y no me gusta pringarme con salsas y, mucho menos, que se me pegue arroz a la piel. Peor todavía es intentarlo con cuchillo y tenedor aunque la nécora se presente partida en regiones. Inténtelo y verá. Si además usted no es muy habilidoso, o incluso es algo nécora, verá en dónde puede acabar el contenido del plato.

 

Un buen vino para acompañar es esencial

 

Así pues, si usted tiene la suerte de disponer de algunos ejemplares gallegos de este marisco de terciopelo, lo mejor es que los cueza en agua y sin escatimar la sal. ¿El tiempo? Dependerá del tamaño de las nécoras, pero estará bien entre cuatro y seis minutos de hervor. No hagan caso de recetas que les sugieren cocerlas con cebolla, zanahoria e incluso ajo. Nada. Incluso les aconsejo que prescindan del omnipresente laurel. La nécora no necesita disfraces ni matices. Una vez cocidas las comeremos, como decimos en Galicia, mornas.

 

En cuanto al vino, decía Cunqueiro que el mejor para acompañar el marisco era el de Betanzos porque las parras crecían en tierras abonadas con nécoras, centollos y percebes. Dejando al margen lo poético del asunto, hoy ha cambiado bastante el cuento del abonado. Les recomiendo un buen blanco gallego -la ocasión lo merece-. Cualquiera me vale aunque yo prefiero uno fino y elegante como el sabor del crustáceo que nos ocupa. ¡Ah! Y no sean ustedes tacaños con el vino, ni nécoras al servirlo. Amén.

 

 

 

 

Rompiendo mitos y ayunos

“Para comer bien en Inglaterra, habría
que desayunar tres veces al día”

(Somerset Maugham)

 

Que el desayuno es la comida más importante del día es una frase que estamos hartos de escuchar, pero no por mucho repetir una mentira, esta se convierte en verdad. Salvo para los tontos. Aunque esto no debería tranquilizarnos ya que, como bien dice el proverbio, la madre de los tontos siempre está pariendo. Hasta tal punto nos han inculcado esta idea de superioridad biológica, incluso de prepotencia de la primera comida del día, que los epicúreos hemos renunciado al desayuno como fuente de placer en beneficio de la salud y la medicina. En el desayuno no degustamos, ingerimos y contamos calorías. Es muy difícil encontrar artículos sobre el desayuno en los escritores gastronómicos. Nada. Terreno vedado.

 

La medicina actual no da nada por sentado y busca evidencias. En el asunto que nos ocupa no las ha encontrado. Nos han mentido. Como lo han hecho con los Reyes Magos, con que el zumo protege de los catarros o que la leche ayuda a dormir. Mentira cochina. Yo me alegro ya que tengo que confesar que apenas desayuno. Quizás porque me gusta disfrutar de una buena cena y, como buen español, lo hago tarde –tampoco es cierto que de grandes cenas estén las tumbas llenas-. Ya Ignacio Peyró, en su deliciosa obra “Comimos y bebimos”, nos da una razón de peso: “¡Cómo va a ser la comida más importante del día la única que no incluye vino, la única que excluye el alcohol!”

 

Un desayuno sin alma

 

Hubo un tiempo en que los hombres trabajaban el campo con sus manos e incluso pastoreaban. Los desayunos entonces eran gastronómicos: sopas castellanas, gachas manchegas e incluso migas aragonesas o extremeñas. No pocas veces se atizaban un copazo de orujo, aguardiente o anís. Esto ya forma parte de la historia de la España despoblada. Hoy el desayuno se ha hecho monótono, aburrido, sin alma: un turbio café con leche, un cruasán industrial o una tostada perpetrada con prisas y untada con una grasa más que sospechosa y todo acompañado de un zumo de color desvaído. Por no hablar del té verde y el cuenco de cereales. Negra sombra.

 

Convendrán conmigo en que la leche, sola o mezclada, siempre ha formado parte de nuestro desayuno, pero la leche hace tiempo que ha dejado de ser ese alimento que producen los mamíferos para alimentar a sus crías. Hoy hay leche sin grasa, con poca grasa, sin lactosa, enriquecida con calcio, con minerales, con vitaminas, con fibra. Tampoco ayuda a poner algo de sensatez las denominadas leches de soja o de coco. Yo siempre creí que lo sano y lo sensato era transitar hacia lo natural, ¡y una leche!

 

Típico desayuno anglosajón

 

Con todo, cuando observamos a alguien desayunar un plato con huevos, beicon ahumado, pan tostado, salchichas, morcilla, alubias, champiñones, tomate, hash browns y té, podemos sospechar que el sujeto no es de Cuenca. Es  curioso que una de las culinarias más denostadas -la británica- tiene su momento de gloria, y precisamente en el desayuno, con el English breakfast. Pero no canten victoria. Salvo que los inviten a un Full English en una farm, el huevo será de un blanco baboso y olvídense de puntillas. Las alubias, las setas y el tomate serán de lata y, probablemente las salchichas, Cumberland industriales. Gloria a la casa Heinz.

 

En España solemos ser más parcos con el desayuno. Un café con leche, unas galletas, unas tostadas o unos churros. Poco más. Salvo cuando viajamos y pagamos el desayuno del hotel. Ahí nos convertimos en heliogábalos y pantagrueles y atiborramos el plato de los productos más insospechados y con combinaciones inimaginables. En esta ocasión adoramos los bufés en los que no falta de nada, solo la antimateria. He visto bandejas que jamás imaginaría.

 

Aún recuerdo con nostalgia aquellos desayunos en el puerto de A Guarda cuando mis hijos eran niños y pasábamos algunos días en un camping cercano. Ostras con albariño. Aquello sí que era felicidad.

 

 

La magdalena era un churro

“Un placer delicioso me había invadido, aislado,
sin que tuviese la noción de su causa”

(Marcel Proust)

 

El comandante del vuelo 23, Michael “Air” Jordan, se eleva desde una posición inverosímil y consigue lanzar hacia canasta en el último segundo. La pelota rebota en el aro, da en el tablero, vuelve al aro y, por fin, tras un giro interminable, se introduce en la canasta. Andrés Montes se desgañita: “¡Bonilla a la vista!”, “¡churros Bonilla!”. Así fue como los churros coruñeses llegaron al mundo de la NBA y a los oídos de los televidentes aficionados al básquet. El bueno de Andrés decía que nunca había tomado unos churros tan ricos: “Recién hechos son caviar iraní, pero la clave es que resisten el paso del tiempo”. La fórmula de la eterna juventud.

 

Ya he contado alguna vez que mi particular magdalena de Proust son unas milhojas, pero no unas milhojas cualesquiera: las que compraba, en mi dulce infancia y con dinero de mi abuela, en la Confitería Santos de Lugo. Después fueron los espaguetis al aglio y olio, ¿verdad Octopusita?, de aquellas despreocupadas y alegres noches de mi juventud trianera. Pero para miles y miles de coruñeses la magdalena, y su Combray particular, fue un churro, un churro de Bonilla. El recuerdo del pasado recuperado, el verso perdido en la memoria y la nostalgia. El beso de una madre. Los churros de Bonilla son tan coruñeses como María Pita o la Torre de Hércules.

 

Tres generaciones repartiendo felicidad

 

Solo harina, agua y sal. Fritos en un buen aceite. ¿Para qué más? Churros estriados de bastón, crujientes, secos, y de una peculiar ligereza. Deliciosos. Nos  anuncian que el rumbo a la felicidad no requiere de muchos vientos. Ya sé que en Coruña se hacen otros churros notables, como los del Timón, pero los de Bonilla se han salido de la sartén para conquistar media España. El añorado Cristino Álvarez, Caius Apicius, cuenta que, en sus vacaciones en su Coruña natal, se volvía a Madrid con el coche cargado de churros de Bonilla para después congelarlos y apaciguar la morriña una temporada.

 

Bonilla tiene varios locales en la ciudad herculina y el de la calle de la Galera es mítico. Lleva abierto desde 1958 y han pasado tres generaciones de Bonillas. Aunque César, segunda generación, todavía está atento al rumbo –el que nace marinero, muere soñando- son sus dos hijos, Fernando y Salvador, los que actualmente regentan el negocio. Churros aparte, elaboran unas magníficas patatas fritas y el bombo de Bonilla se configura como uno de mis tesoros favoritos, pero esto ya es otra historia.

 

Aunque se consumen todo el año, son un clásico de las fiestas y ferias desde hace más de un siglo. Los puestos ambulantes de despacho de churros, calentitos, porras y tejeringos han recorrido la piel de toro desde mucho antes que la actual plaga de food trucks, take away y demás azotes modernos. Aunque hoy son un emblema patrio -los cursis dicen marca España-, aquí se toman para desayunar o, como mucho, para merendar. Jamás de postre como los he visto en países lejanos.

 

El mejor chocolate con churros

 

A los churros no les gusta bailar solos. Exigen pareja y la más compenetrada es una buena taza de chocolate, aunque no les reprocharé que los disfruten con un buen café o un té: no es ningún secreto inconfesable que a los españoles nos gusta mojar el churro. Su gran enemigo es el aceite requemado, usado hasta la “suciedad”. Si evitamos estas trampas los churros no son indigestos, si acaso algo calóricos. Lo que es indigesto en el desayuno es leer el periódico.

 

Vivimos una época de ininteligible progreso y, hoy en día, se suceden las aperturas de panaderías y confiterías con el cartel de bakery donde despachan, a precio de oro, un catálogo de auténticas bromas de mal gusto: croissants industriales, los tan coloristas como insípidos macarons o cupcakes, por no hablar de esas bombas calóricas denominadas donuts que, por si fuera poco, los tunean de mil maneras. Es la moda, la de los niños gordos y las arterias tupidas. No somos más tontos porque el día no tiene más horas. Menos mal que todavía, como aquellos galos de Astérix, resisten algunos Bonillas. Volvamos a la felicidad sencilla y cabal: “Camarero, una docena de churros, que no somos nadie”.