Rompiendo mitos y ayunos

“Para comer bien en Inglaterra, habría
que desayunar tres veces al día”

(Somerset Maugham)

 

Que el desayuno es la comida más importante del día es una frase que estamos hartos de escuchar, pero no por mucho repetir una mentira, esta se convierte en verdad. Salvo para los tontos. Aunque esto no debería tranquilizarnos ya que, como bien dice el proverbio, la madre de los tontos siempre está pariendo. Hasta tal punto nos han inculcado esta idea de superioridad biológica, incluso de prepotencia de la primera comida del día, que los epicúreos hemos renunciado al desayuno como fuente de placer en beneficio de la salud y la medicina. En el desayuno no degustamos, ingerimos y contamos calorías. Es muy difícil encontrar artículos sobre el desayuno en los escritores gastronómicos. Nada. Terreno vedado.

 

La medicina actual no da nada por sentado y busca evidencias. En el asunto que nos ocupa no las ha encontrado. Nos han mentido. Como lo han hecho con los Reyes Magos, con que el zumo protege de los catarros o que la leche ayuda a dormir. Mentira cochina. Yo me alegro ya que tengo que confesar que apenas desayuno. Quizás porque me gusta disfrutar de una buena cena y, como buen español, lo hago tarde –tampoco es cierto que de grandes cenas estén las tumbas llenas-. Ya Ignacio Peyró, en su deliciosa obra “Comimos y bebimos”, nos da una razón de peso: “¡Cómo va a ser la comida más importante del día la única que no incluye vino, la única que excluye el alcohol!”

 

Un desayuno sin alma

 

Hubo un tiempo en que los hombres trabajaban el campo con sus manos e incluso pastoreaban. Los desayunos entonces eran gastronómicos: sopas castellanas, gachas manchegas e incluso migas aragonesas o extremeñas. No pocas veces se atizaban un copazo de orujo, aguardiente o anís. Esto ya forma parte de la historia de la España despoblada. Hoy el desayuno se ha hecho monótono, aburrido, sin alma: un turbio café con leche, un cruasán industrial o una tostada perpetrada con prisas y untada con una grasa más que sospechosa y todo acompañado de un zumo de color desvaído. Por no hablar del té verde y el cuenco de cereales. Negra sombra.

 

Convendrán conmigo en que la leche, sola o mezclada, siempre ha formado parte de nuestro desayuno, pero la leche hace tiempo que ha dejado de ser ese alimento que producen los mamíferos para alimentar a sus crías. Hoy hay leche sin grasa, con poca grasa, sin lactosa, enriquecida con calcio, con minerales, con vitaminas, con fibra. Tampoco ayuda a poner algo de sensatez las denominadas leches de soja o de coco. Yo siempre creí que lo sano y lo sensato era transitar hacia lo natural, ¡y una leche!

 

Típico desayuno anglosajón

 

Con todo, cuando observamos a alguien desayunar un plato con huevos, beicon ahumado, pan tostado, salchichas, morcilla, alubias, champiñones, tomate, hash browns y té, podemos sospechar que el sujeto no es de Cuenca. Es  curioso que una de las culinarias más denostadas -la británica- tiene su momento de gloria, y precisamente en el desayuno, con el English breakfast. Pero no canten victoria. Salvo que los inviten a un Full English en una farm, el huevo será de un blanco baboso y olvídense de puntillas. Las alubias, las setas y el tomate serán de lata y, probablemente las salchichas, Cumberland industriales. Gloria a la casa Heinz.

 

En España solemos ser más parcos con el desayuno. Un café con leche, unas galletas, unas tostadas o unos churros. Poco más. Salvo cuando viajamos y pagamos el desayuno del hotel. Ahí nos convertimos en heliogábalos y pantagrueles y atiborramos el plato de los productos más insospechados y con combinaciones inimaginables. En esta ocasión adoramos los bufés en los que no falta de nada, solo la antimateria. He visto bandejas que jamás imaginaría.

 

Aún recuerdo con nostalgia aquellos desayunos en el puerto de A Guarda cuando mis hijos eran niños y pasábamos algunos días en un camping cercano. Ostras con albariño. Aquello sí que era felicidad.