Restaurante Peculiar

“Y a la mesa/lleguen recién casados/
los sabores/del mar y de la tierra/para
que en este plato/tú conozcas el cielo”

(Pablo Neruda)

 

La coruñesa calle de la Galera, que yo recuerde, siempre ha sido zona de tránsito y abrevadero de los grandes paquidermos locales: irreductibles enópatas que siempre han nomadeado, sin la ayuda de GPS, en busca de tazas y otros enseres que llevarse a la boca. El paso del tiempo y las sucesivas crisis han hecho de su paisaje algo efímero y cambiante. De los antiguos locales apenas quedan El Serrano, La Bombilla, Azafranes Bernardino -ese caleidoscopio de olores, colores y sabores- y Bonilla a la Vista.

 

En la rutina de cambios perpetuos que surgen en estas grandes sendas, hace apenas un año, abrió sus puertas en esta estrecha y transitada vía el restaurante Peculiar. Es un proyecto que nace del sueño y de la pasión de dos profesionales de la restauración que son Álvaro Victoriano y Rubén García. El primero es un cocinero de sólida formación. En su Madrid natal comenzó a andar en el Casino de Madrid y también pasó por el mítico Jockey. Se trasladó a orillas del mar del Orzán para dirigir con maestría la cocina del restaurante “El de Alberto” y allí coincidió con Rubén. Este es un profesional de la sala con buen conocimiento de los vinos y una amabilidad y saber hacer acreditadas. Ahora han decidido volar solos para goce de sus seguidores, entre los que me incluyo.

 

Espectacular entrante de atún rojo y huevo

 

El local no es para tirar cohetes; aunque la decoración es agradable el espacio es limitado y algo ruidoso con las mesas bastante juntas. La cocina es liliputiense y en apenas dos metros cuadrados trabajan dos cocineros y Álvaro no es precisamente menudo. Estos son los únicos inconvenientes de la experiencia “peculiar”. La cocina de Álvaro Victoriano la podríamos definir como de raíces clásicas con una pequeña vuelta de tuerca: aquí no hay nitrógeno líquido o esferificaciones y ni tan siquiera wasabi o yuzu. Si buscan un local cool donde se ejecuten, literalmente, fusiones diversas, este no es su sitio. Aquí hay una cocina sensata y cabal, con los pies en el suelo, con presentaciones impecables y, sobre todo, con sabor, mucho sabor.

 

Cumplido ya su primer añito acudí por tercera vez y si las experiencias anteriores habían sido de notable alto, esta última  ha sido de sobresaliente ya que han pulido algún pecadillo de juventud. Ahora el servicio de sala es impecable -gracias Rubén y Gabriel- y los tiempos de espera son más que correctos. Peculiar ha renunciado al menú degustación y dispone de un fondo de carta con una docena de platos y algunos más fuera de carta que Rubén os cantará si no está afónico.

 

Con este plato me cayeron los lagrimones

 

Acudí con la Octopusita y nuestros consuegros coruñeses. La espera no se hace larga con un buen pan y unos AOVEs irreprochables. Para compartir pedimos unas croquetas de mejillón tigre con alioli de menta. Impecables. Después un plato de atún rojo marinado con crema de patata caliente, migas de pan frito y yema de huevo. La presentación semeja un lienzo y Rubén se encargó de removerlo e integrarlo todo. Magnífico plato que venía fuera de carta. A continuación un fijo de la carta, un viejo amigo: alcachofas frescas confitadas con butifarra negra, foie, trompetas de los muertos y sopa de arbequina. A este plato, reinterpretación de una receta clásica, me he hecho adicto y ya no puedo vivir sin él. Cada vez que lo pruebo por mis mejillas se deslizan dos lagrimones.

 

De segundo nos decidimos, al unísono, por otra especialidad fuera de carta: mero al horno con patata mantecada, tomate asado, berenjena y blanqueta de jamón ibérico. Magnífico producto -mero de veinte kilos- al que  Álvaro optó, con acierto, por no vestir en demasía. Delicioso.

 

Delicioso mero al horno

 

La carta de vinos es pequeña pero bien elegida. Nosotros apostamos por un albariño “Sin Palabras” que cumplió a la perfección. La parte dulce cuenta con cinco o seis platos para satisfacer a los golosos.

 

Álvaro es un cocinero en su plenitud y en el que se aprecia un perfecto dominio de la técnica culinaria. He disfrutado, en su temporada, de magníficos platos de caza, de sus espárragos confitados en salsa de almendra, del falso risotto de vieiras al Oporto, de su croca sobre tortilla. Nunca falla. Es un cocinero sólido y no deja de ser curioso, que en la epidemia de cartas clonadas y sin originalidad que nos asola, lo singular, lo peculiar, el aire fresco, sea una vuelta al clasicismo actualizado. A destacar también el eficiente servicio de sala y una buena relación calidad-precio que hacen de Peculiar un restaurante altamente recomendable. Yo, como MacArthur, volveré.

Galicia y las vacas

¿Cómo es posible que no tengan steak
tartar de ñu del Serengueti?

(Foodie en un restaurante de fusión)

 

Luismi Garayar es un carnicero ilustrado que sirve la carne de vacuno en las mesas de postín y en asadores y restaurantes “estrellados” del País Vasco y Francia. Pocas personas conocen como él los secretos de las mejores carnes de terneras, novillos, cebones, vacas y bueyes. En una ocasión David de Jorge en su programa de televisión Robin Food le preguntó por la mejor carne de vacuno del mundo y contestó, sin ningún género de duda, que la carne gallega. Vino a decir que hay muchas carnes buenas pero que en ningún sitio se cuida a las vacas como en Galicia. Se las cuida, se las quiere, se las mima y se las llama por su nombre. Son de la familia y crecen bien alimentadas por el maíz y los pastos de nuestra tierra. Pasan una existencia feliz y esto, amigos, es más importante de lo que puedan pensar.

 

Luismi ha hecho más de mil viajes a Galicia. Transita semanalmente al matadero de Bandeira donde selecciona la mejor carne. Sus lomos y solomillos son puro espectáculo de una textura y jugosidad inigualable y con una grasa infiltrada que es deleite perfumado. Cuenta que en cierta ocasión, viendo vacas en una casa de aldea, encargó unas de seis años que le ofrecieron. Observó que había una apartada que parecía muy vieja y preguntó por su edad. “Treinta años”, le respondió el paisano. Inmediatamente Luismi le dijo que estaba dispuesto a pagar por ella lo que le solicitase. El hijo del dueño, que hasta entonces había permanecido callado, saltó como un resorte y le espetó: “Esta vaca se muere aquí”. No era posible ningún trato; la familia no se vende.

 

Raza Cachena, autóctona de Galicia

 

Siento un gran respeto por las personas que opinan que debemos de alimentarnos exclusivamente de vegetales pero yo soy partidario de la variedad y de ampliar horizontes y la carne de vaca vieja o de buey es una cosa seria. El buey, aparte de escaso, está ciertamente mitificado y lo que nos venden a treinta euros como chuletón de buey es siempre vaca. Es una carne más fuerte que puede asustar a los paladares menos acostumbrados y aunque tiene más prestigio, no hay nada que lo justifique. En algunas catas entre expertos la vaca ha triunfado ante su homónimo masculino y Luismi lo tiene claro: “la vaca no engaña, es más elegante, más sabrosa. La vaca vieja es el mejor producto”. Sea como fuere, es una discusión bizantina. Lo más importante es el origen, la alimentación y el cuidado con la parrilla.

 

Decía nuestro ilustre paisano Julio Camba que la primera vez que llegó a París vio el buey más hermoso de Francia paseado por los bulevares: “Era el boeuf gras del Cotentin y tenía esa estupidez imponente de todas las razas puras, esa imbecilidad majestuosa de todas las genealogías ilustres”. En Galicia tenemos unas razas autóctonas maravillosas. Aparte de la Rubia están la Cachena, Caldelá, Frieiresa, Limiá y Vianesa y no tienen cara de imbéciles, si acaso adoptan una pose filosófica y melancólica. Son un tesoro que estuvimos a punto de tirar por la borda, a un tris de su extinción. Se salvaron gracias a algunos ganaderos románticos que apostaron por ellas. Sean visionarios o últimos mohicanos, se hace necesario ayudarlos. Las instituciones racanean y nosotros si queremos apoyar su lucha, solo tenemos que comérnoslas. Fácil y agradable.

 

Vacas pastando en los prados gallegos

 

Hay que apostar por la calidad y seguir minuciosamente al animal desde su nacimiento hasta que es sacrificado. Deberíamos de informar y enseñar el asunto de las maduraciones. En el Reino Unido, a donde viajo con frecuencia, todos los envases con cortes de vacuno lo indican. Tenemos un maíz excelente y los animales son felices en nuestros verdes prados. Es el mejor producto y hay que mimarlo y cuidarlo. Defendamos lo nuestro y olvidémonos de humildades, complejos y demás gilipolleces. Repito, no tenemos nada que envidiar a nadie, ni siquiera a los nipones y su Kobe. Me gustan nuestros productos y nunca entenderé por qué lo exótico, solo por serlo, ha de ser mejor que lo nuestro.

 

En Galicia siempre se ha consumido ternera y la carne asada con sus patatitas es un clásico irrenunciable pero hay vida más allá de la juventud del animal. Un steak tartar o un buen chuletón de vaca vieja de nuestra tierra, ya sea de lomo alto o bajo, hecho en una buena parrilla con nuestro punto preferido y simplemente salpimentado es algo glorioso y digno de ser contado y cantado… ¡Muuuu!