Sexo y gastronomía

Os chourizos de corazón se regalaban ás casadas
de primeiras para almorzar na albada do día do
casorio para ir afacéndose a texturas e demais

( Emma Pedreira, “Corazón e demais tripas”)

 

De forma consciente, no hay nada tan innato a la raza humana como el sexo y la alimentación. Si acaso, el respirar. La relación entre el erotismo y la alimentación viene de muy atrás, de los clásicos; ya los cocineros de la antigua Grecia usaban trucos para excitar el cuerpo. Los romanos pensaban que la comida, compartida con la persona adecuada estimulaba la líbido, sobre todo si ambos estaban tendidos en el diván. Luis XIV, nostálgico del placer perdido, ordenó a sus médicos y cocineros que buscaran solución al fuego apagado y lo recuperó con licores dulces y calientes. Estos, durante mucho tiempo, han calentado a jóvenes y viejos, tanto en el sillón como en el tálamo.
 
La búsqueda del afrodisíaco perfecto ha marcado de alguna manera el devenir de la gastronomía. Muchos alimentos se han propuesto para aumentar la lujuria, y si nos dejamos de eufemismos, incluso para follar a destajo. Los primeros en postularse, de una forma que yo llamaría primaria, fueron aquellos que nos recuerdan a los órganos sexuales: el plátano, el pepino o los espárragos como símbolos fálicos, y las ostras y almejas como vaginales. Las fresas también recuerdan a la mucosa vaginal. Es la gastroerótica troglodítica, como los zampaollas en gastronomía.

 

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No hay duda que comer chocolate es un auténtico placer

El asunto se ha ido sofisticando. El chocolate, la canela, el apio (Casanova afirmaba que nunca había sufrido un “gatillazo” gracias a sus tallos tiernos), la sandía, el chile (picante, picante…). El gran Brillant-Savarin consideraba a la trufa un afrodisíaco y, durante mucho tiempo, en Francia se creyó que sólo las vírgenes tenían olfato para encontrar este misterioso manjar, ya fueran pertenecientes a la raza humana, canina o porcina. El ajo, la miel, el plátano, las gambas, el pepino, la granada, el tomate, etc. La lista es interminable, y por sí sola puede explicar la explosión demográfica, la pueden encontrar fácilmente con un solo clic en google. Les hablarán de neurotransmisores, de zinc, de flavonoides, de dopamina, de testosterona, de andrógenos, de vitaminas, etc. Paparruchas, pamemas, idioteces. No se crean nada.
 
He dejado para el final dos manjares icónicos en este asunto de la pasión: las ostras y el champagne. Se hace difícil no tener fe en estas maravillas a la hora de practicar el abordaje amoroso, pero hay que precisar algunos detalles. Los moluscos es mejor abrirlos previamente al momento de sentarnos con nuestra pareja si no queremos perder energías y tiempo, y hemos de tener en cuenta que las perlas no son comestibles; mejor como regalo. Yo siempre he sentido curiosidad por la vida amorosa de las ostras y parece ser que depende de las mareas y los cambios de temperatura del agua, ¡Jesús!. En cuanto a las burbujas, hay que señalar eso mismo, que tienen gas, y a no todo el mundo le sientan bien. La moderación debe guiarnos hacia la senda del picadero, hasta el “devórame otra vez”. Se puede sustituir perfectamente por un vino en su temperatura correcta.
 

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Ostras y champagne, el afrodisíaco popular por excelencia

 
El asunto de la cena romántica ha sido muy estudiado por sesudos investigadores (investigadores del sexo) y fuente de muchas dudas y preocupaciones, sobre todo si el anfitrión es el hombre. No se líe, no experimente, sea juicioso, aquí de lo que se trata es de no cagarla. El amor y la gastronomía han de ser lentos. Deseche la comida rápida, es para eyaculadores precoces. Una música sugerente (olvídate de tu rockero favorito) y una luz tenue ayudan. Las velas, aparte de una declaración de intenciones, le dan al asunto un aire voluptuosamente romántico. Si es una pareja consolidada, tomarse un vino en la cocina facilita. En caso de una primera cita, la mujer bajo ningún concepto debe entrar en la cocina: el caos distorsiona la lujuria. Prepararemos una mesa elegante con nuestra mejor vajilla y cristalería, la vestiremos de tela y un pequeño detalle floral nunca sobra. La vestimenta será adecuada, y esto lo saben perfectamente las mujeres: cuero, tacones, escotes, lencería sexy. Hoy en los sex shop hay ropa interior de gominolas y otras sustancias comestibles, pero yo no soy muy partidario de esta novedad. No se puede comer todo.
 
En cuanto al ágape en sí es mejor no liarse. Hagamos lo que sabemos que nos sale bien, evitando comidas pesadas y engorrosas. La sugestión es mucho más poderosa que los supuestos efectos afrodisíacos de algunos alimentos. Siempre hemos de tener en cuenta que el cerebro es el órgano sexual más importante y el punto G de las mujeres, como nos recuerda Isabel Allende, está en el oído, no busquen más abajo. Una buena charla ayuda mucho.
 
Gastronomía y sexo tienen mucho en común. Ambas son una fiesta de los sentidos. El amor y los manjares primero entran por los ojos. El olfato y el gusto son fundamentales en las dos guerras; en ambas se lame, se huele, se chupa y se mordisquea. Los sonidos también están presentes. El tacto es imprescindible, calibra texturas y explora rincones recónditos, casi inaccesibles. Nos falta el más importante de los sentidos: el sentido común, nunca lo olviden. Ya saben, disfruten de las dos pasiones, que armonizan perfectamente: coman, beban, canten, rían y follen. Carpe diem.

Pata Negra

 

Hay otras joyas, pero esta es la joya por excelencia”

(Pedro Subijana, refiriéndose al jamón de pata negra)

 

Hace mucho tiempo que he resuelto la típica pregunta de ¿qué te llevarías a una isla desierta?, sin dudarlo ni un instante la respuesta es un jamón ibérico de pata negra, aunque la elección me obligase a cargar también con un soporte jamonero, los cuchillos ad hoc y la correspondiente chaira para mantenerlos afilados. En el mundo gastronómico podemos encontrar muchos tesoros, productos delicatessen, lujos comestibles, pero bajo mi punto de vista nada iguala a un buen jamón pata negra. Es aroma, sabor y textura en su máxima expresión. Es adictivo total, la pera limonera. No deja de ser curioso que mi producto fetiche –y el de mucha otra gente-, no necesite del fuego ni de nada más (excepto un buen vino para hacerle compañía) para deleitarnos con él. Esto tiene en común con los quesos, otro mundo fantástico.

 

Para conseguir este milagro necesitamos una conjunción de factores a los que me voy a referir a continuación. En primer lugar precisamos un cochino de pura raza ibérica, o lo más aproximado. La genética es indispensable, por muy bien que alimentemos un cerdo de raza Duroc –o cualquier otra-, jamás conseguiremos la calidad suprema del ibérico. Sólo la pureza de raza garantiza el mejor jamón.

 

En segundo lugar necesitamos un cerdito feliz y bien alimentado. Ellos disponen de su propio edén. El paraíso porcino es la dehesa ibérica, bosque de alcornoques y encinas, milagro ecológico destinado tradicionalmente al ganado, las actividades cinegéticas y el aprovechamiento de recursos forestales. Cada año este ecosistema, llegado el mes de octubre, vive una inusitada actividad. Comienza la montanera que durará casi hasta marzo. En ella, si el tiempo acompaña, los árboles se poblarán de bellotas y los guarros dedicarán su existencia a comer y dormir. Cada ejemplar, en estos tres meses de montanera, come unos 700 Kg. de bellotas y engorda más de 50 Kg. Estos necesarios mimos se consiguen en estos bosques, que ocupan más de tres millones de hectáreas en Extremadura, Andalucía y Salamanca principalmente. Jabugo, Guijuelo, Montánchez, Pedroches etc… son epicentros del ibérico conocidos por todos.

 

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La dehesa extremeña, paraíso del cerdo ibérico

 

La prolongada curación y demás procesos industriales necesarios, pondrá a nuestra disposición este excelso producto. A la hora de adquirir un jamón o una paleta, no debemos olvidar que el auténtico patanegra, 100 % ibérico y de montanera, lleva una etiqueta o precinto de color negro. Si no es 100 % ibérico la etiqueta será roja. El verde es para los de cebo de campo y el blanco para los de cebo.

 

Una vez que tenemos nuestro tesoro en casa lo mejor es cortarlo antes de su consumo pero para eso hay que tener un mínimo de habilidad, si no es así, es mejor llevarlo a que nos lo corten y envasen al vacío. El Octopus adquirió ésta cualidad observando como lo hacían en los bares sevillanos, donde nunca falta. Hoy es mucho más fácil porque hay infinidad de tutoriales en la red que te explican con videos como hacerlo. A mí es una tarea que me relaja, es un ansiolítico, y no os digo nada con una copa de vino y escamoteando, de vez en cuando, alguna lonchita. Puro goce.

 

El jamón se debe consumir a una temperatura aproximada de 24º. La loncha debe ser fina, muy fina, que se pueda meter de golpe en la boca. Al cogerla entre dos dedos, esa maravillosa grasa debería fundirse con el calor corporal y dejar un pequeño agujero. La pieza de jamón se debe tapar con su propia grasa, con su propio tocino y tener en cuenta que a los cinco días se oxida y hay que cambiarlo. Mejor todavía es cubrirlo con papel film pegadito para aislarlo del aire.

 

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Una imagen vale más que mil palabras

 

El buen jamón se puede tomar perfectamente con cerveza, el amargor le va bien a la intensidad de la grasa. En el siempre discutible tema de su combinación con vino, hay opiniones para todos los gustos. Desde siempre se ha acompañado con grandes tintos de reserva, es un duelo de personalidades. Hoy hay una corriente muy extendida que preconiza su combinación con cava y champagne, siempre secos, con el dulce no se habla. A mí como más me gusta es con finos y, sobre todo, con manzanilla de Sanlúcar. El vino blanco, generoso o burbujeante, limpia el paladar a cada trago y permite volver a saborear el jamón de una forma más intensa. Para mí es la armonía perfecta. El orgasmo ibérico.

 

Al pata negra sólo se le añade pan, se come con la mano, se huele cada loncha para vivir su aroma, se introduce en la boca para que nos transmita la jugosidad que le da esa bendita grasa entreverada, el sabor es largo, largo, casi eterno, y el recuerdo es aún más persistente. Perdona, ¡Oh Señor!, a todos esos que murmuran que el cochino es malo para la salud, porque no saben lo que dicen. Y ya de paso, si hay otra vida, no me hagas vegano, Señor. Amén

¿Quo Vadis, Gastronomía?

 

La historia de la gastronomía es la historia del mundo”

(Carme Ruscalleda)

 

A estas alturas de la película, decir que la gastronomía está de moda en España y en otros muchos países, es algo que todo el mundo sabe. Proliferan los libros, los programas de T.V., los films y los blogs de supuesto contenido gastronómico. Pero yo ahora planteo una pregunta: esta realidad que nos rodea, e incluso nos avasalla, ¿es buena o el bosque no nos deja ver los árboles?

 

Yo entiendo la gastronomía como un hecho cultural que abarca una serie de conocimientos interdisciplinares: es historia, sociología, geografía, antropología, política, literatura, agricultura, ganadería, biología, física, química etc. Un programa en el que se hace una receta ante la cámara solo aborda una parte muy pequeña de la historia que nos ocupa. Los mejores libros gastronómicos no son precisamente recetarios: por ceñirnos a nuestro país, Josep Plá, Álvaro Cunqueiro, Julio Camba o Nestor Luján nos han dejado memorables textos sobre gastronomía y, sin embargo, nunca cocinaron o lo hacían de una manera precaria y las recetas son meras pinceladas. Soy de los que creen, como Bertrand Russell, que para disfrutar plenamente de algo, no solo hay que conocer la mecánica del asunto, hay que adentrarse en la filosofía, así al placer sensorial se une el intelectual.

 

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Josep Pla y Álvaro Cunqueiro, genio y figura

 

Hay que señalar un hecho decisivo que caracteriza al tiempo que nos ha tocado vivir y es que la cultura (¿subcultura?) gastronómica, hoy en día, mueve ingentes cantidades de dinero y el marketing la ha invadido. Ningún campo de la cultura da de comer a tanta gente. Piensen en bares, restaurantes, explotaciones agrícolas y ganaderas, industria alimentaria, vinícola, turismo, transportes etc. Esta realidad por una parte es positiva pero tiene sus sombras, la terminología actual es una de ellas: gastrobares, gastrotapas, neotabernas, asesores gastronómicos, gastrocoaching, mercados gastronómicos y otras ilustres chorradas que sufrimos a diario por mor de los delirios del marketing gastronómico. La gastronomía se ha convertido en un producto a vender y es difícil separar el grano de la paja.

 

En cuanto a la alta cocina, la primera gran revolución surgió a finales del siglo XIX de la mano de Auguste Escoffier que aparte de publicar La Guía Culinaria, de importancia capital en la cocina francesa, introdujo por primera vez el “menú a la carta”, el sistema de brigadas con su jefe de partida y el “servicio a la rusa” que consiste en servir los platos por orden en vez de todos a la vez (servicio a la francesa). Mucho más tarde llegó otra revolución francesa: la Nouvelle Cuisine.

 

La cocina en España ha consistido, hasta hace muy poco, en una serie de platos regionales. No había tal cocina española y mucho menos alta cocina. En la última década del siglo pasado y la primera de éste surgió una auténtica revolución. En ella participaron numerosos cocineros pero el abanderado, el faro, el guía de este movimiento ha sido Ferrán Adriá. Era la puta vanguardia, que trajo a la cocina española innovación, transformación y ruptura. Este movimiento acaba con la rígida estructura ingrediente principal + guarnición +salsa. Rompe con el menú de Escoffier, la barrera dulce-salado. Incorpora la fusión, utiliza la tecnología para cambiar la textura de los alimentos etc. La realidad es que aún con claro-oscuros, ha situado a España en la alta cocina en tiempo record y eso hay que alabarlo. A todo esto, hay que añadir la necesaria profesionalización de los trabajadores, fundamentalmente debida a la proliferación de escuelas de hostelería.

 

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Ferran Adrià en su templo gastronómico, El Bulli

 

Después de este movimiento vanguardista y revolucionario, viene la postvanguardia. Es momento de criba, de asentamiento. Hay que separar los excesos de lo útil. Hay una cierta vuelta a lo tradicional, a simplificar, a aplicar la tecnología sin excesos. Lógico.

 

Lo que hoy se constata es que los restaurantes ofrecen un espectáculo. Crean momentos de placer. Las cocinas son abiertas, hay un impacto escenográfico. Los cocineros no sólo son creadores, son empresarios de ocio cultural y gastronómico, venden su imagen en patrocinios, charlas, presentaciones y demás negocios mediáticos (como los astros del balón). Los menús-degustación se asientan y la fusión avanza sobre todo con las grandes cocinas orientales y americanas. Hay una gran preocupación por la estética, tanto del local como del emplatado. El show-business gastronómico llega para quedarse.

 

Todavía mucha gente piensa que intelectualizar la cocina y la gastronomía o hacerla un hecho cultural es de snobs, de frikis. Siempre ha habido contrarrevolución y posturas enquistadas, pero el mundo nunca se para, es un constante cambio, todo fluye. No lo olviden o la corriente los arrastrará.

El poso del Miño

 

…Y de todas las sustancias animales, destacaré la sangre,
que aporta al hombre energía, salud y virilidad”

( Avicena, Canon de medicina, año 980 )

A mis ardientes novias, que me quemaron la sangre

(Abraham García)

 

Así calificó Cunqueiro a nuestra protagonista de hoy. A la lamprea o se la ama o se la odia, no hay término medio. Este Anibal Lecter del mar no deja indiferente a ningún comensal, muchos la veneramos y estamos deseando que lleguen estas fechas para acudir a sus templos y en mucha otra gente genera repulsión y asco. Su aspecto, desde luego, no es muy tranquilizador: cilíndrico y alargado, sin escamas, sin aletas y sin espinas. Con una boca enorme en forma de ventosa, repugnante, repleta de hileras de dientes córneos para chupar la sangre de peces a los que parasita ya que la lamprea es hematófaga. En lugar de agallas posee una fila de orificios como una flauta mágica. Animal extraño y resbaladizo, hay que reconocer que este bicho es feo de cojones, aunque a mí, su boca me recuerda a Angelina Jolie. Si el aspecto de su boca es asqueroso, fuera del agua cuando se retuerce como una culebra su apariencia está muy lejos de mejorar y no digamos durante el sacrificio, mientras, aún viva, se desangra gota a gota igual que una liebre destinada a civet.

 

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Difícil no salir corriendo

 

Este vampiro (Petromyzum marinus), del que se dice que es un fósil marino con 400 millones de años, entre enero y abril remonta los ríos en que nació para desovar. Siempre me maravilló esta cualidad de GPS de estos peces, capaces de recorrer miles de kilómetros para volver al sitio que les vio nacer y también capaces de vivir tanto en agua dulce como salada, característica compartida con salmones, reos y anguilas. En su lucha contracorriente, la carne de la lamprea se hace más prieta y apetecible. Carne oscura y sabrosa, intensa y con una textura especial, que levanta pasiones o grandes rechazos.

 

Tengo que confesarlo, me apasiona la cocina gore, la sangre como ingrediente siempre me ha interesado, quizás sea que de niño mi abuela me hacía filloas de sangre porque las devoraba. Me gusta la morcilla, el civet de liebre, la “sangre encebollá” que todavía sirven de tapa en algunos bares sevillanos y que haría levitar al mismísimo conde Drácula. La receta clásica de la lamprea, a la bordelesa, no deja de ser un civet con vino tinto y su propia sangre. Según Pepe Solla así guisada no se distingue si es carne o pescado y si le agregamos su hígado, la receta es idéntica a la liebre a la Royal. Y ahora que caigo, no me negarán que tiene su gracia que el puto pez se nutra de la sangre de sus congéneres. Néstor Luján definió la sangre de la lamprea como “selvática, tibia y animal, profundamente sugestiva”.

 

La lamprea en la península ya sólo queda en el Miño y el Ulla, del Tambre desapareció con la construcción de la presa cercana a la desembocadura. Es por tanto gallega y de la orilla portuguesa. También habla francés en el Garona, que recorre la Aquitania, y de ahí el origen de la receta de Burdeos -a la bordelesa- que alguien tuvo que traer a nuestra tierra donde se cambió el vino francés por el Mencía. La lamprea por excelencia es la del Miño y su capital es Arbo, donde en abril celebran su fiesta. Allí se capturan en los llamados “pescos”, unas construcciones de piedra con redes artesanales que datan de tiempos de los romanos. Es tan importante Arbo que incluso ha dado su nombre a una forma de preparar la lamprea, muy similar a la bordelesa, guisada con su propia sangre, vino y cebolla. Así es como se elabora en la mayoría de restaurantes. Pero hay más preparaciones tradicionales como a la brasa o rellena. En esta última se seca y ahúma la lamprea para después hacer una especie de fiambre en rollo con huevos cocidos y verduras. Uno de los mejores lo preparan por encargo en Casa Pazos, un alojamiento rural de Arbo. Otras direcciones recomendables en esta localidad pontevedresa son Casa Barcia y Arboreda.

 

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Fiesta de la lamprea en Arbo, dos de sus preparaciones más típicas

 

En la zona del Ulla uno de los que mejor la trata es Chef Rivera, en Padrón, que lo mismo la presenta en risotto o en un sorprendente helado de lamprea en el tradicional timbal que tanto gustaba a Cunqueiro. Se trata de una receta ancestral en la que la lamprea entera, se guisa dentro de una masa gruesa de pan. Al abrirla se desparraman todos sus aromas. Se puede comprar este timbal, previo encargo, en la panadería Gerardo, de Pontecesures. Lástima el cierre del Olivo, en esta última localidad, donde tuve la oportunidad de probar su menú degustación de lamprea que se iniciaba con un carpaccio memorable. Otra forma muy popular de servir la lamprea es en empanada. Les recomiendo la de Casa Ramallo en Rois. Grandes cocineros gallegos como Pepe Solla y Marcelo Tejedor la bordan. En Madrid cada vez es más frecuente encontrarla en los restaurantes gallegos a pesar de su precio severo. El pionero fue Manuel Domínguez, propietario de Combarro y Sanxenxo, donde las preparan al estilo de Arbo, acompañadas con arroz blanco y pan frito. Iñaki Camba en su restaurante Arce la trata de una manera sublime. En Barcelona la hacen muy bien en la marisquería Rías de Galicia.

 

Un último consejo, si se han decidido a disfrutarla, háganlo antes de que cante el cuco allá por el mes de abril porque, ya saben, lamprea cucada, lamprea mermada. Ahora viene su mejor momento.