Un foodie en el mar de Irlanda (Parte I)

 

Los ingleses inventaron la sobremesa para olvidar la comida

(Pierre Daninos)

 

No es mi intención hacer un resumen de la gastronomía británica, ni tan siquiera de la culinaria. Sé que en muchos sectores se la ha calificado o mejor dicho, descalificado, de pobre y aburrida cuando no de asquerosa. Estoy en condiciones de afirmar que estas generalizaciones no son del todo ciertas, sino que hay cosas interesantes que contar y no soy yo, un humilde ochopatas, el único que piensa así. Camba y Cunqueiro ya elogiaban aspectos de su gastronomía. Si esto se piensa de la cocina británica imaginad de la irlandesa pero, ¿hay realmente una cocina irlandesa o sólo existió el hambre irlandesa?

 

De Julio Camba, y sobre todo de su maravilloso libro La Casa de Lúculo, siempre me ha maravillado la actualidad de unos pensamientos escritos hace casi un siglo. Camba alababa las maravillosas carnes inglesas, privilegio de sus clases directoras desde la invasión normanda: veal, roast-mutton y beef son palabras de influencia francesa. Su propuesta era pedir el lomo de cordero en el Simpson`s de Londres, con una pinta de Ale. Al poco tiempo llegaría el carver, el escultor de los asados, el cincelador de los lomos, el tallista de los solomillos. Este le ofrecerá el fat, el brown y el cracklin (lo gordo, lo tostado y lo crujiente y quebradizo). Hay que contestar “of course” a todo. El cordero vendrá acompañado de patatas y coles hervidas. De postre recomienda pedir queso Stilton y un poco de pudding del día. Camba se creía un sibarita, pero era un auténtico foodie.

 

simpsons-londres
Espectacular Roast Beef en el Simpson`s de Londres

 

Efectivamente, las carnes que vi y degusté en mi excursión por Man y Dublín no sólo tenían una pinta magnífica sino que eran de calidad, con cortes espectaculares. He visto costillares, roast-beef y codillos con una estampa magnífica. Incluso la octopusita nos cocinó una carne asada deliciosa, adquirida previamente en la carnicería cercana a la casa de mi familia, que sirvió para matar la morriña de los emigrantes. También les hizo tortilla de patatas, una fideua con queenies (unas vieiras pequeñas muy características de la isla) y croquetas, muchas croquetas (conseguir el pan rallado fue una odisea solucionada en una tienda polaca). En esa misma carnicería observé unos solomillos y entrecots de vacuno y cortes de cordero y cerdo con muy buena pinta.

 

Yo, por mi parte, y a petición de los morriñosos, tuve que hacer un arroz de verduras. Fue sencillo conseguir la cebolla, el puerro, el ajo y las judías. Las alcachofas, imposible; menos mal que en un envío de comida que les hice había incluido conservas, además de pimentón, azafrán y arroz valenciano. Para conseguir espárragos verdes me tuve que llevar una bandejita donde también había unas mazorquitas de maíz, que después de catarlas se fueron directamente al cubo de la basura. Producto de Sudáfrica. No dejaron un grano de arroz.

 

En un análisis simplista uno puede creer que en una isla les guste el pescado. Error. Les gusta más bien poco. Las pescaderías, para un Octopus gallego además, son tristes, melancólicas y escasas, muy escasas. Apenas un par de lubinas, de lenguados, de bacalaos, salmones y caballas, y por supuesto su pescado más típico, el “manx kipper”, un arenque salado y ahumado en frío. El marisco consiste en buey y bogavante ¡ya cocidos! En los lineales de los supermercados hay algo más y fileteado (no les gusta la visión del “bicho” muerto).

 

18515_manx_kipeprs
Manx Kipper, popular entre la clase trabajadora antes de la II Guerra Mundial

 

Las Fish and Chips, su plato más famoso de pescado, para algunos es la demostración de lo sofisticada que puede llegar a ser la cocina británica. Bacalao rebozado en aceite requemado de girasol y patatas fritas congeladas, simplemente majestuoso. Su degustación produce un estallido de notas de sabores. No, definitivamente no son fish-lovers. Pero faltaría a la verdad si no dijera que esta vez conseguí tomar unas Fish and Chips decentes en un pub del puerto de Douglas llamado The Bridge. Acudimos varias veces a mediodía porque tenían siempre un plato de pescado del día. El personal, muy profesional y amable.

 

En Dublín me quedé con las ganas de tomar las carnes en O`Neills. Las exhiben detrás de un mostrador porque si las ves no las puedes rechazar. La cola que había a cualquier hora nos hizo desistir. Otra vez será. Hubo que buscar un plan b y acabamos en un italiano donde nos sirvieron una pasta y un plato de berenjenas bien ejecutado. A destacar otro italiano, cerca de nuestro hotel, al que fuimos a cenar previa reserva: La Osteria de Lucio. Pastas al dente y pizzas muy buenas, buen servicio y sitio bonito. Lleno total.

 

oneills-dublin
El O’neills Bar, comida tradicional irlandesa

 

La comida en Dublín es de precios normales pero la bebida hace subir la cuenta considerablemente, ya sea cerveza o vino. Este último alcanza a veces precios disparatados. De la bebida hablaremos en el siguiente post ya que merece la pena. En Man, gracias al brexit y al desplome de la libra, el asunto de los precios ha mejorado considerablemente: God save the Queen.

Tu a Lugo y yo a Coruña, o viceversa

 

Gobernad el país con el mismo tacto con que preparais un pescadito

Lao-Tse

 

En una semana he disfrutado de dos comidas dignas de reseñar. Dos proyectos, o tal vez dos realidades, igual de ilusionantes. Había oído hablar mucho del restaurante Paprica en la lucense Rúa das Nóreas, pero nunca había tenido la oportunidad de ir. La celebración de la reunión de bloggers y bloggeresas en Lugo me dio la oportunidad de conocerlo.

 

Álvaro Villasante es el cocinero-propietario del local. De sólida formación con importantes cocineros, ofrece una cocina creativa marcada por la temporalidad y el producto. Comedor amplio, con unos ventanales con vistas a una bonita terraza; presentación cuidada, donde no faltaban unas hojas otoñales y palillos para el comienzo, ¿sol naciente?

 

Lo primero en desaparecer fue un Niguiri de erizo y bonito en aguachile cremoso. Preciosa presentación, aunque el picante del aguachile se comía al erizo; bien el arroz de acompañamiento con una salsa que al fundirse en la boca nos traía recuerdos marinos. Le siguieron una tempura de ortiguillas, aunque acostumbrado a la ortiguilla en fritura andaluza, crujiente, éste me pareció el entrante más logrado. Sabor intenso, yodado. Después, un Maki de atún. Aquí el alga nori también ocultaba el sabor del atún. Finalmente, un California Roll, aquí denominado California verde. Agradable bocado para finalizar la parte japo.

 

niguiri-de-erizo-y-bonito-en-aguachile-cremoso
Niguiri de erizo y bonito en aguachile cremoso

 

La parte seria comenzó con un Ramen con ovo de Vilane. El ramen es la versión japonesa de la sopa de fideos china. Esta llevaba, además de los gruesos fideos, huevo, carne de cerdo, setas y acelgas. Plato rico con recuerdos a sopa de cocido. A continuación, xarda asada a la lumbre con setas escabechadas. Magnífico plato con el pescado en su punto perfecto, un leve toque ahumado y la seta -¿boletus?- acompañaba a la perfección. Para rematar la parte salada un taco de costilla y manzana del país. Buen contrapunto de la manzana para la grasa del cerdo.

 

ramen-con-ovo-de-vilane
Ramen con huevo de Vilane

 

La parte dulce consistió en a una torrija “Quintián” en esponja. Un brioche en torrija acompañada de helado. Bien. Cafés, petit fours y chupitos para la agradable charla y mejor compañía. Vinos de la Ribeira Sacra, de Lar de Ricobao. Godello y un curioso tinto de uva garnacha con el sugerente nombre de La Denostada.

 

Una semana después volví a disfrutar del Restaurante Miga en la coruñesa Plaza de España. Había ido al poco de su inauguración y aquí lo conté, y ahora meses después, compruebo con agrado que el restaurante del carballés Adrián Felípez es una apuesta consolidada . Una magnífica propuesta gastronómica en la ciudad herculina.

 

Acudimos un grupo en el que no faltaba un cocinero profesional interesado por el restaurante. Después de un agradable aperitivo en El Secreto de la Plaza de María Pita, donde dimos cuenta de una botella de Fino Tradición, acompañado de unas estupendas parrochitas, nos dirigimos al local. Optamos por varios platos al centro, para compartir: Zamburiñas Hong Kong, con un ligero toque picante. Navajas al ajillo y limón, magnífica presentación sobre piedras marinas, sabor. Berberechos á feira, arriesgado pero airoso, el leve toque del pimentón no se cargaba el frescor marino del bivalvo. Boletus Edulis. Huevo de Baldaio. Caviar. Pues eso, tremendo. Estos huevos los mantienen en carta desde el principio, por algo será. Para finalizar los platos compartidos vino un Steak Tartar. Ensalada de anisados. La carne acompañada de espinaca, hinojo, eneldo y menta que le daba frescura. Muy sabroso.

 

huevos-de-baldaio
Huevo de Baldaio sobre cama de boletus edulis y coronado con caviar

 

Como plato principal elegí prensado de pata y oreja con jugo agripicante. Níscalos. Para los que creemos, con o sin razón, que la cabeza del cerdo -esa máscara veneciana que adorna nuestras tiendas de alimentación en carnaval- es un prodigio, una quintaesencia de los sabores del cochino, este plato era para comerlo de rodillas, y así lo hizo el Octopus. Yo por este plato soy capaz de vender la primogenitura, las llaves de la moto y casi, casi, la cuchara de palo de cuando tú me querías (fandango). Serio candidato a plato del año. Otros comensales se decantaron por un arroz de polo Piñeiro con setas de temporada o bien por una presa celta confitada y a la brasa con maíz y trompetas de los muertos.

 

prensado-de-oreja
Prensado de pata y oreja con jugo agripicante y níscalos

 

En el apartado dulce probé la tarta fea de zanahoria, el arroz con leche y un chocolate pasión con café. Todos ricos. En cuanto a los vinos, un Alanda blanco elaborado por José Luis Mateo –viticultor de culto de Verín- en su bodega Quinta da Muradella. Es un coupage de uvas Dona Branca, Godello y Treixadura y nos acompañó en la primera parte de la comida. Después un tinto D.O. Tarragona: Terrer d´Aubert, recomendación acertadísima del soumiller, elaborado con Cabernet Sauvignon y Garnacha. Vino agradable, sabroso y elegante. Agradable también la charla final con Adrián con explicación incluida del funcionamiento de su horno japonés Kamado con 4.000 años de historia, que actúa de horno y parrilla al mismo tiempo.

 

Resumiendo, dos buenos cocineros, dos proyectos sólidos. Amplia formación y cocina de temporada, estacional, con productos de cercanía y con guiños a la modernidad. Creo que por estos derroteros es hacia donde deben caminar los cocineros actuales. Me alegraría mucho de su triunfo, porque se lo merecen.

Podredumbre noble

 

“vino, pero se fue enseguida”

(Miguel de Cervantes, sobre algo que
no tiene que ver con este artículo)

 

Mi amor por la gastronomía incluye, como no podía ser de otra manera, pasión por el vino. Me considero un auténtico enópata. No soy un gran entendido, ni mucho menos, pero tengo afición. El mundo del vino es tan amplio que ¿quién se considera un experto?. De origen Mediterráneo, la vid ha emigrado a otros continentes y hoy día la producción y el consumo del vino se ha globalizado, como tantas otras cosas.

 

Las historias, los chascarrillos, los mitos, los relatos, las anécdotas y otras formas de entretenimiento, me molan. Hoy va de esto. Y de vino. Ahora les voy a contar una sobre un vino mítico: el Chateau d`Yquem. Espero contar más.

 

La casa de Yquem, en la región de Burdeos, fue adquirida a la corona francesa en 1593 por Jacques Sauvage. Desde entonces, hasta hace unos pocos años, ha estado en manos de esta familia. El lugar ha albergado un viñedo desde al menos el año 1711. Son unas 100 hectáreas, cerca de Sauternes, de uva semillón y sauvignon blanc. Aquí los ríos tienen una importancia trascendental. El rio Ciron que aporta aguas frías, procedentes de los bosques de Las Landas, al rio Garona, de aguas más cálidas. Esto favorece la aparición de nieblas matutinas que contribuyen al desarrollo del hongo de la Botrytis Cinerea, o podredumbre noble, que hace que las uvas se deshidraten, aumentando su proporción de alcohol, glicerina y pectina y concentrando los azúcares. Esto va a hacer a estos vinos, muy singulares.

 

botrytis
Hongo Botrytis Cinerea o “podredumbre noble”

 

Los Sauternes son vinos complejos, concentrados y dulzones. Una acidez relativamente alta permite equilibrar esta dulzura. Otra característica del Chateau d`Yquem es su longevidad. En un buen año, una botella sólo mostrará sus cualidades después de una o dos décadas en bodega. Si la cuidamos se mantendrá durante un siglo o más, adquiriendo más y más complejidad. La pera, vamos. A pesar de ser un blanco, por su toque dulzón, no va bien con pescados pero si con un foie gras. Con un queso azul es amor a primera vista. Un buen Roquefort, Cabrales o Stilton con una botella de Sauternes es un asunto muy, muy serio. Casi místico.

 

El bi-estrellado Restaurante Atrio de Cáceres, amén de una gran cocina, dispone de una bodega excelsa. Son 380 páginas de carta a las que pueden acceder, si son curiosos, a través de San Google. Entre sus miles de vinos dispone de una botella de Chateau d`Yquem de 1806, adquirida en la prestigiosa casa de subastas londinense Christie`s. Nada más llegar a Cáceres con su flamante adquisición, los propietarios del restaurante se dispusieron a proteger la botella en una caja de madera para su guarda en bodega, cuando esta se rompió por la zona del cuello. La suerte de que estuviera bien envuelta en film transparente hizo que apenas se derramara el vino, iniciándose de inmediato una gran operación de salvamento. Dos horas después y tras hablar con Madame Garbey, enóloga jefe de la bodega francesa, quedó claro que lo urgente era trasvasar el contenido a una nueva botella, bien lavada y seca, evitando que el vino entrara en contacto con el nuevo tapón. Horas más tarde, marcharon a Burdeos en helicóptero donde la propia Madame Garbey y un equipo de ayudantes, tras comprobar la autenticidad del vino y su buen estado, procedieron a trasvasarlo a una botella similar de su propia colección.

 

atrio
Espectacular bodega del restaurante Atrio en Cáceres

 

La etiqueta firmada por la enóloga, asegurando que el vino fue recuperado en la propia bodega el 25 de enero de 2001, lo ha convertido en un ejemplar único en el mundo, cuyo precio (en carta) está ahora en 310.000 euros. Esto sí que es hacer de la necesidad, virtud. Por cierto, ¿quieren saber lo que pagaron en la subasta José Polo y Toño Pérez, dueños de Atrio, por la dichosa botellita?, pues fueron 20.000 pavos. No está mal, eh.

 

Hoy en día Chateau d`Yquem pertenece a la multinacional del lujo LVMH, “merde alors”. Fin del romanticismo. En 2006 un “vertical” (conteniendo cada cosecha desde 1860 hata 2003, excepto los años sin cosecha) se vendió en una subasta en Londres por millón y medio de dólares.

 

Tengo más historias sobre vinos, algunas personales, espero poder contarlas algún día. También deseo que esta les haya gustado. ¡Chin chin!

Pan de ánimas

 

Los gallegos no tienen templos, tienen naturaleza

Vicente Risco

 

El dios Júpiter se encaprichó, de manera obsesiva, de una de las ninfas de la diosa Diana, de nombre Nea. El dios intentó cohabitarla por la fuerza y, al resistirse ferozmente la joven, la transformó en un árbol de frutos espinosos. De esta manera, de la casta Nea, se originó el nombre latino de este árbol espectacular que nos regala su magnífica sombra y su maravilloso fruto: castanea sativa.

 

No deja de ser curioso que los gallegos nos consideremos grandes comedores de patatas cuando en nuestra historia culinaria hemos devorado muchas más castañas que este tubérculo traído de América y que no comenzó a consumirse, por estas tierras, hasta el siglo XIX. Efectivamente, la patata nos sacó las castañas del fuego y nosotros, desagradecidos, nos hemos olvidado de este delicioso fruto cuyo árbol desparrama su oro viejo sobre nuestros bosques otoñales. Soy de los que piensan que si no utilizamos más la castaña en cocina es por desidia y pereza. Liberarlas de su primera piel requiere tiempo, pero quitarles su piel fina puede llegar a ser un auténtico engorro.

 

castanas-3-xl-668x400x80xx
Castañas recién salidas de su erizo

 

En cocina la castaña es sumamente versátil. Podemos hacer harina para panes y masas perfectos para celíacos al carecer de gluten. Cremas y mermeladas; en almíbar o licor. Pueden asarse, freírse, cocerse, confitarse…por supuesto que la podemos saborear cruda, incluso ahumada y deshidratada (pilonga). Los guisos y los cocidos hechos con castañas adquieren un aroma perfumadito y un sabor inigualable qué nos hará olvidar a la intrusa patata, deberíamos recuperarlos. En otoño matrimonia a la perfección con la caza: una perdiz con castañas guisadas o un civet de liebre con un puré dulzón y cremoso que haga de contrapunto a la fortaleza de este velocípedo son platos clásicos, con sentido, inolvidables. Un jabalí, un venado o un corzo con castañas glaseadas hará levitar hasta a un obeso mórbido. Háganme caso y olviden las patatas de vez en cuando.

 

Capítulo aparte es su uso en postres: el marrón glacé o castaña confitada es una auténtica delicia de ingredientes sencillos: castaña, azúcar, especias como la vainilla y en algunos casos licor. Es de preparación lenta y delicada pero el resultado final es antológico. Franceses y piamonteses se disputan su autoría. Su comercialización es de auténtico producto de lujo, una delicatessen. En Galicia los pioneros son los orensanos del Grupo Cuevas, que nos regalan el alma del bosque con su néctar perfumado de vainilla y envuelto para regalo de lujo. El otro gran postre de castañas es la famosa tarta o pastel Mont Blanc que, aunque tiene numerosas variantes, viene siendo una crema de castañas recubierta de crema batida o merengue. Si la prueban sabrán lo que es una combinación perfecta para un larpeiro, aunque sea también octopus.

 

marronglace
Marron glacé, una golosina sin igual

 

Para hacer una crema de castañas, según receta de Abraham García: “perpetre primero un caldo blanco con huesos de pollo o una gallina y las obligadas verduras (ajos, puerro, cebolla, zanahorias y un tomate maduro). Ase ligeramente un kilo de castañas tras darles un navajazo en la piel que le evitará una mascletá otoñal. Todavía templadas, pélelas como si fuera el santo Job y, rehóguelas en aceite o mantequilla con un par de chalotas bien picaditas. Vuelque sobre ellas el caldo de ave coladito y sazone (sal, pimienta y nuez moscada), deje que cuezan a fuego manso, durante 40 minutos. Premie al conjunto con un generoso chorro de nata líquida y tras pasarlo por la ruidosa túrmix proceda a ultrafiltrarlo en su colador más fino. Disponga en el fondo del plato cuatro castañas en almíbar y una cucharada de su sirope y sirva sobre ellas la humeante crema. Si quiere rematar la faena y salir a hombros pruebe a añadir, por encima, lonchitas de jamón y el líquido resultante de achicharrarlo un instante en el microondas a toda pastilla.” Ya estoy llorando.

 

En Galicia podemos presumir, junto con Córcega, el norte de Italia y algunas regiones francesas, de las mejores castañas. Somos IGP y nuestros castaños son de una belleza rotunda. Los soutos de O Courel son capaces de emocionar a un esquimal. El camino que atraviesan los peregrinos de Compostela por Villafranca del Bierzo, Triacastela, Samos, Sarria y Palas de Rey también está salpicado de estos hermosos árboles que les regalan su sombra en las bochornosas jornadas estivales.

 

castano
Castaño de 800 años en el Camino de Santiago a su paso por la aldea de Ramil, cerca de Triacastela

 

No quiero finalizar este artículo sin mencionar a las castañeras que calentaban mis manos infantiles con sus cucuruchos. Tampoco quiero dejar de mencionar los magostos del mes de San Martiño. Los gallegos sabemos, desde el tiempo de María Castaña, que las ánimas bajan a calentarse al lado del fuego del magosto y que por cada castaña que comemos salvamos un alma. Por último quiero recomendarles un precioso libro sobre la castaña titulado “El árbol del pan”. Su autor es el magnífico cocinero italo-gallego Flavio Morganti que oficia en su restaurante Galileo, cerca de la capital orensana. Muy recomendable.

Catedrales de la gastronomía (Parte II)

 

La Boquería no sólo es el mercado total,
  sino también un itinerario humano”

(Manuel Vázquez Montalbán)

 

Ya hablamos de los mercados o plazas de abastos como aquellos lugares capaces de despertar nuestros cinco sentidos: Los coloridos puestos de fruta y verduras frente a los ordenados mostradores de pescados y mariscos, los olores a mar y tierra mientras escuchamos la animada charla entre clientes y tenderos. Los mercados de abastos están en el ADN y en la historia de los pueblos y ciudades que los vieron nacer. Por ello, la gran mayoría, se encuentran enclavados en los centros históricos y no pocos ocupan edificios emblemáticos. Creo que deberían ser de visita obligada para el viajero cabal. Hoy vamos a hacer un recorrido por alguno de ellos pero antes advertirles que, por una evidente cuestión de espacio, nos vamos a dejar muchos en el tintero. No se me enfaden si no hablamos de su favorito.

 

Quizás el más famoso de todos, catedral entre las catedrales, sea el de la Boquería en La Rambla, entre los puestos de flores y el gran Teatro del Liceo. Su origen se remonta a los mercados ambulantes al aire libre del centro de Barcelona hasta que en el año 1836 se inauguró el mercado como tal. Ha crecido hasta transformarse en una gran plaza. Lo que más llama la atención de este mercado es el perfecto orden en el que los puestos –aquí se denominan paradas- colocan su mercancía. La fruta, colocada con primor; los huevos perfectamente ordenados que parece un milagro que no se rompa ninguno. Los rovellons, las merluzas… Todo en perfecto orden. Como si de fractales se tratara. No parecen alimentos, parece un muestrario de joyas. Si por algo sobresale este mercado es por la especialización. Si no lo encuentras en la Boquería, no lo encuentras en ninguna parte, suelen decir los barceloneses. El Octopus ha encargado aquí, en Bolets Petras, la trufa negra muchas veces.

 

boqueria
Puesto de fruta en la Boquería

 

También es punto de encuentro para comer o tomar un aperitivo. La oferta es amplia. En el corazón de la plaza se encuentra Quim de la Boquería, donde tomar unos chipirones o acaso unas alcachofas fritas, o tal vez unos huevos con setas. Junto a la entrada el Kiosko Universal, para deleitarnos con unas gambas de Palamós o con unas habitas con jamón y huevo. El mítico Pinotxo es otro clásico.

 

El Mercado Central de Valencia -el Mercat- es una maravilla. Su techo acristalado con una bóveda de 30 metros de altura, las columnas, el vidrio y su estilo modernista le dan un aire grandioso, espectacular. Con casi una hectárea de superficie, es el mayor centro de Europa dedicado a los productos frescos y uno de los atractivos turísticos principales de Valencia. Se sitúa en pleno centro de la ciudad, al lado de la Lonja de la Seda. Aquí la huerta valenciana muestra toda la riqueza y variedad de sus cosechas, la policromía de sus frutas, el olor de la calabaza asada, de las naranjas, las alcachofas. Llama la atención la amplia variedad de hierbas y especias utilizadas de siempre en la cocina valenciana que ya se recibían de Oriente en el siglo XV. Los pescados mediterráneos, la gamba roja y los puestos especializados en salazones, con una mojama que es gloria bendita, se ofrecen a la mirada atenta de los clientes. Aquí también he comprado unos aceites de oliva, quesos y embutidos locales de gran calidad.

 

Mención aparte es el Central Bar del famoso cocinero valenciano Ricard Camarena. Situado entre el bullicio de los puestos, siempre tiene colas para apalancarse en la barra y disfrutar de unas tapas, bocadillos y raciones exquisitas. Hace unos dos años acudí con mi cuñado y, a base de codos, nos apropiamos de un trozo de barra. Comimos ahí: ostras valencianas, boquerones fritos, buñuelos de bacalao, gamba roja, berenjenas. Puedes acompañar la comida de champagne, cava o un Pazo de Señorans. Glorioso.

 

vista-techo-mercado-central-valencia_ediima20160108_0165_5
Vista de la espectacular bóveda del Mercat de Valencia

 

El mercado de abastos de Santiago de Compostela debería ser un lugar obligado de peregrinaje, casi como la plaza del Obradoiro. Edificio de piedra, aún pervive en este mercado gallego la figura de las mujeres que se acercan de las aldeas a vender sus mercancías: cestas de mimbre cargadas con nabizas, grelos, castañas, pimientos, judías, alubias y rebaños de quesos de tetilla que algunos, de puro tiernos, reclaman a gritos un wonderbrá. Puestos de carnes, pescados, mariscos y delicatessen varias.

 

Aquí también tenemos un magnífico bar, Abastos 2.0, de Marcos Cerqueiro y Iago Castrillón. La idea es parecida al Central Bar valenciano. Política que podríamos llamar de Km. 0. Producto comprado en el mercado y preparado al momento, sin pasar por cámaras ni neveras. Cocina cien por cien gallega. Aquí también con mi cuñado, con el que comparto aficiones, nos dimos no hace mucho un tremendo homenaje. Se sorprendió del punto perfecto de todos los pescados, respetando todo su sabor. Como curiosidad señalar que hacen los mejillones al vapor ¡en la máquina del café!.

 

abastos-2-0
Interior del Abastos Ghalpón, continuación del Abastos 2.0 y situado enfrente

 

 

Hay muchos otros mercados que merecen nuestra visita, tanto aquí como en el extranjero. No voy a citar a ninguno porque sería una lista interminable y siempre me dejaría alguno en el tintero. Yo he recorrido muchos de ellos. Me encanta vagabundear entre sus puestos, escudriñarlo todo, oler, oír, tocar y probar sus productos, charlar con el público y los vendedores. Es una auténtica pasada. Anímense, que las catedrales del gozo les acogerán con los brazos abiertos.