Apuntes de Italia (I)

“Nunca confíes en un chef italiano delgado”

(Massimo Bottura)

 

En 1533 el papa Clemente VII casó a su sobrina Catalina de Medici con el joven Enrique IV de Francia. La reina florentina no se fiaba de la tosca cocina de la corte francesa y se llevó a sus propios cocineros. En esa época la cocina del Renacimiento ya conocía el pato a la naranja, el pollo al vino, los pichones con uvas y el hojaldre. Los cocineros toscanos también habían introducido el tenedor que facilitaba mucho el acceso a los bocados: la nobleza francesa, compuesta por brutos, consideró aquello una extravagancia e incluso una mariconada de los italianos y siguieron comiendo con las manos ante el estremecimiento de los cocineros de Catalina que, para vengarse, introdujeron los sutiles, coloridos y sabrosos sorbetes, ¡toma innovación, toma nouvelle cuisine! Los paladares de corcho, largamente anestesiados por los condimentos medievales, comenzaron a educarse. Ya casi estaban preparados para apreciar las salsas y las sopas italianas.

Mal que le pese al chauvinismo francés, aquellos alegres cocineros toscanos de Catalina fueron los primeros chefs que hollaron el territorio de las Galias, amén de introducir los modales y a la mujer en la mesa cortesana. Fue esta fascinación de los reyes franceses por la belleza del Renacimiento lo que puso las bases para que la refinada y sofisticada cocina francesa, de siglos posteriores, dominara e influyera sobre el resto de las mesas europeas.

 

Difícil elección

 

Escribe Ignacio Peyró que “las malas personas no comen spaghetti o -mejor- que la falta de gusto por la pasta es indicio de ser mala persona”. Yo no sería tan radical, pero, al menos, los considero sospechosos. No hay nada que haya triunfado en tantos lugares diferentes como la pasta italiana. En alguna ocasión, nomadeando por lugares ignotos, he buscado el refugio en los manteles a cuadros de alguna trattoria y siempre me han regalado felicidad.

Sobre el origen de la pasta italiana se han formulado numerosas teorías aún por confirmar. Si le preguntamos a un ligur, nos dirá que fueron comerciantes genoveses los que descubrieron la receta entre los pueblos nómadas de Mongolia. Según los venecianos, sería Marco Polo quien habría importado la pasta de China. Según los romanos, ya en tiempos de Marco Aurelio comían pasta. Para los sicilianos y los napolitanos la pasta llegó a sus tierras con los antiguos griegos o los árabes medievales. En cualquier caso, lo cierto es que la pasta es una pasión en toda Italia y hoy en día hay más de 300 variantes entre pastas secas y pastas frescas. Además, las hay cortas como los maccheroni (macarrones), rigatoni, tortiglioni, penne (plumitas), gnocchi (ñoquis), fusilli, farfalle. Largas, como los spaghetti (espaguetis), tagliatelle (tallarines), papardelle, fettuccine, linguine, ziti, capelli d´angelo. Rellenas como los ravioli, tortellini, tortelloni, panzerotti, cappelletti.

 

Delicioso plato de pasta carbonara

 

La pasta es un conjunto de alimentos que se elaboran con una masa cuyo ingrediente básico es la harina, mezclada con agua, y a la cual se le puede añadir sal, huevo u otros ingredientes. Niko Romito, que, aparte de regentar un triestrellado , Ristorante Reale, en las afueras de Castel di Sangro, dirige una prestigiosa escuela de cocina, nos ilustra: las pastas deben cocerse en agua hirviendo. En la boca hay que sentirlas, tienen que aportar tensión, rotura. En cuanto a las proporciones, un litro de agua por cada cien gramos de pasta y diez gramos de sal. Jamás hay que añadir aceite al agua de cocción, no aporta nada. En cuanto a la composición del plato, la salsa se debe elegir a la inversa de lo que parece lógico. Primero se elige la salsa y después la pasta que mejor se acomoda. Esto es decisivo. Algo difícil de entender si no hablas la lengua de Dante. Hablaremos de salsas en otro post.

La cocina de la pasta es buena, sencilla y cabal y nos trae el recuerdo de mammas y nonnas cuyos traseros imposibles apenas consiguen atravesar la puerta de la cocina. Por supuesto que también lo bueno se puede adulterar. Huyan, como si de la peste se tratara, de las cadenas y franquicias que asolan nuestras calles. Son una mala copia, un sucedáneo, un ersatz. Porca miseria!

Comer de tapas y pintxos

“Se están comiendo a los caníbales”

(Jorge Luis Borges)

 

Creo que ya he dicho alguna vez que los españoles hemos asumido hace tiempo que beber sin algo que llevarse a la boca es propio de seres primarios, trogloditas de bar o, lo que es peor, borrachos irredentos. Esta es la razón que explicaría la profusión de locales que pueblan nuestras ciudades dedicados al deporte nacional de tapear sin hora límite, calles e incluso barrios donde se tapea en una sucesión de locales tan interminable como variopinta. Nos gusta tapear por la variedad de la oferta pero, sobre todo, por la sociabilidad del asunto. Se hace en grupo pequeño o grande y siempre hay oportunidad de encontrarse con algún conocido. Es un acto compartido y social. Es un rito informal y gratificante donde a la satisfacción del apetito se le une la voluntad de disfrutar además con una buena conversación. Si es posible no se deben consumir muchas tapas en un mismo establecimiento pues tapear, aparte de un acto tribal, debe ser itinerante. Es un nomadeo material y espiritual, una gimnasia hedonista. ¡Para cuatro días que vamos a beber!

 

No voy a entrar aquí en la eterna matraca de si la tapa es mejor de cortesía (gratis no hay nada en la hostelería) o de pago. Ambas fórmulas tienen sus ventajas y sus inconvenientes y pueden convivir perfectamente. Cada ciudad, cada pueblo, tienen su propia idiosincrasia. Son famosas las tapas de cortesía de Lugo, León, Granada, Ávila, Badajoz, Jaén o Salamanca pero igualmente célebres las de pago de San Sebastián, Bilbao, Victoria, Logroño, Sevilla, Sanlúcar de Barrameda o Valencia. Aparentemente la tapa de cortesía parece mejor pero los números hay que cuadrarlos y no pocas veces la calidad se resiente. Con todo, creo que la compañía y la amable charla son lo más importante.

 

Tapa de callos en Culuca (A Coruña)

 

Tapeos hay de muchas categorías. Hay establecimientos que optan por la solución fácil de lo que ya viene preparado: unas aceitunas, patatas chips, frutos secos, embutidos, conservas o quesos. Suelen ser, aunque no siempre, de cortesía y si bien muchas representan un salir del paso, también pueden ser muy satisfactorias. Una buena loncha de jamón o de mojama, un buen queso, una anchoa o una gilda son algo serio y cabal.

 

Una segunda categoría de tapa vendría a ser aquella que se puede preparar fácilmente en cantidades más o menos ingentes. Aquí jugarían los guisos del día con una infinita variedad en función de la región en que se sirvan. Puede ser un pisto manchego,  patatas a la riojana, fabada, guisito de calamares, callos, garbanzos con espinacas, arroces diversos, lacón, oreja de cerdo, distintos caldos, albóndigas, guiso de costilla, guisito de choco, raxo, pincho moruno, choricitos al vino. En fin, la lista es interminable. Aquí también entrarían algunas tapas frías como la ensaladilla, las patatas con alioli, el salpicón, etc. Se apartarían un poco de esta categoría dos tapas míticas: la tortilla y las empanadas.

 

Un tercer apartado serían las frituras. Admitámoslo: somos de fritanga y el chisporroteo de cualquier elemento al sumergirse en el aceite caliente nos provoca una alegre excitación. En este cestillo entran las croquetas, o “cocretas” que de todo hay en la viña del Señor, y casi todos los tipos de pescado: jurelitos, parrochitas –xoubas por El Berbés-, boquerones, gambas en gabardina, mero, rape y el adobo. En algunas zonas se fríen las berenjenas tanto en rodajas como en bastones. Una buena costumbre perdida era freír patatas. Aperitivo delicioso y que hoy, lamentablemente, se han sustituido por las industriales de bolsa.

 

Irresistibles pintxos donostiarras

 

Capítulo aparte son los pintxos vascos y sobre todo los de San Sebastián. Cualquier buen aficionado a la gastronomía tiene que vivir algún día esta experiencia. Alta cocina en miniatura. Si quieres salir de tu indigencia culinaria y doctorarte en gastronomía tienes que recorrer, sí o sí, los bares del Casco Viejo donostiarra o del barrio de Gros. La mera contemplación de sus barras atiborradas de esas elaboradas delicias, caleidoscopio de colores, aromas y sabores, ya te da una idea de que aquí juegan en otra categoría. Un aviso a navegantes-náufragos: San Sebastián es una ciudad cara y no siempre lo excelente es barato.

 

Clásicos del Casco Viejo son El Sport con su famoso pintxo de foie o su crepe de txangurro, La Cuchara de San Telmo, Borda Berri con su risotto de Idiazábal o de hongos, El Tamboril con sus txampis, Ganbara con su especialidad en setas y hojaldres. En Txepetxa que solo tiene anchoas (boquerones) preparadas de muchas maneras: anchoa con crema de centollo, anchoa jardinera, con aceitunas negras o con huevas de erizo. Todas deliciosas. Aquí, en mi última visita, la Octopusita se quiso tomar un pintxo de madera que servía de adorno en la barra. Hay muchos más nombres: Giroki, Danena, Martínez, Néstor, La Viña, Astelehena, Bodega Donostiarra, etc. La maravillosa txalupa del Bergara que consiste en un “barco” de setas, langostino, crema y queso gratinado  que se hace al momento. En Casa Vallés dicen que se inventó la mítica gilda en honor a Rita Hayworth, pintxo vasco tradicional, rico y sencillo, consistente en anchoa, piparra y aceituna.

 

Un gran avance para la Humanidad, se mire por donde se mire.

Fuimos felices

“Para mi padre, que me enseñó más de lo
que él creía sobre los placeres de la mesa”

(El Octopus Larpeiro)

 

De la memoria de mi niñez siempre guardo la imagen de mi padre llegando a casa con perdices en el morral. Las abatía “a mano”, sin más ayuda que la que le ofrecía su fiel perro. Mi padre era capaz de nomadear por el monte del orto al ocaso. Sin descanso. Agotaba al perro. Solía traer media docena de perdices o más. No sé exactamente cuándo el asunto comenzó a languidecer y la perdiz del campo gallego a escasear. En mi juventud sevillana volvieron las perdices a nuestros fogones, pero ya eran de ojeo. Mi suegro las cazaba con reclamo, esa ancestral y selectiva caza que exige cuidar al pájaro perdiz durante todo el año y saber interpretar sus cantos y sonidos. El cazador será premiado con un intercambio de cantos entre los pájaros antagonistas mientras se produce el encuentro y el corazón del cazador se desboca. Quizás sea por eso por lo que yo a la perdiz la tengo en un pedestal y, aunque no he pegado un tiro en mi vida, para mí es una fiesta cuando me regalan alguna o las disfruto en un buen figón.

 

Según la mitología griega, Dédalo era un famoso artesano que tenía a su cargo a su sobrino Pérdix para que aprendiese las artes mecánicas. El muchacho era muy ingenioso y dio muestras de superar a su maestro. Inventó la sierra y eso desató la envidia de su tío. Un día que estaban juntos en lo alto del templo de Atenea en la Acrópolis, Dédalo lo empujó al precipicio. La diosa, favorecedora del ingenio, lo vio caer y lo transformó en un pájaro bautizado con su nombre, la perdiz. Este pájaro es una gallinácea que no vuela alto. Es de vuelo corto, como Pérdix, y tampoco anida en lugares elevados. A Dédalo se le juzgó y desterró.

 

Perdiz roja

 

No todo el mundo comparte mi pasión por la perdiz. Josep Pla decía que su carne “es casi siempre magra, correosa, compacta y reseca, bastante poco grasa”. Al de la boina no le gustaba con vinagre. Si acaso, envuelta en col o con mucha cebolla que, según él, era la única forma de solucionar el problema de la perdiz. Reconoce, no obstante, su prestigio social, aunque pone por delante a la codorniz o la tórtola. Abraham García señala que es una especie sobrevalorada. Este magnífico cocinero y escritor es un experto en caza que nos ilustró en Canal Cocina con una serie dedicada a la cocina de la caza. Como buen oriundo de los Montes de Toledo solo la salva escabechada.

 

La imaginación de Cunqueiro nos habla de la estirpe cazadora de Ítaca donde un antepasado de Ulises cambiaba perdices heridas de flecha, todavía palpitantes, por hogazas de pan y bollos de manteca. Más recientemente, las tropas francesas se llevaron, como botín de guerra, el recetario monástico de los benedictinos de Alcántara, en Extremadura. El mariscal Junot se lo regaló a su esposa. Todo un detalle del gabacho. Allí figuran las perdices al modo de Alcántara, en el que la gallinácea que nos ocupa se rellena con hígados de pato cebado y láminas de trufas. Las perdices se pueden hacer al espeto, cocidas, en pastel, albardadas, escabechadas y en pepitoria. Pardo Bazán y Picadillo gustan de las perdices rellenas de ostras y envueltas en repollo, ¿Y a quién no?

 

Perdiz guisada con verduritas

 

He dejado para el final la receta más clásica: la perdiz estofada, a la cazadora o en salsa de perdiz, que de todas estas maneras se la denomina. Como toda receta popular y antigua tiene variantes, pero yo les voy a contar la mía: lo suyo es hacerlas en una cazuela de barro, pero no les voy a engañar; yo las perpetro en una cocotte. Una vez bien desplumada, bridada y sazonada, en abundante aceite, doro la perdiz. Le añado cebolla con generosidad, zanahoria, algún diente de ajo, pimienta negra en grano, una hoja de laurel y premio al conjunto con un orballo de tomillo. Lo rehogo un rato y añado vino fino y algo de agua hasta casi cubrir. Cuando ha evaporado el alcohol, reduzco el fuego y casi tapo la olla. Así, a fuego manso, hasta que se reblandezca la perdiz. Inútil hablar de tiempos, si la perdiz es salvaje, ya que dependerá de la edad y terneza del pájaro, pero el asunto rondará las dos horas. Si es de “piscifactoría”, se hará antes, aunque el placer también decaerá. Si la acompaño de unas patatas cocidas de Coristanco, la levitación está más que asegurada porque, como buen gallego, creo en las cosas que ocurren por inercia: porque el pasado las empuja.

 

Al cerrar los ojos veo a mi padre, cansado y sonriente, entrar con las perdices en el morral y entonces, recuerdo lo felices que fuimos. Por eso, y por guardar siempre lo mejor para tus hijos, yo te ofrezco este humilde homenaje. Te añoro y te quiero, papá. Va por ti.

A tu bola

“El mejor libro de cocina es
el que escribe la naturaleza”

(Martín Berasategui)

 

Más de dos mil años antes de que se usara en cocina el alginato para hacer esferificaciones ya se había logrado algo mucho más sabroso: las albóndigas. No solo son esféricas, sino que, incluso, son redondas. La palabra albóndiga viene del árabe al-bunduqa que significa “la bola”. Aunque todos sabemos perfectamente lo que es una albóndiga, nunca está de más recordarlo: es una bola pequeña hecha de carne, pescado o vegetales picados y mezclados con huevo, pan y especias que se reboza en harina y se fríe o se guisa y cocina con una salsa; se sirven varias por ración.

 

Es un plato muy antiguo y ya Marco Gavio Apicio recoge en la imperial Roma algunas recetas de albóndigas. Cita las que se hacen con carnes de vacuno, pollo, pavo real, conejo y cerdo. La masa está hecha de carne finamente picada, mezclada con miga de pan leudo humedecido y diversas especias; habitualmente se hierven en agua salada hasta que estén tiernas. Curiosamente, en Centroeuropa se hacen así en la actualidad. En la España andalusí se vendían ya hechas en los mercados. Un claro anticipo del take away que hoy nos invade.

 

Albóndigas en salsa de Martín Berasategui (Foto José Luis López)

 

Dentro de la tradición hispánica son citadas las albóndigas por diversos autores almohades y medievales y el cocinero real Francisco Martínez Montiño, en el siglo XVII, nos da una receta clásica de albóndigas cocidas en caldo y trae noticias de las “albondiguillas de borrajas” de la cuenca del Ebro y las de verduras en Castilla. Nuestra protagonista deja de ser un plato cárnico y abraza el vegetarianismo. Antes, en pleno Siglo de Oro, se habían recogido recetas de albóndigas de pescado cecial: congrio y posteriormente bacalao.

 

Creo, firmemente, que las albóndigas son uno de los platos más deliciosos de los que disfrutar. Albóndigas hay muchas y salsas para bañarlas también. Deben ser melosas y suaves, blanditas y acariciadoras, como la almohada de un querubín. Las clásicas usan carne de ternera y cerdo mezcladas, pero podemos usar, a discreción, una gran variedad de productos. Además de cárnicas pueden ser de pescado, marisco o verdura. La gran variedad de salsas que las acompañan hace de las albóndigas uno de los platos más versátiles y con más posibilidades culinarias. Podemos hacerlas de aprovechamiento, creativas, vegetarianas o clásicas.

 

Albóndigas veganas (Por danzadefogones.com)

 

Como la madre de los tontos siempre está preñada, hay quien considera a nuestras protagonistas un plato viejuno y hubo un momento en que era casi imposible encontrarlas en las cartas de los restaurantes. En su lugar, los locales modernitos y cool, nos endosan a su pariente aplanado -la hamburguesa- supuestamente premium, supuestamente de buey Waygu o de Kobe. Normalmente es la travestización de una vaca de Ávila, retinta, morucha o vete tú a saber. Hay que joderse. Y eso, por no hablar de las hamburguesas de las grandes cadenas o franquicias, acompañadas de la inevitable Coca Cola y que nos conducirá irremediablemente a la obstrucción arterial pasando antes por la obesidad sórdida, ¿o era mórbida? En el cénit de los despropósitos nos encontramos con las albóndigas del Ikea, las albóndigas suecas que ahora dicen que son turcas –Dios nos dé a quién echarle la culpa-. Son una especie de argamasa, supuestamente cárnica, acompañadas de un cerro de puré de patatas recalentado y una ignota salsa de carne ahogándolas. Merde alors!

 

Desde aquí quiero reivindicar una vuelta a la sensatez, a la cocina bien hecha y como Dios manda, sin atajos y sin prisas. Las albóndigas son un placer redondo, unas bolas divinas y que, además, aman a los niños y los niños a ellas; y ya sabemos que los niños siempre dicen la verdad.

El oro blanco

“¡Vete a freír espárragos!»

(Frase popular para evitar ordinarieces peores)

 

 

Son las diez de una noche cerrada y fría de primavera y en una finca cercana al río Ebro a su paso por Navarra una sucesión de lucecitas se mueven por la amplia plantación del fértil valle como si de una extraña procesión de luciérnagas se tratara. Es una cuadrilla de hombres que se desplazan en la oscuridad de la noche provistos de linternas sujetas a sus cabezas por cinchas. Son expertos recolectores de espárragos. Entierran sus gubias para sacar los espárragos uno a uno y depositarlos cuidadosamente en las cestas. Este particular tesoro gastronómico de la primavera debe crecer sumergido en la tierra, alejado de la luz solar, para que adquiera ese característico color blanco nacarado. Por eso se recolecta de noche.

 

El espárrago blanco de Navarra, con epicentro en Tudela, es el más famoso. Es I.G.P. desde 2003 y es desde hace más de un siglo que se conservan en lata, pero si ustedes tienen la suerte de probar en fresco los primeros espárragos de la primavera y si, además, están recién recolectados, entenderán el porqué del título de oro blanco. Suerte que tuve hace años en una visita a Pamplona a mediados de marzo. Nada más llegar fui, con unos colegas, al buen Restaurante Europa y allí nos ofrecieron los primeros espárragos de la temporada. Nos los sirvieron templados, como Dios manda, poco hervidos y con ese difícil equilibrio entre lo dulce y lo amargo que los hace únicos, inigualables. Mientras caían copos de nieve en la cercana Plaza del Castillo, nadie me vio llorar.

 

Espárrago blanco de Navarra

 

Julio César era un adicto a los espárragos. El emperador romano los disfrutaba cocidos y rociados con mantequilla y salsa de limón. Así de simple, así de genial. El espárrago admite todo tipo de preparaciones y se adapta a cualquier plato, pero, si es fresco -condición imprescindible- y de abril, alcanza lo sublime. Lo mejor es cocerlos -no les reprocharé si emplean la vaporera- y servirlos templados y simplemente con un chorrito de un buen AOVE por encima. Si les parece así un plato de dieta, o quieren ilustrarlos, depositen cuidadosamente una temblorosa yema escalfada en lo alto de la verdura. Olvídense de vinagretas y balsámicos que solo pueden enmascarar el sutil sabor de nuestros protagonistas.

 

Aderezados con salsa holandesa

 

Si disponemos en casa de un buen manojo de estos espárragos, debemos primero lavarlos, secarlos y pelarlos. Los atamos en manojo con una tela o hilo. Ponemos al fuego agua en una cazuela alta con una cucharada de sal y media cucharadita de azúcar. Cuando el agua rompa a hervir, sumergimos el manojo de espárragos dejándolos cubiertos hasta donde el tallo se convierte en yema -el agua no debe cubrir la yema-. Dejamos cocer entre diez y quince minutos a fuego manso. Podemos -y debemos- comprobar el punto para evitar sobrecocciones. Los retiramos a una fuente y los cubrimos con su agua, incluidas las yemas. Dejamos reposar unos cinco minutos. Cuando estén tibios, sacamos y escurrimos bien. Servimos en el plato y lo regamos con un buen chorro del AOVE que nos guste. Si queremos complicarnos bastante más la existencia, podemos hacer una salsa holandesa que, paradójicamente, habla francés. Sepan ustedes que esta suculenta y delicada emulsión elaborada con mantequilla, zumo de limón y que utiliza yemas de huevo como emulsionante, no es nada fácil de elaborar. Podemos también optar por la mayonesa clásica en donde se cambia la mantequilla por aceite.

 

Sea como fuere, disfrutaremos como unos auténticos emperadores romanos con esta delicatesen de forma fálica que todas las primaveras nos regala la tierra: producto subterráneo y telúrico que, paradójicamente, nos hará levitar. Por sus componentes sulfúricos -esos que dan ese olor a la orina- no armonizan bien con muchos vinos. La mejor opción sería un Sauvignon Blanc, un Riesling o un rosado de la tierra navarra. ¡Viva San Fermín!

Cócteles de película

“Los abstemios parece que mueren como los demás”

(A.P. Herbert en la Cámara de los Comunes)

 

El cine, la literatura y los licores  van bastantes veces de la mano. Muchos personajes literarios y cinematográficos nos muestran sus preferencias por ciertas bebidas y ello contribuye, decisivamente, a reafirmar su personalidad. Son libros y películas que nos hablan de historias de amor, con aceitunas que vuelan al escote de la dama, agitadas, mezcladas con un toque de angostura, con ingredientes más o menos secretos; historias de guerra, sangrientas, con sabor a espías, a playas paradisíacas, a tugurios, a bares elegantes y míticos… Son cócteles que sobreviven al paso de los años y que alcanzan la categoría de leyendas y con ese halo de misterio y glamour que siempre envuelve el delicioso arte de mezclar bebidas.

 

El famoso Dry Martini

 

El rey de reyes de los cócteles es sin duda el Dry Martini. Creado en 1911 en el Hotel Knickerbocker de Nueva York por Martini di Arma al que se le ocurrió la genial idea de aromatizar la ginebra inglesa muy seca con vermut igualmente seco. Se han escrito ingentes cantidades de páginas hablando de la mejor proporción de los ingredientes, de si le ponemos aceituna o no. A los aficionados al Dry Martini les gusta a su manera. A Luis Buñuel le agradaba preparar los ingredientes de víspera y solo aromatizaba el hielo con vermut que después escurría antes de “trabajar” la ginebra. Winston Churchill dejaba que la luz del sol pasase por la botella de vermut. A uno de los personajes de Ernest Hemingway le gustaba al “estilo Monty”: una parte de vermut por quince de ginebra. El nombre hace referencia al mariscal Montgomery, vencedor de Rommel, que jamás entraba en combate si sus fuerzas no estaban en relación de quince a uno con las del “zorro del desierto”.

 

Todos hemos escuchado a James Bond, legendario personaje de Ian Fleming, pedir en sus películas una variante del Martini donde la ginebra es sustituida por vodka y todo ello “mezclado, no agitado”. Gracias a 007 esta bebida se puso de moda y se bautizó como “vodkatini”. En El Gran Lebowsky Jeff Bridges bebía un sofisticado cóctel: el Ruso Blanco aunque viendo al “nota” preparándolo en bata de estar por casa no sé si la palabra “sofisticado” sería la más adecuada. En la hilarante Con faldas y a lo loco la mismísima Marilyn Monroe es capaz de improvisar un Manhattan, de noche y con el tren en marcha, ante la atónita mirada de Jack Lemmon disfrazado de mujer.

 

El «nota» con un ruso blanco

 

En esa joya del séptimo arte que es El Padrino II, en una escena que transcurre en una terraza de La Habana, Fedro le pregunta a Michael Corleone cómo se dice Banana Daiquiri en español a lo que el jefe, sin inmutarse, le responde: Banana Daiquiri. Ambos estaban disfrutando de esa mezcla de ron blanco, licor de plátano y azúcar que se toma tan frío como el alma de estos mafiosos. Don Draper en todos los episodios de Mad Men pide un Old Fashioned, cóctel con base de whisky. En el bar de Rick de la mítica película Casablanca, Victor Lazlo y el Capitán Renault piden un Cóctel de Champagne, servido por el mismísimo Bogart. Ya saben: Siempre nos quedará Paris. Las protagonistas de Sexo en Nueva York necesitan un Cosmopolitan para vivir sus peripecias eróticas nocturnas. El personaje de Drácula de Gary Oldman seduce a una indefensa Winona Rider con un cóctel de absenta mientras le dice: “El hada verde que vive en la absenta quiere tu alma, pero estás a salvo conmigo”. Mi recomendación es que se alejen de esta bebida. He visto a gente enloquecer con este elixir que, mucho antes de hacerse hipster, fue musa de poetas y pintores malditos.

 

Siempre nos quedará París

 

La afición por los cócteles ha fluctuado en el tiempo y ahora parece que comienza a resurgir y los grandes chefs ya no se conforman con contar con un buen sumiller, sino que necesitan un buen barman (ahora llamado bartender o mixólogo por los más cursis ¿Para cuándo alquimista?) como telonero. Cada vez es más común encontrar a alguien que prepare cócteles en bares, restaurantes, tugurios o chiringuitos diversos. Mojitos, Daiquiris, Piñas Coladas, Margaritas, Bloody Mary, Caipiriñas, Manhattan, Mai Tai, Sex on the Beach, Sidecar, Negronis, Bellinis y un largo etcétera vuelven a estar de moda.

 

Al Octopus este resurgir de la coctelería le parece bien. Hace tiempo, en uno de sus escasos momentos de lucidez, decidió beber como le da la gana, con quien quiere, donde quiere, como quiere y lo que quiere. Le gusta relajarse y recuperar la calma, algo cada vez más extraño en nuestros agitados tiempos, después del trabajo y antes de comer o cenar y apurar así la inmortalidad y la alegría. Pero solo por eso.